lunes, 9 de marzo de 2015

230 Retro y la glora de IF


Ser músico y amar sus letras en inglés ofrece muchísimas ventajas. También inconvenientes…

Tras partir de Sevilla rumbo a lo desconocido, atrás quedaban diez años de auténtica pasión por la música. Todo el fanatismo que he podido reprochar a un religioso podría haberme sido devuelto en la cara , desde el primer momento que me senté en una batería con la original formación de Absentia. Con ellos nací cual bebé, ya que nunca antes había tocado una batería; la gestación, sin embargo, había sido bastante larga: el ovocito se llamaba Dire Straits. Alcanzó sus existencia en una noche de terror paternal, cuando su pequeña criatura no cesaba de llorar. Desesperado, todo cuanto supo hacer fue cogerme en brazos y se dirigió al salón, donde colocó un vinilo de dicha banda en el reproductor, para instantes después sentarse en el sofá. Eh ahí el punto de inflexión: la repentina paz del padre, al ver a su hijo escuchar atentamente, quedándose poco a poco dormido; y el germen del mal, que me inició en la cultura del rock y el metal.

Nada recuerdo de aquello; sólo lo que me han contado. Por lo demás, toda la infancia musical transcurrió escuchando música clásica en casa de mis abuelos. Aún conservo muchas estampas en la memoria, con mi abuelo mirando tranquilo a través de la ventana, mientras yo jugaba detrás, creando mil y un historias con los juguetes, con Bach o Mozart como banda sonora.

No niego haberme aficionado a la música electrónica, cuando antaño se llamaba “bacalao”  y más adelante “progressive”, aunque nada tenía que ver con bandas como “Dream Theater”, “Procupine Tree”, “Riverside”, “Steven Wilson”, “Anathema” o cualquier otra. Sea como fuere, a los catorce años fue la llegada del espermatozoide: Stratovarius. Aquella banda sumaba todo lo que musicalmente apreciaba. El sonido vibrante y a veces irreverente de una guitarra eléctrica; la energía de un ritmo palpitante, y un profundo cariño y amor a la música clásica, que tanto me recordaba y me recuerda a mi abuelo.

Desde entonces, todo lo que hice fue atormentar a mis padres con bandas como la ya citada, “Dover”, “Rhapsody”, “Korn”, “System of a Down”, “Limp Bizkit”, “Sentenced”… cualquier hora era buena para sentir la música fluir por mis venas.

Pese a la negativa de mis padres, poco a poco fui acopiando pequeñas cantidades de dinero en estricto secreto. Con una última ayuda del cofundador de Absentia, al fin pude hacerme con el primer kit de batería. Diez años después de ese instante, los sueños se han ido construyendo y haciendo realidad uno a uno: la evolución de un set de batería; la pasión de cada ensayo; las primeras composiciones; la construcción de una segunda familia; el primer concierto; grandes actuaciones; tocar con otros músicos…

Todo aquello se hallaba a más de 4000 kilómetros de distancia; como una gran leyenda grabada en el cielo ¿Había sido ese el final de la música tal como la entiendo? Día y noche las musas conspiraban; todos sabíamos qué iba a ocurrir. Semana y media de mi llegada a Ankara ya había localizado un local de ensayo con batería de alquiler, donde poder practicar. También, por esas fechas, compré mi primera guitarra: una electroacústica fabricada en la misma tienda donde me hice con ella y pude conocer al lutier. Con esto, ya estaba preparado para volver a componer: Gnemea sería para el rock más suave e íntimo y la batería de Retro Studio para liberar toda la energía que llevaba dentro.
Si bien Gnemea merece un capítulo, el título de este claramente indica que no es el suyo. Retro se encontraba en lo que apodé la calle de los músicos. Es muy fácil ir a comprar a Turquía, ya que es frecuente encontrar un determinado producto o servicio en un lugar específico. No me refiero a un supermercado, pero sí a la avenida de las academias de idiomas; los pasajes de las copisterías o de las joyerías; los bazares de especias… y en este caso, la calle de las tiendas música. En apenas una manzana se ubicaba todo un distrito de tiendas de instrumentos, estudios de grabación y locales de ensayo. Fue en la misma calle donde compré la guitarra, las baquetas que necesité y donde un día me adentré en el sótano bien cuidado de Retro Studio. Bajo aquel edificio se hallaba un mundo subdividido en diferentes locales, dos de ellos muy lujosos y preparados incluso para grabar en estudio, con dos grandes mesas de mezcla. Su look era muy futurista, con unos colores y decoración agradables para estar cómodos en ellos. Fue un factor importante de cara a todo lo que aconteció allí, que estos estuvieran acristalados y que la gente de fuera pudiese ver a los músicos tocar dentro.
Hacía dos semanas de la última vez que había tocado la batería, siendo en el pub O’Neals, después de haber ofrecido un concierto de despedida con grandes músicos y amigos. Aquella noche no la olvidaré jamás, al igual que la primera edición del Save the Metal. Ahora, en Ankara, me limité a empuñar las baquetas y a tocar todos los temas que sonaron aquellas dos noches (03/03/15). Al cumplirse la hora de ensayo, me dirigí a uno de los responsables del estudio - ¿Puedo dejar un cartel indicando que busco músicos? – Así hice.

