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jueves, 26 de septiembre de 2013

The Second Exploration. Capítulo VIII. Desnudos (Último cabo)


 El Sol proyectaba los últimos rayos de luz en la agitada barriada de Montmartre. Frenéticos, los comerciantes, desempleados, artistas y otros parisinos deambulaban por sus calles aparentemente sin norte. Semejante caos, cual hormiguero en situación de alarma, resultaba ser una completa pesadilla a la hora de pretender alcanzar con la vista a quien estaba siguiendo.

 El Maître, un prodigioso anciano de blancos cabellos y barba bien cortada, no hizo más que sorprenderme con su gran habilidad a la hora de sortear viandantes. Cuán ridículo me pareció darme cuenta de ello, ahora que me observaba desde una tercera persona y en sueños. Claro que ¿sería aquel don producto exclusivo de mi imaginación? Mientras esquivaba torpemente a los peatones que mi otro yo había evitado con facilidad, me percaté de otra pregunta aún más vital e importante ¿Cómo saber si la historia de Marié era cierta o irreal? ¿Sería sólo un producto más del sueño? ¿Una fabricación onírica? ¿Cómo era posible reflexionar tan sabiamente en el inconexo mundo onírico?

 - ¿Por qué se detiene? – me preguntó el doctor, más allá del sueño. Hacía mucho tiempo que no me había dirigido la palabra a lo largo de todo este viaje de cosechas de historias.
 - Ficción – respondí - ¿Cómo saber si todo esto es cierto?
 - ¡Calle! – exclamó el psicólogo - ¿No ves que le observan? – No se equivocaba; numerosos ciudadanos se habían detenido también en seco, contemplándome fríamente.
 - Creo que piensan que estoy loco – susurré.
 - Suerte tienes – añadió el doctor desde el más allá. Tras aquellas palabras, toda la calle miró al cielo, quedando desconcertados ¿Acaso habrían escuchado también aquellas palabras? Aún así, sus vidas resultaron serles más importantes. Dentro de la ficción se sentían reales… y la realidad, pronto les obligó a continuar con sus destinos hacia delante, generando el mismo caos de peatones, coches y carruajes, que habían ocasionado antes.

 Mientras tanto, el Maître había logrado distanciarse enormemente. Tras abandonar la rue Veron y girar hacia la izquierda en la rue Lepic, bien tuve que correr para no llegar a perderle para siempre. Tal como esperaba, tras alcanzar la esquina que antaño mi otro yo había tomado, todo cuanto pude ver fue un mar de incontables cabezas. Necesité un tenso minuto de frenética búsqueda para encontrar mi cabellera, la cual desaparecía entre el bullicio para girar y perderse por un callejón – El callejón de la rue Lepic – exclamé.

 - ¡Corra! - gritó una voz en el cielo, la cual asemejé a la del inspector Ivanov. Así hice, situándome justo en la entada de aquella ratonera. Nuevamente mi “yo recordado” había conseguido escabullirse entre una multitud de espectadores y artistas; entre carteristas y comerciantes; entre pintores, anticuarios y ebanistas. Aquel angosto rincón de París era muy afamado por la venta de cuadros, el mercado ambulante y la representación de pequeños espectáculos y obras teatrales. Atraídos también por la muchedumbre, no eran pocos los diferentes tipos de ladrones y timadores que se daban cita todos los días. Sólo se ausentaban los más peligrosos de todos ellos: los políticos… si bien ellos eran los únicos que no necesitaban toparse con nadie para poder robar. Fuera como fuere, el mero hecho de encontrarme me resultaba casi imposible.
 - ¿Cómo distinguir a una hormiga en un hormiguero? – suspiré desalentado.
 - Apártese – exclamo alguien situado tras de mí. Sin tiempo para reaccionar, sus fuertes brazos me apartaron de su camino, haciendo que cayera al suelo. Le maldije, mas mis palabras no surtieron efecto. La blanca gabardina que le ocultaba marchaba a toda prisa a base de apartar a los viandantes con la misma violencia que había hecho conmigo. Fue entonces, al reincorporarme gracias a la ayuda de un joven, cuando pude advertir a escasa distancia de semejante cretino al Maître.
 - Buenas tardes, señor – dijo el cretino a mi otro yo. El Maître parecía distraído observando un escaparate, cuyo contenido no podía vislumbrar desde mi ubicación. Tras girarse y contemplar al caballero de la gabardina, algo debió ver en él que no le gustó demasiado. 
 - Quizás deba disculparme – contestó mi otro yo - ¿Nos conocemos?
 - Sí; ahora sí – respondió violentamente.
 - ¿Qué es lo que desea? – preguntó el Maître con mayor inquietud.
 - Su juventud.
 - ¿Cómo dice? ¿No ve al anciano que tiene enfrente? – dijo el “yo recordado” con sarcasmo. Todo cuanto sucedió tras esto, transcurrió con gran celeridad. Sin mediar más palabras, el hombre de la gabardina se abalanzó sobre el Maître, sujetando con fiereza el hombro derecho del anciano, mientras que con su mano diestra palpaba el corazón del Maître. Una extraña luz comenzó a fluir y a introducirse en la mano del agresor; una luz que no podía describir.
 - Calma; calma – Decía el hombre de la gabardina – decía casi susurrándole – No debe mostrar miedo; o tal vez sí – corrigió el agresor – No olvide que frente a usted tiene al mismísimo William Nightmare.
 - ¡Guardas! ¡Al ladrón! – gritó un dependiente, señalando al temible caballero, quien había conseguido dejar inconsciente y tumbado al Maître. Salvo el dedo acusador del comerciante, nadie estaba dispuesto a delatarle, ni mucho menos a detenerle. El pánico cundió al instante en las calles, donde todos comenzaron a huir despavoridos. Lejos sonaban los silbatos de la gendarmería, la cual luchaba sin suerte a contracorriente de la aterrorizada marabunta. Tras unos segundos de tremenda confusión, sólo destacábamos cuatro figuras en el escenario: dos con rostro idéntico; el mercader acusador y aquel hombre de inquietante rostro.

 Al verme, todo cuanto pude sentir era un profundo pavor; el más arraigado de los miedos, actuando cual gas paralizante.
 - ¿Dos en vez de uno? – preguntó William con gran sarcasmo.
 - ¡No se quede ahí parado! – gritó el comerciante - ¡Corra! – dijo, mientras trató de atizar con una escoba al señor Nightmare. La suerte estuvo de parte del villano, quien atrapó sin dificultad la misma escoba y devolvió el golpe al mercader, derribándolo igualmente al suelo.
 - Eso es – dijo William con malicia – ¡Corra! – No hizo falta nada más para que le hiciera caso. Al igual que en las más temibles pesadillas, mis piernas se volvieron de plomo, más la huída fue lenta y angustiosa. Por doquier yacían decenas de ciudadanos, que en la huída habían caído, e incluso habían sido pisoteados. Pese a mi tremenda torpeza, con cierta suerte pude incluso infiltrarme entre la multitud, la cual seguía huyendo a toda prisa. Aún así, Nightmare siempre conseguía mantener la misma distancia, bien le atacaran o bien se topase con varios caídos que le obstaculizasen. No era demasiado corpulento ni tampoco el más alto y fuerte; mas si había que responder, sabía cómo hacerlo, y entre todos los presentes, era el más ágil.


 Sus manos cada vez se encontraban más cerca; su respiración cada vez era más perceptible. Sin duda alguna aquello no era un sueño; era una pesadilla.

Daniel Villanueva
05/09/13 

lunes, 26 de agosto de 2013

The Second Exploration. Capítulo VII. Desnudos (Segundo cabo)


 Al igual que el Maître, Marié también soñaba con el escenario; seguramente con mayor nitidez que el propio y laureado anciano. Todo había comenzado hacía muchos años, cuando ella no era más que una niña de siete años.

 “Era una mañana dominical de temprana primavera. Mis ansias de jugar me habían llevado a escapar veloz de casa; un rincón muy humilde y perdido en los suburbios más pobres de París. Cada día de vida allí contaba como un logro para muchos. No había día de descanso en aquellas calles, por mucho que lo desaprobaran los clérigos católicos más ciegos y anquilosados en sus absurdas patrañas ¿Sería porque sus cepillos nunca se llenaban lo suficiente? ¿Sería porque aún demandaban más sus grasientas barrigas? ¡Cuánto reprochaban en sus fastuosos y dorados templos la falta de humanidad y de decencia! La falta de honradez y solidaridad allá, donde todo era pobreza.

 Precisamente, tras abandonar los callejones donde los dependientes de muchas tiendas regalaban los alimentos que corrían el riesgo de estropearse y no habían sido vendidos, a punto estaba de alcanzar el parque, donde muchos días me reunía con mis amigos. Terminando de masticar el último bocado de manzana, pasé precisamente por la puerta del parque que estaba custodiada a su lado por una antigua iglesia de piedra. Sin saber por qué, aquel edificio me pareció más gris que nunca, mas sin prestarle demasiada atención, lo dejé a mis espaldas y me encaminé hacia mi árbol favorito, desde donde avisté a mis amigos. Salí corriendo alegremente hacia ellos, mas al llegar, pronto me percaté de que todos se encontraban alicaídos.

 – ¿Qué sucede? – pregunté intrigada.
 – Se trata de Piére – respondieron.
 – No ha venido al igual que otros ¿no es así? – agregué vehementemente, siendo consciente de que no todos los días acudíamos la totalidad del grupo, por muy diversas razones.
 – Sí venía con nosotros, pero se encuentra en la iglesia.
 – ¿La iglesia? – exclamé muy extrañada.
 – Marié: hoy Piére se encontraba especialmente pálido – explicó Jacques, con su peculiar voz de niño valiente y aventurero – Me contó que hacía dos días que no había comida en su casa, y que por desgracia habían llegado tarde a los callejones.
 – ¿Y bien? – repliqué impaciente.
 – Piére siempre había tenido muy buen olfato: especialmente para reconocer alimentos a gran distancia. Íbamos a entrar en el parque, cuando él se quedó completamente paralizado; no era la primera vez que atravesaba la puerta del parque y reconocía tan agradable aroma, mas esta mañana no pudo reprimirse más.
 – ¿Qué hizo?
 – Junto a la iglesia, se encuentra adosada la morada del padre Christophe. Piére sabía que el olor procedía de aquel lugar. Sin pensarlo, presto se dirigió al muro de la vivienda, que igualmente colindaba con el parque, más todos le seguimos. Lo que antes era inapreciable para el resto de nosotros, en aquel instante fue perceptible por todos; incluso para el más acatarrado. Semejante aroma a queso curado, especies y a chorizo, eran una esencia irresistible y todo partía de una grieta existente en el muro, cual pequeño resquicio.
 – Piére dijo que tenía que llegar a esa sala y que tenía sospechas de cómo hacerlo, pasando completamente desapercibido – continuó con la historia Antoine, que era otro crío – Dijo que una opción temeraria era entrando por la puerta de la iglesia. Todos conocíamos sus tradicionales siestas en el confesionario, pero ¿y si despertaba? Teniendo en cuenta aquello, todos parecimos desistir a semejante tentación, mas Piére conocía la otra solución.
 – Yo mismo la descubrí con Piére, un día que jugábamos al escondite – retomó la historia Jacques, quien no quería perder el protagonismo – Dentro del parque, a unos siete metros del muro de la casa y de la iglesia, existe un gran árbol envuelto, cual falda, por un espeso matorral. Éste no fue plantado al azar, pues bien pudimos comprobar que éste esconde un pasadizo.
 – ¿Un pasadizo? – grité, bañando mi alma en un manantial de emoción.
 – Así es – dijeron todos – Y conduce tanto a la casa como a la iglesia del padre Christophe.
 – Cuando jugábamos, nunca nos atrevimos a avanzar más allá de la puerta del túnel, pero hoy Piére sí lo hizo – dijo Jacques.
 – ¿Entró sólo? – pregunté.
 – No – sentenció Antoine – Fuimos todos con él. Nos mordía la curiosidad por entrar en aquel rincón secreto, y también nos mordía el hambre. Aquel olor a abundancia era capaz de fulminar a cualquiera.
 – Al principio todo era muy oscuro y frío, pero no tardamos en descubrir una escalera de madera y una trampilla, más otro pasillo – prosiguió Jacques – Todos estábamos entusiasmados con semejante aventura. Primero exploramos el segundo pasillo y así descubrimos la existencia de una segunda trampilla: una para la casa y otra para la iglesia.
 – ¿Os descubrió Christophe? – pregunté angustiada. Todos los niños se miraron con tristeza.
 – El cura se encontraba dando misa en aquel instante. Casi nos descubre al abrir la trampilla de la iglesia, ya que al levantarla, ésta se encontraba tras el altar y en frente, sus pies, dirigidos a la mesa.
 – Un sólo paso atrás para mantener el equilibrio y realmente lo habría perdido. No fue así y cerramos la trampilla con muchísimo cuidado. Sin duda, aquel era el mejor momento para entrar en la casa.
 – Al abrir la otra, no tardamos en descubrir la puerta de la despensa gracias al olfato de Piére.
 – ¡Una despensa enorme y repleta de comida! – decían unos.
 – Nunca he visto un lugar así – dijeron todos – comimos como si la vida se nos fuera en ello…
 – Pero perdimos la noción del tiempo – lamentó Jacques – Y el padre Christophe nos descubrió ¡Jamás he oído a alguien blasfemar tanto!
 – ¿Blasfemar? – preguntó un niño sin entender.
 – Insultar – aclaré – Sigue Jacques.
 – El final lo puedes imaginar – dijo triste – Todos pudimos escapar menos Piére, que en el último suspiro fue atrapado por el cura – Jacques agachó la cabeza – Desde entonces no le hemos visto.
 – Seguramente sigue castigado dentro – añadió Antoine.
 – Eso me preocupa – exclamó Marié – ¿Y si entramos a buscarle?
 – ¿Y qué será de nosotros si Christophe nos alcanza? – gritó Antoine asustado.
 – Él es uno; nosotros somos más – afirmé – Rescatemos a Piére; él sólo entró allí por hambre ¡No es justo! – aquellas palabras, propias de una revolución, nos dieron fuerzas a todos. Al adentrarnos en aquel pasillo húmedo y tenebroso, no había temor fluyendo por nuestras venas, sino adrenalina e ira, en pos de una sed de justicia recién descubierta.

 Sigilosos pero decididos, ascendimos por la trampilla de la casa, la cual comunicaba con el pasillo central de la vivienda. A nuestras espaldas se encontraba la puerta de la despensa medio abierta, y frente a nosotros, la silueta de una sombra siniestra reflejada en otra puerta ¿Adonde llevaba? Todavía no lo conocíamos. Sólo yo fui quien decidió iniciar los primeros pasos hacia aquella habitación, cuya puerta blanquecina se encontraba sólo un palmo abierta. Cuán terribles sonaban los gritos y los llantos de Piére, al parecer apagados por lo que podría ser una mordaza.

 Antoine y unos cuantos por un momento, habían parecido ignorar la llamada de auxilio; sin pedir siquiera permiso, volvieron a entrar nuevamente en la despensa para tomar y arrojar cuantos alimentos pudieron por la trampilla, antes de que se desataran los nuevos acontecimientos.

 Fue Jacques el primero en advertir mi rostro petrificado, tras contemplar por vez primera lo que de verdad en aquella habitación estaba sucediendo: frente a mis ojos, pude ver la viva imagen de un demonio torturador; un diablo enmascarado cuyas manos hacía mucho tiempo que se mancharon, siendo en este caso la sangre de Piére la última mota de un pasado posiblemente aún peor.

 Amordazado con su propia camisa y maniatado en la cama del padre con varias tiras de esparto, Piére no paraba de sangrar por la espalda, tras la tremenda paliza que había sufrido con una vara de madera, que aún portaba el sacerdote en la mano. Al parecer, Christophe se estaba dando un descanso, para seguir instantes después fustigándolo. Por suerte no fue así.

 – ¡Aparta Marié! – gritó Jacques, justo antes de lanzar al cura una silla, directa a su cabeza. Apenas tuve tiempo para reaccionar; por suerte Christophe tuvo muchísimo menos tiempo. Tras recibir el impacto de la silla de hierro y madera en su espalda y en la cabeza, no pudo evitar caer de rodillas al suelo y gritar con terrible fiereza. Un segundo impacto de un crucifijo de bronce en la frente lo dejó completamente tumbado en el suelo, aturdido y preso del dolor. Sin duda aquel era el momento de liberar a Piére.

 Me levanté también del suelo con gran presteza, para acercarme a la cama y desanudar los cabos del desgarrador y pestilente esparto con el que el chico había sido atado.

 – ¡Demonios! – gritó el sacerdote, completamente fuera de sí – ¡Marchad todos al infierno! – continuó gritando, mientras a duras penas trataba de incorporarse. Piére y yo corrimos hacia la trampilla, pero ésta se encontraba ocupada por varios niños, quienes tras destrozar parte del mobiliario de la casa, se encontraban escapando por ella. Fue por ello que finalmente decidimos huir por la propia puerta principal de la iglesia.

 Todos habíamos escapado a salvo. Incluído Jacques, quien se atrevió a plantarle cara al párroco por más tiempo, arrojándole todos los objetos que encontró a su paso, antes de desaparecer por la trampilla.”


 – ¿Qué tiene que ver aquello con el teatro? – le pregunté a Marié, quien, sentada desde la mesa de su camerino, terminaba de eliminar las lágrimas que cubrían su rostro tras narrar aquella historia.
 – Llevamos a Piére con urgencia a casa de sus padres, donde su madre lo vio con gran preocupación. Cuán duro es escuchar el llanto de las madres cuando la sombra de la muerte sobrevolaba cerca de sus hijos. El pequeño de ocho años estaba realmente exhausto y con la mirada perdida. Rápidamente lo llevamos a su humilde habitación para acomodarlo y curarlo. Josephine, su madre, presta había traído un cuenco con agua limpia y unos paños, con tal de limpiarle todas las heridas que dibujaban su espalda ¡Cuán cruel había sido el párroco! – exclamó Marié, rompiendo de nuevo a llorar – Recuerdo muy bien con qué fuerza me agarró él la mano, como si fuera el único sustento que le aferraba a la vida ¡Pocas veces vi a alguien tan cerca del precipicio!

 “Una hora después, su madre y yo al fin terminamos con las curas de su demacrada espalda. Las vendas que una vecina nos había proporcionado altruistamente le habían envuelto como si llevara una camisa.

 – Muchas gracias Marié – me dijo Piére, susurrando.
 – De nada – respondí, lanzándole una escueta sonrisa de complicidad. Fue entonces cuando liberó mi mano, para dirigirla hacia mi rostro y regalarme una caricia. Su madre por aquel momento se había ausentado para atender a la puerta de la casa, donde estaban llamando. Segundos después, todos los niños del parque habían acudido en masa para darle ánimos al pobre muchacho. También trajeron consigo parte del botín sustraído de aquella maldita despensa. El hambre nos azotaba a todos, pero más grande era nuestro amor por un amigo.

 Cercana la hora del almuerzo, todos se marcharon a sus respectivos hogares. Yo también estaba a punto de marcharme, cuando, tras besarle cariñosamente en la mejilla, noté cómo Piére dirigió su mano hacia el bolsillo de su pantalón.
 – Toma – me dijo, mostrando un papel.
 – ¿Qué es eso? – pregunté intrigada.
 – Es un regalo. Siento decir que me lo encontré en la casa del padre Christophe – contestó – Pero tú mereces más que él asistir y disfrutar esta noche del teatro. Es una pena que sólo tenga una entrada, mas en estas condiciones no creo que pudiera acompañarte.
 – ¿Te gusta el teatro? – le pregunté.
 – Mucho ¡Es algo maravilloso! Espero poder ir pronto contigo.
 – Así será – sentencié. Esta vez mis labios se dirigieron a su frente al despedirme. Tras salir de su habitación fue su madre quien me abrazó fuertemente y me dio las gracias por toda ayuda.
 – Ven cuando quieras – me dijo – espero ofrecerte todo lo que pueda.
 – Muchísimas gracias señora.

 Al salir de aquella humilde morada me dirigí rápidamente hacia mi casa. La felicidad me invadía al saber que Piére iba a poder ver la luz del mañana; al menos esa era mi esperanza. Llena de emoción a causa de tan increíble presente, no cesé de preguntarle a mi madre todo cuanto sabía acerca del teatro. Lamentablemente no fue mucho lo que pudo contarme.

 – Sé que hay obras buenas y malas; actores buenos y malos. Sé que existen comedias y dramas… y que dicen que hay directores que parecen magos.
 – ¿Magos? – pregunté asombrada.
 – Así es, mi niña. Tan pronto son capaces de hacerte reír como llorar.
 – Yo no quiero llorar – exclamé – si es así, que sea de alegría.
 – Todo es posible, hija mía – contestó vehementemente mi madre – Ahora bien.
 – ¿Sí, mami?
 – No estoy muy convencida de que vayas sola esta noche al teatro. No sabemos siquiera si éste es de alto o bajo caché; y ahora que lo pienso, no sé en cual de ellos estarías más segura.
 – ¡Pero es un regalo! ¿Qué haré si Piére mañana me pregunta? Se sentiría muy decepcionado.
 – Es peligroso – repuso.
 – Acompáñame entonces a la puerta.
 – Ya veremos – zanjó – hablaremos luego con tu padre.
 – Por favor ¡Convéncele y llevadme al teatro!
 – ¿En serio no prefieres jugar por el barrio? Si quieres te dejo jugar más tiempo esta noche.
 – No sería justo – repliqué.”