Además de esa nota colocada en el tablón destinado a dichos propósitos, cada vez que iba a practicar también colocaba otra en la puerta de la sala, donde invitaba a cualquiera que entrase con su instrumento para hacer una jam session. Algunas veces no entraba nadie y en otras había valientes. Pasaría un mes, cuando al fin llegó el momento esperado: una chica y tres chicos abrieron la puerta mientras practicaba con la batería. Fue ella quien habló en un perfecto inglés ¿eres tú quien está buscando una banda? Te hemos escuchado fuera y si quieres, estás invitado a hacer una audición con nosotros. Intercambiamos correo y teléfono, y dos o tres días después tenía una prueba con todo un repertorio de un estilo completamente alejado de mi mundo. He de reconocer que al principio me tembló el pulso cuando me dijeron que iba a versionar temas de Rihanna, Kylie Minogue o Britney Spears; quiero decir, temas de sus compositores. Para un fan del rock y el metal aquello suponía prácticamente la autodestrucción. No obstante, la propuesta era convertir esos temas al rock, y eso ya parecía algo más interesante. Sería además la oportunidad de acercarme y aprender otros ritmos que nunca había intentado, más la posibilidad de poder mezclarlos con los que frecuentemente practicaba. En suma, lo que a priori parecía una degradación musical, resultó ser una experiencia muy divertida y enriquecedora ; un gran ejercicio de aprendizaje y de apertura de mente; creatividad y diversidad.
Contra todo pronóstico comencé a valorar canciones que antes me irritaban. El máximo exponente de esto era “Lady Marmelade”, la cual se convirtió en una de mis favoritas del repertorio. Dicho “cover”, con bajo, guitarra y una adaptación batería, tornó dicho tema en un ejemplo de rock progresivo, con sus constantes cambios de melodías y de “grooves”. Otras veces combinaba ritmos electrónicos con potentes estribillos, propios del “power metal”. Era el caso de “In your eyes” de Kylie Minogue.

La convivencia con la 230 Band era perfecta. Si hubo un pero, es que me habría gustado que los músicos hubieran sabido un poco más de inglés; claro que ellos también habría esperado de mí que hubiera aprendido turco más rápido. Pero ¿qué importaba el inglés, turco o el español, cuando al ensayar hablábamos el idioma de la música? Si bien un 3 de Febrero de 2014, viajaba a Ankara preguntándome si sería capaz de encontrar una banda y ofrecer un concierto en Turquía, el 4 de Mayo al fin llegó ese día. Con apenas mes y medio de formación, estaba a punto de subirme a un escenario turco. La noche que se grabaría con fuego en los recuerdos, allá en la IF Performance Hall. En cierto modo, como músico amateur, aquello era lo más aproximado y real de ofrecer un directo en el extranjero: Daniel Villanueva, baterista internacional. Nada más lejos de una realidad de músico afamado y de gran renombre, pero… nunca fue ese el objetivo. Si ha habido una meta a lo largo de todos estos años, esa ha sido siempre disfrutar. Tal como hice en el primer concierto de Absentia; en la sala Sevilla Suena, o “deshonrando” la Plaza de la Virgen del Rocío en Almonte, con su consecuente intervención policial. Heavy Metal a las puertas de la Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación ¿Cómo podía ser eso posible? Cuántas risas aquel día ¿Qué decir de los directos en Barbate o en el Holandés errante? El 4 de Mayo no sólo jugaba a ser un gran músico, sino a ser un gran músico extranjero que hablaba en inglés. La compañía era muy divertida, el público disfrutaba y aquella noche… no había que desmontar la batería y llevarla al local de ensayo. Fue duro adaptarme a ella, pues el set era muy simple; nada comparado al set de la Retro Studio o a mi flamante “Helena”, a la que tanto eché de menos. Sea como fuere, aquel día había logrado una nueva meta.