 – ¿Te llevaron entonces? – le pregunté a Marié.
 – No, evidentemente – me respondió – mas sí me acogí a la enmienda de estar más tiempo en la calle. A fin de cuentas, tendría todo el suficiente para llegar del teatro a casa.
 – Muy inteligente.

 – “Llegado el momento, me arreglé a toda prisa y huí dirección al teatro. Tenía muchas preguntas acerca de cómo sería aquello; afortunadamente pronto hallaría todas las respuestas.

 El cielo, próximo al ocaso, se encontraba decorado por un intenso color rojizo, acentuado por las caprichosas nubes, cuyos tonos cambiaban en mil matices desde el rojo más puro al más bello anaranjado. Era sin duda una tarde preciosa.

 Recuerdo igualmente que aquella calle aún funcionaba con farolas de carburo, y que precisamente en ese mismo instante, el farolero se cruzó en mi camino, saludándome cortésmente con un “buenas noches señorita”. Tras su sombra, finalmente contemplé en todo su esplendor las puertas del teatro: no ha sido el más grande; ni el más bello… después de todos los que he conocido. Mas ya sabes que todos guardamos cierto cariño y recelo con respecto al primero que conocimos.”

 – Sí – suspiré – Así es – Cuán extraño me sentí en aquel preciso momento. Como en el filo de la navaja, mi memoria pareció hallarse en el límite entre la amnesia y el recuerdo.
 – ¿Cómo era el tuyo, Maître? – permanecí callado unos segundos, mirándola fijamente a sus ojos dulces y a la vez penetrantes.
 – No sabría decirlo – Vívidos destellos de memoria parecían invadirme, cuales rayos en una tormenta – Veo un excelso teatro, repleto de gente aplaudiendo.
 – Magnífico – dijo ella – Sin duda tuviste mucha suerte – exclamó admirada, añadiendo aún más dulzura en su joven rostro, con una tierna sonrisa – Tal vez sea la magia el nexo común de todos los comienzos.
 – Cuenta – le rogué.

 – “Con paso firme me dirigí al portero, tras aguardar el tiempo necesario en la cola. Aún recuerdo con cariño aquel instante en que éste casi llegó a ignorarme y le pidió el ticket a aquellos que se hallaban a mi espalda. Con cierta prepotencia, carraspeé, como bien sabía hacer una niña orgullosa.
 – ¡Vaya, vaya! – exclamó el portero – ¿Qué tenemos aquí? ¿Te encuentras perdida? – preguntó, con cierta sorna.
 – No – sentencié firme – Vengo a ver la obra de teatro.
 – Pero… no es posible – respondió titubeante – ¿Dónde están tus padres?
 – No pueden venir – agregué – Con mucho esfuerzo han reunido el dinero suficiente para conseguir esta entrada y heme aquí, dispuesta a ver mi primera obra ¿Sabe?
 – Pero ¿no te han acompañado al menos hasta la puerta? No podría dejarte pasar si es así.
 – Perdone – comentó la anciana señora de atrás, quien esperaba impaciente – ¿Va a atendernos ya? ¿Por qué no aparta a la niña hasta que se solucione el problema?
 – Claro Madame; así haré – El mundo se habría convertido en ruinas, de no ser por la rápida intervención del destino.
 – Señor Tissier – dijo una voz adulta y masculina tras la puerta del teatro, dirigiéndose al portero – ¿me disculpa un momento? – Éste tras girarse palideció tremendamente
 – Eh ¡Sí! Quiero decir… que estoy a su disposición – contestó nerviosamente.
 – ¿Qué es lo que sucede? – preguntó el caballero con firmeza – Me ha parecido oír que no se le permite el paso a una joven y angelical niña ¿Es eso cierto?
 – Son las normas del teatro ¿No es así? – Fue entonces cuando distinguí por primera vez a aquel hombre; o a aquel joven quizás. Todo el color de la piel que el portero había perdido en su tez parecía haberlo adquirido aquel alto y esbelto caballero de negras y elegantes vestiduras.
 – ¿Normas? ¿Me acompaña un momento? – Sin esperar respuesta alguna, el joven de identidad aún desconocida asió por el brazo al señor Tissier, dirigiéndolo hacia el cartel de la obra – ¿Ve el cartel?
 – Sí señor; lo leo perfectamente: Memorias de un sueño, por…
 – En efecto sabe leer; ahora bien ¿Lee usted alguna norma?
 – No, pero el teatro…
 – ¿Ve alguna norma inscrita en la fachada del teatro? ¿Alguna grabada quizás en otro lugar? ¿Alguna en concreto prohíbe la entrada a los niños?
 – No señor – respondió tembloroso.
 – Si es así ¿por qué no le cede el paso a esta preciosa niña?
 – Pero ¿Y el dueño del teatro?
 – Su jefe resulta ser un gran amigo mío. Si se preocupa por él, le aseguro que yo también velaré porque todo aquel con billete pueda entrar a disfrutar mi obra de teatro – zanjó – Muchas gracias.
 – Disculpe las molestias, señor director.
 – No es a mí a quien ha hecho perder el tiempo – finalizó, retirándose al interior del teatro, mientras sonriente y ávido se cruzó ante mi vista, guiñándome un ojo.

 Fue entonces cuando el portero me cedió el paso hacia el interior de aquella fábrica sueños. Tras mis pasos pude escuchar cierto murmullo; al parecer alguien había acudido al portero para denunciar la pérdida de una entrada. Por suerte, ya había escapado de las temibles garras del padre Christophe y me hallaba en la seguridad del patio de butacas, del escenario y de aquel olor a antiguo tan distintivo y de difícil olvido. Todo cuanto vi a continuación fue pura magia; toda una revelación ¡Un todo! Espectáculo ¡Teatro! Y es ahora cuando debo dejarle marchar.”

 – ¿Cómo dice? – pregunté extrañado.
 – Creo que el hombre a quien sigue se escapa – me advirtió Marié, señalando con su dedo índice a través de la puerta, donde a lo lejos se hallaba mi otro yo. 
 – Entonces sabe quién soy – pregunté.
 – Sé que si no logra su objetivo, esto no habrá sido más que un vulgar sueño ¡Adelante pues!
 – Ha sido un placer conocerla – exclamé – Aún más.
 – Creo que más bien ha sido hoy cuando ha tomado interés en conocerme. Lástima que haya sido sólo en el mundo onírico – sentenció – Y ahora márchese – Olvidando por completo mi presencia, Marié tomó de un cajón una venda, y con notable dolor, comenzó a envolver su frágil y lastimado tobillo. Como un flash, había recordado lo duro que había sido con ella en el ensayo mientras bailaba; y el momento de su lesión tras haberle exigido tanto.


 Medité brevemente acerca de aquello, mas preso de la misión que se me había encomendado, tomé mis pasos rápidamente hacia la puerta, donde mi “yo recordado” hacía unos segundos que había salido. Tras doblar varios pasillos y tomar una última puerta, fueron las calles de París las que finalmente descubrieron a mi temible enemigo ¿Quién era?


Daniel Villanueva
26/08/13

viernes, 4 de enero de 2013

The Second Exploration. Capitulo VI. Desnudos (Primer cabo)



 - Esta técnica requiere el uso de un alcaloide muy potente – advirtió el doctor, mostrando una evidente tensión frente a la inquisitoria mirada del señor Ivanov – Espero no tener problemas con la justicia.
 - No se preocupe – respondió el joven agente – Todo está en mi mano en estos instantes; todo menos nuestro paciente – finalizó, desviando su férrea mirada a mis ojos.
 - Sin duda es un alivio – suspiró el psicólogo, quien ya ultimaba los preparativos de la droga que iban a administrarme, bajo previo consentimiento ¿Dónde me llevaría aquel viaje? Realmente, dudo que ninguno de los tres, allí presentes, llegáramos a saberlo. Aquel mejunje vaporoso y al fuego estaba listo, según las indicaciones del experto – Inhale, como si de una fragancia aromática se tratara. Romero, lavanda, salvia… aquella que más te inspire placer y confianza – Así obedecí. Tan pronto como pude percibir los vapores procedentes del cuenco, todo comenzó a nublarse, cual volcán pretendiendo ocultar el cielo.

 No tardaron en sumarse a la completa inoperancia el resto de los sentidos. Para el oído, lo que antaño eran nítidos sonidos, pronto se transformaron en extraños en indeseables ecos y silbidos. El tacto había desaparecido, tras un indescriptible hormigueo que en escasos segundos me había sacudido. Gusto y olfato, pasaron a convertirse en uno mismo: aquel extraño sabor y aroma metálico habían inundado toda sensación, a excepción de la única, que por el contrario, iba en “crescendo”: el miedo.

 - ¿Se encuentra bien? – creí escuchar, con cierta dificultad.
 - No se preocupe – exclamó otra voz, habiéndola percibido con mayor nitidez – En breve comenzará la sesión.

 Las nubes grises que todo lo habían envuelto, comenzaron a virar blancas; blanca, como la mayor de todas las nieblas; blanco, como en un difuso e incoherente infinito; blanco como la nieve virgen y pálida. Ausente, hiriente; atractiva… aterradora.

 - ¿Dónde me encuentro? – pregunté, algo aturdido.
 - Bien debes saberlo – respondió una voz sin procedencia, grave y cavernosa. Los vapores, densos aún, viraron a diferentes tonos azulados, desde los más oscuros, hasta los más claros. Finalmente, poco a poco estos comenzaron a diluirse, dejando lugar a un espacio nítido y claro.

 Me encontraba por arte de la negra magia en el almacén del teatro. Un reducto húmedo, polvoriento y sombrío, situado justo bajo el escenario. Por muy tétrico que pareciese semejante lugar, no resultaba ser una estancia infrecuentada por mi persona; bien lo sabía, después de un raudo viaje al pasado, tan carnal como secreto. Despertando, gracias a una extraña curiosidad, al fin decidí dar rienda suelta a mis pies, comenzando a recorrer aquellos pasillos delimitados por innumerables cajas de cartón y otros aparatos, la mayoría embalados. Como era habitual, siempre que pisaba aquella habitación, no pude resistir palpar con mis propias manos el elevador hidráulico, el cual conducía a los actores al escenario por una trampilla. Una considerable pátina de polvo y pelusa decoraban las articulaciones engrasadas del aparato, dotándole así de una imagen de completo descuido y abandono.
 - ¿Puede continuar? – Escuché, cual voz fantasmal procedente de otro mundo; del verdadero mundo del cual procedía. Asentí sin espíritu ni remedio. Rodeando el elevador, algo nuevo fue a centrar mi atención. De entre las espesas tinieblas allí presentes, una extraña y titilante luz rojiza parecía emerger tras una muralla de cajones apilados ¿Qué o quién había detrás? Si mi orientación no me engañaba, cerca de esa luz debía encontrarse la escalera que conducía a la salida. Decidí acercarme con sigilo. Pronto descubrí que el origen de esa luz residía en unas velas encendidas, las cuales proyectaban una sombra humana. No cambiaba de posición, mas no cesaba de mover sus brazos alzados, dirigidos hacia su cabeza. La intriga generada, acerca de su femenina identidad, pronto viró al deseo ¡Maeve! Aquella joven, quien había visto por última vez en el teatro. No tardó en descubrirme, clavándome su verde y felina mirada a través del espejo. Al igual que la anterior ocasión, el nuevo vestido que portaba era rojo, siendo éste muchísimo más sensual y sugerente. Su rostro mostraba una sonrisa malévola, muy consciente de mi presencia; sus ojos, por el contrario, llegaron a ignorarme, como bien marcaban las pautas de su juego. Unas pautas tan suyas como mías, pues avanzar hacia ella fue inevitable, cual imán a un metal.
 - Por un momento pensé que no vendrías – dijo Maeve, con su voz suave y pausada, con el más puro acento francés.
 - No pensaba hacerlo – respondí, casi hipnotizado por sus hombros y brazos, completamente descubiertos, y disponibles al tacto. Apenas restaban unos centímetros entre mi pecho y su espalda. La atmósfera de calor era evidente; su mirada, anhelada.
 - ¿Por qué no paseas conmigo esta tarde? – preguntó mientras acariciaba mi mano, la cual hacía lo propio con su hombro derecho.
 - No es posible – respondí con gran dolor – No he venido a este lugar para poder disfrutar de tus encantos – Sus labios su abrieron gráciles, mientras suspiraba serenamente con sus ojos cerrados, una vez discurrieron mis dedos por su pálido y suave cuello. Bien sabía, con total certeza, que la estaba espiando a través del espejo.
 - Me encantan tus caricias – jadeó - ¿Por qué no usamos este cuarto como refugio? Subirás luego – Me ordenó, abriendo repentinamente sus ojos para atravesarme nuevamente con ellos.
 - He de hacerlo ahora – repliqué con gran dificultad.
 - Lo sé – suspiró desilusionada, mientras liberaba mis manos de su dulce trampa, para que marchara – Regresa pronto.
 - Lo haré – respondí, sintiendo cómo cada paso que me alejaba de ella, era una pesada losa más, la que minaba mi decisión y acrecentaba de forma irrefrenable los deseos. Mientras, Maeve continuó arreglándose mientras exhibía su exuberante figura frente a aquel cristal ovalado de mágicos reflejos. Fue la última imagen suya en aquel desconcertante sueño.

 Una vez subí las escaleras, todo arriba era agitación y frenesí. Había accedido al pasillo que comunicaba con el escenario y previamente, con los camerinos. Actores, sastres y maquilladores se mezclaban alocadamente en unas habitaciones y otras, mientas otros corrían por los pasillos.

 - ¿Maestro? – me preguntaron algunos, muy extrañados ¿Por qué poseían en su rostro semejante gesto de impresión? Cierta voz procedente de ningún lugar me aconsejó avanzar por el pasillo con extremada prudencia - ¿Maître? – dijeron otros, alternando sus miradas entre mi persona y la última puerta, que conducía hacia el escenario. Una vez pude mirar, todo lo que pude sentir fue completamente imposible de describir.
 - Continúe – pude escuchar nuevamente, cual estruendo retumbando en mi cráneo – Manténgase relajado; si no despertará de este sueño - ¿Cómo no despertar si sabía que soñaba? No obstante estas últimas palabras me tranquilizaron. Sin duda era la primera vez que parecía ser dueño de mi propio sueño; o tal vez no, pues todo parecía ser condicionado gracias a la droga que me habían suministrado. Fuera como fuera, la intuición me decía que todo cuanto estaba viendo, estaba siendo descrito por mis labios en el mundo real. De lo contrario, jamás habría recibido aquellas respuestas, más todas las que pronto estaban por llegar - ¿Qué es lo que está viendo?
 - ¡Nos vemos! Sin duda alguna nos vemos – respondí, siendo consciente que mis palabras iban dirigidas a un más allá del sueño.

 Sentados en dos taburetes en una esquina del escenario, hallábame, fuera de mi cuerpo, conversando con el psicólogo – con usted – dije – tú eres la voz que escucho.
 - Así es – respondió – te encuentras en el día del ataque – Retumbó de nuevo en mi cerebro – Justo antes de que éste se produjera.
 - Pero ¿Qué clase de alucinación es ésta? No consigo entender – pregunté mentalmente.
 - Un recuerdo – contestó el doctor, conduciendo su prodigiosa voz a través de las intrincadas y laberínticas cavernas de mi mente – Como puedes ver, partimos del último instante en el cual nos vimos ¡Tenga mucho cuidado con cada proceso que altera, pues todos ellos en su memoria serán modificados – me advirtió.
 - ¿Cómo evitar alteraciones, si existimos dos “yo”? Es más ¿Quiénes somos? – pregunté con cierta ansiedad y desesperación.
 - Uno es el “yo recordado” – aclaró – Mírele, ahí sentado junto a mí, como hace unos instantes ha descrito; el otro es el “yo explorador” – prosiguió – ¡Usted! Cual desvinculación etérea en el cuerpo, llegando a concentrarse toda su alma en la región de los recuerdos.
 - Eso es maravilloso; mas ¿qué sucede con aquellos “procesos” que ya he revuelto? Le recuerdo que aquí mucha gente está creyendo ver doble.
 - De momento no es grave; mas procure no ser visto por su homólogo – ordenó el psicólogo, con cierta seriedad – Si así ocurriese, sería fatal para lograr aquellos que nos proponemos – Casi como de un vaticinio se tratara, sus últimas recomendaciones a punto estuvieron de convertirse en yerma ceniza en aquel mismo instante. La clásica mirada de extrañeza de un miope, tan conocida como propia, acaba de posarse sobre mi ser, lo cual me hizo dar inmediatamente la vuelta. 
 - ¡Maldición! – exclamé hacia mi ser, mientras me dispuse a retirarme de su campo visual.
 - Un segundo – dijo mi recuerdo, el cual incomprensiblemente era capaz de escuchar nítidamente, pese a la enorme distancia – Creo que hay alguien desconocido cerca de los vestuarios – interrumpió al psicólogo presente en el sueño, mientras se levantaba torpemente de la silla y comenzaba a acercarse peligrosamente al pasillo.

 La falta de improvisación y una alta dosis de torpeza habían hecho refugiarme en una ratonera sin salida; simplemente el primer camerino que había visto abierto y solitario en el pasillo. Ningún sitio más donde refugiarme; sólo un reducido cubículo con una silla donde descansar, una mesa y frente un espejo de maquillaje, más unos estantes donde reposaban varias prendas de ropa y otros utensilios.

 Extendiendo mis brazos, y posando las manos con violencia en la mesa, lo único que se me ocurrió fue mirar hacia el espejo, con el fin de hallar simplemente vacío y soñar con desaparecer – Maldito espejo ¿Por qué otra duplicidad? – Aquel otro desdoblamiento llegó incluso a marearme; mas sin saber cómo, tan pronto como pude recuperar la conciencia, pude percibir tanto mi ser, como la entidad de mi propio recuerdo. Un ente a punto de fusionarse cara a cara; dos respiraciones cortadas; cuatro ojos dilatados y dos miradas fijadas en el uno. El uno y el otro que a la vez podía percibir, y sin embargo, por mucho que lo intentaba, no podía dominar.

 Únicamente faltaban segundos para que el “yo recuerdo” lograse alcanzar el pomo de la puerta, mas ¿estaba todo perdido? Un último esfuerzo llegaron a conducirme a la última salida; una última puerta que bien no pude llegar a entender si verdaderamente pudo ser posible o bien, fue una invención de mi nuevo ser: algo sólido y blanco parecía vislumbrarse en el estante, bajo una capa negra. Una capa negra sobre la cual descansaba un vistoso sombrero también negro, de copa ¿Qué podría ser? Sin apenas meditarlo, raudamente me aproximé a aquel noble peldaño, para envolverme con la capa y descubrir qué clase de pieza era aquella.

 Pálida como una perla, de pura cerámica y extremadamente bella, la clásica máscara sonriente e iconográfica del teatro surgió ante mi inquieta pero ahora más calmada mirada.   
 - ¡Hora de las máscaras! – gritó de improviso un coordinador, siendo milagrosamente obedecido por todos los actores. Sin más, el propio sueño en el que me hallaba, me había ofrecido una perfecta escapatoria, permitiéndome huir justo a tiempo de aquella habitación, antes de que el cazador me interceptara.
 - Perdone – llegó incluso mi recuerdo a decirme, tras haberme tropezado violentamente con su hombro. Un segundo después, había desaparecido entre decenas de máscaras y vestidos, todos estos muy variopintos y vistosos.
 - Maestro – dijo el coordinador a mi recuerdo – Todos están listos para el ensayo definitivo.
 - ¿Seguro que todos? – respondió éste al joven capataz. Dudó.
 - Como sabe, todos no – sentenció, señalando al camerino número siete.
 - ¿Qué sucede? – preguntó el “psicólogo recordado”, uniéndose a la conversación.
 - Pronto lo averiguaremos – dijo el Maître, a quien podía seguir sintiendo y escuchando, pese a la prudente y oculta distancia en la que me encontraba. Sin más dilación se encaminó a aquel camerino semiabierto, donde probablemente esperaba encontrarme - ¡Ah! Eres tú – exclamó tras abrir la puerta, y en un tono de total desprecio – Recupérate pronto y regresa sólo cuando creas que puedes valer.
 - ¿Y esos modales? – protestó el doctor, ciertamente abochornado.
 - No me des lecciones de moral ¿Acaso no recuerdas la noche de ayer? Además, éste es mi trabajo; he de ser duro con el fin de obtener el máximo partido de estos jóvenes descerebrados ¡Cuán poco son aquellos cuyos pensamientos tienen bien amueblados!
 - ¿Qué tal la decoración en su cabeza? – preguntó ofensivamente el psicólogo.
 - Regresemos al escenario – finalizó mi homólogo, tras una mirada desafiante.

 Acababan de abandonar el pasillo, el cual prácticamente se encontraba desierto. Sólo eran perceptibles las últimas instrucciones previas al inicio del ensayo; sólo aquellas órdenes, más un amargo llanto ¿Verdaderamente había sido capaz de hacer sufrir tanto a una joven? Sin reproche alguno, más que la visión de tan vergonzosa escena desde otro ángulo, mi alma se vino abajo ¿Podría remediarlo? ¿Quién aguardaba tras esa puerta? ¿Habría sido mi posterior atacante?


Daniel Villanueva
26/12/12

miércoles, 12 de diciembre de 2012

The Second Exploration. Capítulo V. Giros en la sombra

Cuando reina el silencio, todo objeto pretende emular un gran sonido. Así, impávidas en una indisoluble oscuridad, unas tazas de porcelana, junto a su tetera, danzaban refulgentes, cual hipnótico juego. No había más ruido que el silbido de éstas al perturbar el aire. Todas se precipitaban bajo el yugo de la incorregible gravedad; todas caían en pos de un futuro siniestro.
Mas todo eso nada importaba. Muy lejos parecía hallarse el realmente inmediato suelo. En aquellos instantes todo parecía vivir en paz, y las tazas, gráciles y caprichosas, disfrutaban de aquel momento sin pensar jamás en su final. Tan libres pretendieron sentirse; tanto fue su impulso y su fuerza… que casi lograron detener al mismísimo tiempo. Tiempo incorruptible; sin retorno… mas susceptible de convertir ciertos segundos en eternidad incierta.
Segundos después, o quizás después de varios minutos, mis párpados se abrieron, dando lugar a un mundo desconocido; un mundo el cual mi mente parecía rechazar, a juzgar por la inicial visión borrosa ¿Dónde me encontraba? Poco a poco, aquellos destellos luminosos que casi me cegaban, fueron cediendo su lugar a una habitación demasiado iluminada.
- ¿Se encuentra bien? – me preguntó una sombra, al parecer, muy cercana a la cama donde descansaba. Con cierto pudor al no identificar aquella voz y comprobar mi falta de decoro, traté de incorporarme lo más presto posible. Con vergüenza y espanto, aquel súbito intento, producto de la apariencia, más que de la supervivencia, sólo llegó a mostrarse tal cual era: un mero y estúpido intento. Apenas elevé la espalda unos centímetros del colchón, mi cuello comenzó a perder fuerza al son de un indescriptible mareo, que casi me hizo perder la conciencia.

- ¡Maldición! – exclamé, una vez aterricé en el colchón con cierta violencia - ¿Tiene un vaso de agua? – le rogué, con cierto tono de derrota y la voz muy ronca.
- Cuando se encuentre mejor lo verá en la mesilla que tiene a su derecha – contestó.
- Gracias – respondí - ¿No le importaría acercármelo a la mano, al menos? ¡Cuán débil me siento!
- Si lo prefiere, puedo ayudarle a beber – Sin demora, aquel hombre de joven apariencia se acercó presto a auxiliarme, colocando aquel vaso lleno a la altura de mis labios.
- Gracias de nuevo. Es usted muy amable – le dije – Parece también que recupero la vista, aparte del aliento. Mas dígame ¿Quién es usted? Mucho me temo que este caprichoso aturdimiento me impide reconocerle, y he de disculparme por ello.
- Creo que sería muy difícil que llegara a conocerme – me explicó, esta vez con un tono mucho más austero – Pertenezco a la gendarmería – aclaró – Inspector Ivanov.
- Mucho gusto – balbuceé, mientras sentía en mi espalda cierto escalofrío - ¿He de temer algo?
- No, de momento – dijo, dotando de más seriedad la conversación – Pero, como debo imaginarme usted debe estar formulándose muchas preguntas – asentí – Se encuentra en el hospital, señor. Ayer a la tarde, usted fue atacado en las proximidades del teatro donde se encontraba trabajando ¿Puede recordar algo? – Lamentablemente, tan siquiera había realizado el esfuerzo de recordar cual fue el último momento que había percibido.
Durante un considerable periodo de tiempo, parte de mi cerebro trató de ubicar las piezas desmenuzadas de semejante rompecabezas en fase de desmontaje. No obstante, las únicas imágenes que obtenía, no eran aquellas que realmente buscaba - ¿Señor? – preguntó el inspector nuevamente, ciertamente preocupado por mi estado de salud. Sólo había una imagen en mi mente; la misma que había observado justo antes de despertar; la misma que… - ¿Se encuentra bien? – Mi mirada seguramente podía vislumbrar mucho más allá del infinito, a juzgar por mi estado casi catatónico. Era todo cuanto podía entrever, navegando por las tenebrosas aguas de mi cerebro: aquellas gráciles tazas de café a unos centímetros del suelo, a punto de contemplar su propio final.

- ¡Un momento! – exclamé. El inspector lo único que hizo fue observar, aunque, probablemente en su interior, no dejaría de cavilar si sería conveniente avisar a enfermería, tras los claros síntomas de demencia que estaba padeciendo.
- ¿Qué sucede? – preguntó, tras esperar unos segundos.
- Usted no lo entendería – respondí, siendo plenamente consciente de ello. No había sido la primera vez que había contemplado aquella visión; sin duda, existía un origen – Necesito hablar con alguien.
- ¿Se refiere a una persona en concreto?
- Así es – afirmé.


Daniel Villanueva
17/11/12


lunes, 29 de octubre de 2012

The Second Exploration. Capítulo IV. Cara y cruz



Una tímida muchacha de ojos llorosos se encontraba en escena, una vez se había abierto el telón. Sus paulatinos gemidos eran el único sonido presente en la sala, a excepción de los tradicionales carraspeos y toses del público. Con gran destreza, aquella actriz bien entrenada estaba consiguiendo estrechar los nudos del tiempo, cubriendo así de grises nubes la atmósfera del teatro, el cual lo había dejado casi sin respiración. Todos parecían contener el poco aire fresco que parecía retenerse en sus pulmones, mientras fuera, la vida parecía agonizar frente a semejante silencio. Finalmente, justo cuando todo estaba a punto de venirse abajo, aquella joven de cabellos desgarbados comenzó a gritar de un modo aterrador.
Le siguió un llanto desesperado; prolongado, casi como aquellos minutos de incómodo silencio. Por último… un célebre monólogo a continuación.
– ¿En serio vas a ver la obra? – me interrumpió el doctor – ¿Cuántas veces habrás contemplado esta misma escena? ¡Por favor!
– ¿Cómo se le ocurre hablar en este momento? – le respondí seriamente – ¿tan pronto se ha aburrido? Y… por favor – pronuncié, pretendiendo dotarle a mis palabras un distinguido acento – procure susurrar mucho más bajo.
– ¿Quiere que le pague el asiento que ocupo? Es eso ¿verdad? – preguntó inicuamente, clavando su mirada en mis ojos.
– Si no le interesa la función márchese – exclamé, sin abandonar jamás al susurro.
– ¿Qué es lo que más le gusta observar? ¿El mensaje que ocultó en ella? ¿O acaso disfruta juzgando a sus actores por lo bien o mal que han transmitido lo que deseas?
– ¿Conoce el significado de la palabra respeto?
– Lo suficiente como para saber que todos lo hemos vulnerado – su sentencia casi me había arrebatado todo pensamiento; sin duda ese era su objetivo en aquel mismo instante – Aún así no se preocupe, pues comprendo su frustración ¿Quién en su sano juicio aceptaría semejante chantaje, por parte de un doctor? Un chantaje como éste ¡Y encima, sin tan siquiera esforzarme en guardar la compostura y la educación ¿Cree que otro paciente consentiría semejante intromisión en su vida? – ¿Eran imaginaciones mías, o el psicólogo parecía estar cavando su propia tumba? – Sin embargo usted ha conseguido soportarme, y por ello le felicito.
– No me importan sus excusas – apelé – No voy a ganar mucho más dinero por un miserable asiento, pero…
– Lo mínimo que exige es respeto ¿No es cierto?
– Así es – afirmé – No por mí…
– Sino por el público, naturalmente. Ahora volvamos al asunto de antes – continuó, obviando por completo mis peticiones y envolviendo sus palabras con cierto halo de misterio – ¿Qué es aquello en lo que más detalle atiendo?
– Si piensa que los artistas seríamos ricos si cotizara el ego, no sería quién para negarlo ¿Quería que lo admitiese? Hecho.
– ¡Bobadas! ¿Quién no ha ordenado y limpiado su casa, y tras un duro esfuerzo se ha parado a observarla largo tiempo, por el mero modo de disfrutar y saber cuán bien lo ha hecho? Usted no padece de egolatría; mas si así fuera, no es un caso grave.
– Sinceramente, no le entiendo – dije exasperado.
– Eso es porque así lo deseo – aclaró el doctor, mostrando un gesto altivo y risueño – No se preocupe: ya sabes que me encanta bromear. Como esa pareja joven de ahí al lado – comentó, señalando con el dedo a dos enamorados, situados en el gallinero del teatro.
– Desde luego es usted muy eficiente – dije – No sólo tiene capacidad para irrumpir en el desarrollo de una obra, sino también para fisgonear y expiar, allende donde sus ojos se posan.
– En esta vida hay que estar preparado para todo – respondió sarcásticamente – ¡Y ahora déjese de monsergas! ¿Quiere asistir a una función paralela? – preguntó muy animoso.
– ¿Qué dice? – exclamé, casi elevando la voz por encima del susurro, conduciéndome a sentir el peso de las miradas del público de alrededor.
– Le prometo volver asistir a un segundo o tercer pase, esta vez a costa de mi bolsillo.
– No puedo levantarme ahora ¿Qué podrían pensar todos los que nos rodean?
– No es necesario que se levante ¿Cómo podría pedirle semejante cosa? – Comentó divertido – Son el propio público los actores de esta obra paralela ¿De veras no se ha detenido alguna vez para observarles?
– No demasiado ¡Por qué he de entrometerme en sus vidas? – repuse, casi indignado.
– ¿Acaso no le apetece conocer qué opinan verdaderamente de su obra? – De una manera u otra, mis ojos fueron sinceros con mi “mefistólico” compañero. Todo artista soñamos, no sólo con el aforo completo, sino con el beneplácito y la euforia del público… por muchas corazas de humildad que vistamos – Su silencio otorga – exclamó divertido, mientras trataba de disimular su inicua carcajada – ¿Por quién empezamos?
– El dueño del teatro – dije, señalando a su figura, hallada de pie, tras el acceso a uno de los palcos.
– ¡Vaya! Un hombre muy discreto, pero elegante – por un momento parecía duda – ¡Demasiado viejo! Ése ya no entiende de este tipo de emociones ¿Cuántas representaciones habrá visto a lo largo de tantos y tantos años? Su postura le delata.
– ¿Qué postura? – pregunté intrigado.
– ¿No lo ve? Se encuentra tan recostado sobre la pared, que casi parece que la sujeta, por temor a que ésta se venga abajo.
– ¿No será que se encuentra cansado?
– Puede – afirmó – pero su mirada indiferente; su cruce de brazos, con la palma de su mano sujetando cual pilar su barbilla. Es muy mal ejemplo. A estas alturas de su vida lo único que ven sus ojos es la ocupación del aforo – Aunque dudaba del escrutinio del psicólogo, no debió hallarse muy desencaminado; segundos después, aquel anciano de postura cansada, acabó dándose la vuelta y desapareciendo por los vomitorios – En efecto no es válido ¿No le interesa su compañía de la izquierda? – Nuevamente llegué a sentirme ruborizado; del mismo modo, aquel caballero al cual habían acusado – Muchas gracias, si es tan amable – A lo cual, aquel señor vestido de ocasión con un distinguido esmoquin, sólo respondió con un improvisado carraspeo, más un insultante y burdo interés por lo ocurría en aquellos instantes en el escenario.
– Por todos los demonios ¿No podría ser un poco más discreto? – reproché al doctor.
– No me gustan las intromisiones; ni dentro, ni fuera del despacho. Claro que ahora me preguntará por qué tanto amo abrir ventanas ajenas, cuando pretendo mantener las mías tintadas y selladas.
– Suena egoísta si no le ofende – juzgué.
– Dejémoslo tan sólo en una mezcla entre profesionalidad y capricho ¿Quién desearía estudiar psicología si no se interesa en absoluto por la psiquis de otras personas? ¿Y qué clase de profesional sería, haciendo públicas las vidas de aquellos cuya llave personal me han confiado? – Aquellas palabras condujeron a un extraño periodo de reflexión y meditación, el cual, no tardó demasiado en expirar – ¿Por dónde íbamos? ¡Ah! Sí… la muchacha de rojo – Continuó con su particular chanza.
– ¿Qué dice? – Exclamé aún más ruborizado.
– No es necesario que lo pretenda ocultar – respondió con una incontestable ofensiva – Se atraen mutuamente ¡Y es más! Ambos lo sabéis.
– No sé de qué ni de quién me está hablando.
– El qué no es necesario que lo confirme; el quién… creo que no es necesario divagar mucho acerca de ello ¿No cree? – Sus cejas arqueadas, por un instante, parecieron tan elevadas como un singular arco del triunfo, el cual, jamás se iba a derribar – Es una pena, no obstante, que ella le aplauda tanto. Apuesto a que alguien más crítico podría aportarle más.
– ¿Podemos hablar de otra persona? – advertí en un tono muy serio.
– Como desees – asintió, cual conquistador de máscara compasiva – Ya que no gusta de mis puntualizaciones, podemos hablar de generalidades ¡Desde luego tenemos un resultado muy discutido!
– Por un lado, no es que vete su indagación sobre personas concretas; tan sólo le pido mayor discreción. Y por el otro…
– De acuerdo ¿Quién es su elegido? ¿Comenzamos por la alta alcurnia? Así es como ellos desearían – finalizó, elevando su ceja, cual célebre humorista.
– Le estaba diciendo que, por el otro lado ¿a qué se refiere, cuando dice que el resultado se encuentra muy discutido? Pero, ya que imagino que nuevamente volverá a ofrecerme esquivas verbales, dígame qué piensa del conde de Beaumont – le expliqué – Nunca se ha perdido una función, o incluso ha mediado en algunas negociaciones para que se estrenaran varias de éstas.
– Veo que desea oír lo que sus oídos ansían. Es normal, pues en parte eso es lo que querríamos todos ¡No me mire así! En esta ocasión no seré esquivo, mas si deseas encontrar la respuesta correcta, debemos dar un pequeño rodeo si esto no le molesta – Respondió el psicólogo, mostrando ciertos tintes de soberbia – Tal y como predicen mis ojos… vamos a ver… usted y yo coincidimos en lo que acaba de decir: su hombre del “bello monte” es el perfecto mediador ¿O quizás sería más sabio llamarlo intermediario? Si en vez de mortal fuese una construcción, nunca pondría en duda su gran utilidad como acueducto.
– ¿Qué dice? – pregunté perplejo.
– ¿Sería la palabra “artilugio” o “articulación” la más adecuada? – Continuó elucubrando – Es obvio, con esos ojos tan abiertos, cual pobre hipnotizado; cual inocente embrujado. Con ese rostro inclinado hacia la derecha y su mano sujetando la mejilla, cual pilar que sostiene una inmensa catedral. Todo es sinónimo de que verdaderamente el conde se halla mitad horrorizado, mitad desesperado.
– ¿Acaso es eso un rodeo? – pronuncié cual triste suspiro, tras semejante impacto.
– Para nada; el rodeo comienza ahora – subrayó – Pues como dijimos, su hombre es el perfecto mediador; la perfecta marioneta; el perfecto caballero; el perfecto...
– ¿El perfecto qué? – inquirí, tras impacientarme con su silencio.
– Si las miradas fuesen disparos, tan sólo bastaría una persona para que usted yaciera en este mismo asiento completamente desangrado – Con súbito horror, el rodeo que su compañero tanto describía, estaba cobrando gran sentido. Tras la enorme curva que describía la barriga del conde, un pomposo traje parecía embalar un ilustre pero muy demacrado cadáver. Con gran esfuerzo, los ojos de la condesa parecían hacer todo lo posible con tal de atravesar sus escarpados párpados; con tal de alcanzarme con su sutil, pero desmesurada lascivia – No todas las admiradoras son como deseamos ¿verdad? – añadió el doctor, disfrutando cual chiquillo con su particular juego – ¡Cuán afortunado eres! Por suerte la admiración no implica contacto; ni sus ocultas fantasías una realidad.
– Cara y cruz – sentencié.
– ¿Qué artista no desearía correr semejante suerte? Su hombre es el perfecto mecenas; títere y pelele, pero a su beneficio al fin y al cabo.
– Comienzo a detestar tu sabiduría.
– Y yo a amar tu sinceridad – respondió, mostrando un verdadero gesto de aprobación – ¿Seguimos?
– Miedo me das.
Uno a uno; de grupo en grupo algunas veces, aquel aparente maestro de la mente y del lenguaje más oculto, fue describiendo con mayor o menor detalle, todo cuanto mi conocimiento reclamaba ¿Quizás quiso mostrarme lo que él quería? Seguramente.
Con el avance de las agujas del tiempo, finalmente estas nos posicionaron en el final de la función. No sólo la que el escenario ofrecía, sino la que el público representaba. Antes y después; durante y tras el cierre del telón… aquellos entes, casi intervenidos por una mano divina, actuaron tal cual el doctor había descrito ¿Existe un guión? ¿O resultamos ser libros ignorados, que ingenuamente creemos poseer un código secreto e incomprendido? – Cara y cruz – pensé nuevamente.


Daniel Villanueva
24/10/12

martes, 14 de agosto de 2012

The Second Exploration. Capítulo III. Le maître


Faltaban cinco minutos para el estreno de la obra. Engalanado, como todas las noches cuando el protocolo lo exigía, no cesaba de dar vueltas y vueltas por los pasillos del palco de honor ¡Cuán incómodo resultaba atender a cuantos uno no quería! Más aún ante aquellas inesperadas circunstancias referidas a mi memoria. Por suerte, sólo era mi nombre el olvidado, y no los pertenecientes a aquellos peces gordos, nadando allá donde deseaban en aquel singular acuario. Su alta pomposidad y elegancia diferían con su proximidad a la geriatría y el pestilente hedor de sus almas ¡Cuán desagradables resultaban! Al menos, si tan siquiera uno se dignara a pronunciar mi nombre…
– Maître – me avisó un acomodador – El público ya se encuentra acomodado en sus asientos y ansiosos por el inicio de la obra – Qué decepción al no haberme nombrado como debía ¿Por qué demonios París decidió adoptarme con dicho nombre?
– No todos han llegado aún – protesté, acercándome a sus oídos – Por ahí desfila el último mequetrefe, pretendiendo acceder gratis a cambio de mi propia salvación – Sonriente y altanero, el psicólogo que estudiaba mi caso hizo acto de presencia en el teatro – Termine de acomodar a los “pellejos” de oro; de ese caballero que desciende me encargo yo.
– Así sea – obedeció el empleado.
Altivo y sonriente, el doctor iba aproximándose a través de las desgastadas escaleras, testigos de un antaño tiempo dorado. Los días del gran Montmartre, parecían inequívocamente llegar a su fin, a favor de Montparnasse; o quizás a favor de nadie. Fuera como fuere, todos aquellos nutridos templos de la cultura y del espectáculo iban palideciendo y convirtiéndose en reliquias ancestrales, que iban poco a poco falleciendo.
– ¿Has visto el cartel? – me dijo – ¡Mon dieu! Es posible que no tengas nombre, mas qué dichoso al recibir semejante apodo.
– ¿Se trata de sorna o sorpresa? – comenté indignado.
– Sor… ¡Madre mía! Menuda decoración y exquisitez la del teatro.
– ¿Lo dice por sus rancias paredes? ¿Por la cortina ajada?
– No se trata del mobiliario, sino del nobiliario. Sin duda eres un auténtico maître; en otras condiciones jamás se habrían atrevido ellos a acercarse a un lugar así ¡Mire cuántos bigotes están dispuestos a filtrar innumerables miríadas de polvo y ácaros ¡C’est fantastique!
– ¿No podría moderar un poco su tono de voz? Más de uno puede estar escuchando – le increpé.
– ¿Desde cuándo los nobles escuchan? ¡Cuántas tonterías dices! – exclamó – Ellos han venido a ver al gran Maître; no al teatro. Pro y contra de ser grande: les guste o no la obra, si usted es la moda, será aclamado.
– No estoy tan seguro de ello. No hay mayor rumor en los pasillos que el famoso “parece que ha perdido la inspiración”; o “escribía mucho mejor antes”.
– Eso es lo que piensan, no lo que dicen – espetó – Puede que se atrevan a comentarlo tímidamente en los vomitorios, mas ¿alguna vez se lo han dicho frente a frente? – No pude evitar asentir con el rostro. Sin duda tenía razón – Amigo mío: mientras la prensa siga elogiando y enunciando tus teatrillos – cuánto detestaba esos dardos punzantes – no habrá nada que temer. Tenga en cuenta, que lo primordial para ellos es la imagen; su honor; su pomposidad; su estatus ¿Acaso cree que se atreverían a pronunciar tan sólo una palabra despectiva, arriesgando a encontrarse con miradas de repugnancia o despectivas?
– Muchas gracias por su tesis, doctor – le agradecí desalentado.
– Usted es más listo de lo que cree ¿No es así Maître? – Sin más el psicólogo se había dado la media vuelta, retirándose para sentarse en su reservada butaca.
Aunque pretendía sentarme junto a mi invitado, antes de aquello decidí marchar a los camerinos. Debía comprobar, como siempre, que todo se hallaba en riguroso orden. Tras el rojizo telón, alguno de las actrices y actores danzaban y espiaban al público, con e fin de apaciguar sus incontenibles nervios – Mucha suerte a todos – les dije – Que comience la función. – Todos asintieron y pronunciaron un firme “sí, maestro”. Sin mediar palabra alguna más, di la media vuelta, retomando el camino hacia mi asiento. No obstante, la mala fortuna, o simplemente un contratiempo sin importancia, hicieron que accidentalmente chocara con una joven. Su mirada se hallaba perdida; tal vez fuera aquella la razón del incidente, a la par siempre de mi posible torpeza – Cuánto lo siento – me disculpé.

– No se preocupe – respondió cabizbaja y avergonzada – le prometo que no volverá a pasar – finalizó, desapareciendo rápidamente entre las sombras de un pasillo. Sin saber por qué, cierta daga emocional había venido a impactar en mi corazón. Aquella mujer verdaderamente sufría ¿Cuál sería la razón? ¿Acaso nuestro choque había sido tan violento? Apenas había sentido nada. No estaba muy seguro; demasiado pesar para un acontecimiento tan fortuito. Sin embargo, su amarga y llorosa expresión pronto fue eclipsada por otra figura, tan pronto como se puede consumir la llama de una cerilla.
Se trataba de otra figura femenina; la primera con nombre: Maeve ¡Toda una Venus contemporánea! Sus largos cabellos negros y ondulados se deslizaban cual cascada por su hombro izquierdo y por su espalda. Sus labios, cuidadosamente pintados de rojo, al igual que su vestido, contrastaban mucho más con su tez pálida ¡Maeve…! Tras vernos, no pude evitar saludarla cortésmente desde la distancia. No se hizo esperar su verde y pícara mirada, más su irresistible sonrisa ¡Maeve! ¡Por qué desapareces! Sin duda, aquel gesto no era más que el preludio del inicio de la obra.

Instantes después el doctor había vuelto a ser mi compañía. El teatro prácticamente se hallaba apagado; el público, aguardaba paciente y silencioso el despliegue de cortinas.


Daniel Villanueva
26/06/12

jueves, 26 de julio de 2012

The Second Exploration. Capítulo II. El "yo" etéreo.

- Así que no recuerda su nombre – subrayó el psicólogo con el que había concertado una cita.
- ¿Qué diablos hico conmigo el día de la hipnosis? – No había sido la única vez que había usado sus servicios; de hecho, la última había sido muy reciente – Es de locos que no sea capaz de recordar mi propio nombre.
- ¿Para qué demonios necesita saber cómo se llama? – preguntó, inconcebiblemente divertido - ¿Acaso no sabe quién y cómo es usted?
- ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Le parece razonable? – respondí vociferando.
- Llamen como nos llamen, el ser se halla en otra parte. En este caso, su ubicación es la correcta – argumentó, fuera de toda lógica ante mis oídos.
- No logro entenderle – dije, algo más calmado.
- Está bien – pretendió zanjar el doctor – siéntese ahí y relájese – me indicó, señalando el diván donde me tumbé la última vez.
- ¿Va a hipnotizarme nuevamente? ¿Recuperaré así mi nombre? – inquirí impacientemente.
- Créame que más importante resulta salvar almas, que otra cosa. En todo caso tranquilícese. No es el ser el que se ha olvidado, sino la simple cubierta que envuelve todas las definiciones – aclaró – De hecho, creo que esta vez no serán necesarias las artes del mesmerismo; sólo bastará hacerle unas cuantas preguntas.
- ¿Y bien? – dije impaciente.
- ¿Qué hizo desde el descubrimiento de su amnesia hasta el momento en que decidió llamarme? – Guardando unos segundos de reflexión, presto me decidí a comenzar aquella narración…

“Como le dije, tras abandonar la cafetería no cesé de correr. Aunque parezca mentira, casi podría afirmar, que más que apresurarme para encontrar las respuestas que mi mente necesitaba, huía, a causa de la vergüenza que suponía semejante olvido.
Se había instalado plenamente el mediodía en los relojes de los campanarios parisinos. El amarillento paisaje matutino había virado a un tono mucho más difuso y claro, cual niebla que pretende no serlo. Del mismo modo que los rostros de los viandantes cobraban lucidez, las calles se multiplicaban de grietas y sombras en sus fachadas, al igual que en los árboles. Con aquel típico escenario, más propio de una ensoñación que de la realidad misma, corría, al igual que en aquellas pesadillas infantiles en la que ese mismo gesto parecía insuficiente. Por mucho que me esforzaba, jamás parecía llegar el momento en que encontrara el portal de mi casa.”
- Mas sin embargo llegó – me animó el doctor, apretando con cierta fuerza mis muñecas con sus manos. Guardé unos segundos de silencio.
“Todo parecía encontrarse tal y como había dejado la casa. El claro resplandor, procedente de las ventanas, acentuaba el desorden en el que la vivienda se encontraba. No era aquella la residencia de matrimonio, situada muy allá en el este. Aquel diminuto estudio no era más que una vivienda de trabajo, donde prácticamente desempeñaba la vida de un soltero anciano.

Libros y papeles se acumulaban allá y acullá; por doquier, donde la vista pudiese alcanzar, pudiéndose encontrar descuidados vasos de café, resecos o inacabados. También era muy apreciable en muebles y mesas una fina capa de polvo; a saber cuándo había sido la última vez que había realizado la limpieza de la casa, o tan siquiera la había ordenado. Con semejante desorden exterior y mental ¿dónde podría comenzar a buscar? ¿Dónde podría encontrar algún manuscrito titulado con mi nombre? Aquel fue el comienzo de una pesquisa desesperada…
Si bien eran frecuentes las visitas del cartero, sorprendentemente aquel día, no era capaz de hallar ninguna; tan siquiera un miserable sobre con remite ¿Dónde los guardaba? Mejor dicho ¿Acaso los guardaba? Semejante arrebato de desesperación cooperó para no entender ningún tipo de remordimiento, al arrojar el cubo de la basura en el centro del salón; ya recogería a posteriori todos los desperdicios, una vez se calmaran los ánimos. Sin duda, la fortuna no se hallaba a mi lado: los dos únicos sobres que había encontrado en ella, aparecieron rotos y manchados, hasta tal punto, que fue imposible leer tanto el remite como el destinatario.
Segundos después creí escuchar por las escaleras del edificio las pisadas de algún vecino. Sin meditación alguna, salí despavorido por la puerta, para encontrarme a dicho sujeto, allá en la planta que estuviera. Tras percatarme que, quien fuera, estaba a punto de abandonar el bloque, comencé a correr y a gritar con el fin de que ese alguien se detuviese. Tras situarme frente a frente con aquella persona, bien pude advertir en su rostro un claro gesto de miedo y sorpresa.

- ¿Qué diablos sucede? – me preguntó aquella señora de mediana edad, atemorizada. Tras reconocerme, su miedo no tardó en virar a odio, con ciertas connotaciones de ira - ¿Son estas maneras de comportarse?
- Perdóneme, pero estas circunstancias son extraordinarias – me disculpé.
- Dígame qué ocurre y luego déjeme en paz; no estoy hoy para disgustos.
- Necesito saber mi nombre – grité angustiado – Sus ojos y su boca se abrieron como platos, mas no obstante no dijeron una sola palabra. Tres pasos hacia atrás hicieron percatarme que jamás se produciría una respuesta. – Señora, no es ninguna broma.
- ¡Déjeme marchar! No me siga. Vaya donde tenga que ir, pero no siga preguntándome.
- Por favor – supliqué.
- No existen favores – gritó muy enfadada - ¡Artistas en el bloque! A saber cuánto opio ha consumido para nublar así su mente – Finalizó, abandonando el edificio y tomando rumbo a algún punto de París.
Segundos después, tras darme media vuelta, pude observar una puerta estando a punto de cerrarse. Cuánta fama tenía aquel de espía del barrio.

- Por favor; no cierre ¿Puede ayudarme?
- Deje de molestar o llamaré a la gendarmería – me advirtió, desde el otro lado de la madera.
- No es necesario que abra; tan sólo necesito el don de su palabra.
- Si es cierto lo que dice ¿no cree usted que necesita más la ayuda de un médico que la mía propia?
- Tal vez tenga razón, pero desconoce mi angustia ¿Tan incómodo resulta pronunciar mi nombre? – Grité. Unos segundos de silencio vaticinaban una incómoda y apresurada reflexión.
- ¿No se da cuenta de quién es? Usted es usted – contestó, elevando aquella última palabra, como si pretendiera otorgarle a su significado mayor categoría.
- Ya sé que soy yo – respondí – Pero ¿quién soy?
- Usted – la evidencia y la cortesía no cesaban de atormentarme ¿Tan difícil resultaba desvelar tan simple respuesta? Al borde del precipicio de la ansiedad, un nuevo sonido, quiso aliviar, de momento, mi embotada cabeza ¿No era aquel sonido, allá, procedente de la puerta del bloque, el famoso amuleto del cartero? Con qué dulzura parecían penetrar en mis oídos las suaves y tímidas ondas acústicas de aquel diminuto cascabel.
- Muchas gracias por la ayuda – dije, despidiéndome del vecino. Conteniendo la respiración y cerrando los ojos, traté de hallar una simulada calma, con tal de no espantar al cartero y desenlazar la tragedia – Buenas tardes – le saludé, aunque quizás, con excesivos gestos de cortesía.
- Saludos, monsieur – respondió, con un acento muy sureño.
- ¿Ha llegado algo hoy para mí? – pregunté, con el corazón en un puño, mas aguardando las apariencias.
- Es posible. Deje que busque un momento en la bolsa – explicó, mientras comenzaba a hurgar en el zurrón donde portaba todas las cartas del bloque – Aquí tiene unas cartas para usted – Apenas extendió su brazo, no pude reprimirme para arrancarle aquellos sobres de su mano, cual águila extirpa a su presa del suelo – Que tenga un buen día – se despidió, ignorando por completo aquel gesto tan grosero y agresivo que acababa de cometer. Más agresivo resultó ser mi rostro, tras leer el destinatario de los sobres. Mientras, felizmente, esperaba encontrar mis apellidos y mi nombre, sólo pude hallar con total estupor, las claras palabras de “carta para usted.”
- De modo que no ha conseguido su propósito de ninguna de las maneras – determinó mi psicólogo. Pese a la seriedad del asunto y su aparente férrea profesionalidad, su lado humano no pudo contener la aparición de una leve sonrisa en sus labios.
- Créame que esto es de locos – añadí, tras observar su precia microexpresión.
- Déjeme esa etiqueta a determinar por mi juicio – me increpó – Aún si decidiera que su mal es locura, habría que determinar si ésta es sana o peligrosa.
- ¿Y qué más da eso? – grité indignado.
- ¡Importa mucho! – zanjó imperativamente – Ahora… si me permite, déjeme que le explique qué vamos a hacer.
- Con mucho gusto – imploré. No dudé en centrar mis cinco sentidos en sus palabras. Pese a no recordar mi nombre, bien sabía que el valor de mi identidad podría ser incalculable. Fuera cual fuera el precio para encarnar al “yo” etéreo, sin duda alguna, lo iba a pagar.

 
Daniel Villanueva
27/05/12

jueves, 24 de mayo de 2012

The Second Exploration. Capítulo I. El "yo" de cristal.

Desperté, como una mañana más, sobresaltado frente a aquel terrible sueño. Jadeante y con cierto sudor en la frente, poco a poco trataba de evadirme de aquellos turbios pensamientos, producidos en mi inicuo subconsciente – Maldita sea – murmuré - ¿terminará esto algún día? – Cansado, tras la onírica batalla, presto liberé mi cuerpo de las garras de la cálida cama, levantándome y dirigiendo la vista hacia la ventana.

Un día más, una extraña bruma envolvía las grises calles de París, tornando la atmósfera de cierto color amarillento, pese a la ausencia del astro. Cuánto amaba madrugar, y así ver despertar la propia ciudad de las luces; sin embargo, esta vez había sido ella quien me había vislumbrado a mí – Las once de la mañana – suspiré - ¡Cuánto tiempo malgastado! – traté de increparme. Aunque quedaba tiempo para la cita a la que debía asistir, de un modo u otro, tenía la impalatable sensación de que podría haber muchas cosas, antes de aquel momento. Sin embargo, la enorme baraja vital sólo se reducía a un simple desayuno, una sabia elección de armario y una sentida marcha. A pesar de todo, el descanso por fin vino a llamarme a la puerta, tras una semana de duro trabajo – Lástima que también tenga que ser laboral este Sábado – exclamé, mientras ajustaba correctamente el lazo que decoraba mi camisa.

Situado frente al espejo, el tiempo casi pareció detenerse; o más bien pudo ser todo lo contrario. Como aquel que hace mucho que no ve a un viejo amigo y al fin coinciden, pronto mis ojos descubrieron a aquel que me observaba a través del espejo - ¡Cuánto has envejecido! – le dije, casi faltándole el respeto; él sin embargo sólo se detuvo a observarme, respondiendo cruelmente con su frío silencio. Muy a nuestro pesar, las arenas del tiempo habían logrado desgastar tan antaño lustrosos rostros y cuerpos. Aquellos que habían acumulado en sus ojeras grandiosas batallas. La tez, antaño lisa, ahora se antojaba plegada, cual folio rechazado por el artista – Mira lo que has sido y lo que eres – pensamos.
Tras cinco minutos de eterno varamiento, ambos parecimos darnos cuenta de cuán efímero resultaba ser el tiempo. Y lo más importante: cuán poco tiempo faltaba para la inminente cita. Tomando a mi siempre fiel chaqueta de negocios, presto partí a pié, rumbo al destino, donde me encontraría con ese alguien, quien al parecer, pretendía ofrecerme una oferta ¿Qué traería entre manos? ¿Será convincente? Tras unos meses de contratos poco alentadores, me moría de deseos por conseguir un acuerdo con un teatro importante. Y es que, hasta aquellos días, todo había parecido marchar bien en el mundo del espectáculo, como autor de obras y director de teatro.
Con una compañía bien entrenada, lo único que un veterano artista podía esperar, eran elogios y aplausos. Aún así, todo aquel gran esplendor se había venido abajo en un abrir y cerrar de ojos. Los años veinte habían sido los tiempos de la lujuria y del despilfarro; tanto, que los bolsillos del pueblo pronto dejaron de sentirse pesados. Suerte había tenido de vivir aquella época siendo anciano; o así me veía en el espejo. Mientras unos gastaban treinta, yo al menos gastaba quince, aunque lo ideal habría sido sólo consumir cinco. Esa era la suma que más se escuchaba por las calles y pasillos; las mismas que antaño relucieron brillantes y exuberantes; aquellas que ahora se habían transformado en un gris incomprendido.
Detuve mis pies en “La maison du Café”, lugar donde faltaban dos minutos para el momento del encuentro. Sin embargo, a juzgar por el caballero que me estaba saludando a través del escaparate, parecía que el supuesto empresario se había adelantado al momento – Muy impropio de ellos – murmuré.
Justo al entrar en la cafetería pude advertir con mayor claridad sus rasgos y su vestimenta: pese a su avanzada edad, no parecía poseer una vejez muy común a la de cualquiera ¿Cómo es posible explicar semejante circunstancia? Ni idea. Lo cierto era que aquel señor parecía portar consigo todo un elenco de contradicciones, tanto a la hora de actuar y de moverse, como por sus atuendos.

- Muy buenos días – me dijo, dándome la mano mientras se levantaba levemente de su asiento, en señal de cortesía.
- Buenas tardes, mejor dicho – bromeé con él, mientras terminaba de ofrecerle mi mano y ambos tomábamos asiento.
- ¿Acaso el día ha dejado de serlo? – contestó, sin saber precisar si se había sentido incómodo por mi respuesta, o en cambio, me había pagado en divisa de humor mi primera frase.
- Disculpe mi malgastado humor – alegué, tratando de aliviar posibles asperezas.
- No se preocupe – respondió sonriente – creo que ambos nos hemos entendido.
- Lo sé, pero nunca se sabe…
- Y aparte soy su futuro contratista ¿verdad? – fuera humor o no, aquella interrupción me había puesto los pelos de punta ¿Por qué se me habría ocurrido desencadenar tan peligrosa ruleta rusa? – Tranquilo, no muestre esa cara; no hay razones para inquietarse.
- Gracias – suspiré – hablando de rostro ¿Nos hemos conocido antes? – pregunté muy interesado.
- ¿Qué le hace pensar eso? – respondió, aparentemente más divertido que interesado.
- No sabría decirlo – espeté – Lo cierto es que todo indica que no nos conocemos de nada, mas juraría que… hace mucho tiempo, y quizás por eso no llego a acordarme – proseguía conjeturando, mientras él me observaba sonriente, mas con atención – es posible que usted y yo coincidiéramos y entabláramos una conversación.
- Todo es posible, menos que llegáramos a conocernos ¿No cree que si hubiera sido así esta conversación nunca habría sucedido? - ¿Por qué tenía la sensación de que cada vez que se prolongaba la conversación, me sentía más y más ridículo? Lo que no cabía duda alguna es que aquella aparente reunión de negocios estaba resultando completamente inusual – Es más – añadió el contratista - ¿Acaso sabe quién es usted? – Menuda obviedad… o eso pensaba en un primer momento. No obstante, aquella pregunta vino a impactar en mi pecho, cual dardo envenenado.
- ¿Desean algo los señores? – preguntó el camarero, cual anestesia para mi mente.
- Creo que vana a ser dos cafés, si no me equivoco – dijo mi acompañante, mientras yo asentía.
- Que sea manchado – añadí, mientras el camarero anotaba las debidas correcciones y se alejaba, presto a la barra del bar – Desde luego es usted alguien muy singular – le dije al empresario – Tanto, que llevamos dos minutos hablando sin apenas haber realizado las pertinentes presentaciones y sin haber entrado en materia.
- Sin embargo eso le divierte – me respondió, con una cordial sonrisa – Sin duda alguna los mejores negocios no son los más remunerados, sino aquellos en los que más empalizamos. Y diablos ¿No es por eso que usted se introdujo en el mundo del teatro?
- Así es – afirmé, mientras ambos reíamos y el camarero se aproximaba con una bandeja y los dos cafés – Lo cierto es que… - paré, para poder tomar mi primer trago de café – es divertido, pero a la intrigante – proseguí, mientras él asentía y a la vez bebía - ¿Qué es lo que trae entre manos?
- ¿Qué es lo que usted espera de mí? – preguntó, dejándome absolutamente perplejo.
- Es usted todo un mar de preguntas: me resultó familiar su rostro, pero no me facilitó el recuerdo; preguntó incluso mi nombre, mas ni siquiera ha mostrado interés en ello; me cita para un negocio ¿pero cual? – le expuse.
- Somos teatro – respondió – De eso no hay duda – “Usted está loco”, pensé – Mas ¿cómo conocernos si n sabe quién soy? ¿Cómo exponer un negocio, si antes no nos hemos presentado? ¿Cómo vamos a presentarnos, si usted no me ha dicho su nombre?
- ¿Acaso no me ha citado? – exclamé, justo antes de empezar a palidecer y adentrarme en un mundo de angustia y terror - ¡Dios mío! - exhalé, sin reparo alguno ante su presencia. Su mirada, la del camarero en la barra; la de todos los presentes en la cafetería; los muebles y las sillas… todos, parecían clavar sus ojos en mi empequeñecida presencia – Lo siento muchísimo – dije, con la voz temblorosa – Creo que tengo que marcharme.
- Disculpas aceptadas – contestó, con una extraña sonrisa inicua y a la vez piadosa. Sin mediar más palabras, rápidamente me dirigí hacia la barra del bar, donde deposité el dinero que cubría ambos cafés – Quédese con el cambio – le indiqué al camarero – Por cierto: creo que debe revisar el reloj – refiriéndome a uno viejo de pared, con la madera muy gastada – Lo he estado observando todo este tiempo y se halla estropeado – Pese a no encontrarse el camarero de acuerdo, no dejé lugar ni tiempo para mantener aquella conversación. Máxime, cuando el mundo se me había venido abajo, tras advertir un enorme problema: sin saber cómo, la pregunta más sencilla jamás formulada se había transformado en una ecuación compleja ¿Cuál era mi nombre? ¿Por qué no recordaba tan familiares letras?


Daniel Villanueva
07/03/12