Por muchas ruinas que existan en el mundo, éstas siguen siendo la prueba de que hubo una persona capaz de construir aquel sueño (05/03/15). 

Daniel Villanueva
Fotografía: 4 de Mayo de 2014. Compartiendo 
camerino con los músicos que actuaron aquella
 noche en la IF Performance Hall de Ankara.

martes, 3 de marzo de 2015

Un buen día. Historia de Seinem.


Ser músico y amar sus letras en inglés ofrece muchísimas ventajas. Componer y escribir en este idioma aún más.

Toda sombra fue disipada al ver a mi amigo de la universidad esperando en el aeropuerto de Ankara. Ser biólogo, también tiene sus ventajas; quizás más que nunca, ya que en aquel preciso terminal muy pocos hablaban la lengua británica como segundo idioma. Tanto Javier, que algo había aprendido de turco, como su amigo, nativo, fueron claves para solventar el último desastre del efecto Göreme. Sabiendo que las maletas llegarían al piso donde iba a vivir, abandonamos el aeropuerto, lo que supuso el inicio de la exploración de la ciudad. Pocos edificios de interés existen en la capital de Turquía, ya que la gloria del antaño imperio Otomano se concentraba en Estambul. A pesar de esto, muy a menudo, el mayor interés acerca de un lugar reside en sus gentes. Eh aquí una divertida descripción:

1.       Primera lección: Los turcos no saben conducir; al menos la mayoría de ellos. Sobrepasar los límites de velocidad y a la vez enviar mensajes a través de su teléfono móvil es una habilidad demasiado aprendida, por desgracia o suerte de las compañías de seguros. Pocos saben de la utilidad de un intermitente y casi ninguno, del significado real de aquellas líneas blancas llamadas en su conjunto “paso de cebra”. Cruzar la calle es un deporte de riesgo que a diario practican niños, adultos y ancianos ¿Quién dijo que hacer alpinismo es peligroso?

2.       Segunda lección: Les encanta expresar desagrado e inconformismo a terceras personas. Tienden a girar negativamente la cabeza, mientras pronuncian una irritante onomatopeya, tal que “t, t, t”. Pobre de aquel que sea señalado. No me gusta meterme en la vida de otros si es con una connotación negativa o destructiva, sin embargo, esto había que contarlo. Lanzada la piedra, toca hacer lo propio con la de nuestro tejado: puede que no hablemos en turco y que no sea nuestra costumbre hacer el gesto anteriormente señalado, pero en un gran pueblo llamado Sevilla, hablar de otro, tampoco es una excepción (éste es un claro ejemplo).

3.       Tercera lección: los turcos, por norma general, son muy acogedores y solidarios. Quizás sea éste un sello muy mediterráneo. Puede que no se lleven bien en lo político con buena parte de sus países vecinos, pero quizás esto sea más fácil de entender si los nombramos: Siria, Iraq, Irán… no son precisamente unas naciones de fácil trato en los tiempos que corren. Si miramos al norte, el ambiente tampoco es muy alentador con Ucrania y Rusia, y en el oeste, Europa no es precisamente un nido de santos.

4.       Cuarta lección: la religión predominante es la musulmana, al igual que en España es la cristiana. Ambos países tienen la suerte de que la mayoría de su población es no practicante, o sólo lo hacen en las festividades principales. No existe ninguna diferencia entre un cristiano y un musulmán; tal vez sí en la arquitectura de sus templos. Otra cuestión a discutir sería la influencia durante décadas o siglos, de incontables librepensadores, los cuales no tuvieron pudor a la hora de cuestionar ciertas costumbres, que poco a poco y  afortunadamente, fueron desapareciendo (o siguen desvaneciéndose) en Europa. En Turquía también, mas puede que marchen unos pasos por detrás en materia de libertades e igualdad de la mujer (España tampoco está a salvo de esta crítica) ¿Qué sucede con los radicales? Como en Europa, son minoría, pero muy ruidosos. Unos usan la violencia económica y otros la física. Deberás respetar siempre sus ideas y su opinión, mas nunca harán lo propio contigo ¿Existen diferencias entre radicales religiosos y políticos? Sólo algunas frases de su discurso ¿Qué tienen en común? Un profundo amor, apego o justificación del uso de la violencia, más una nula capacidad de reflexión y de diálogo coherente con el que es diferente (25/02/15).   

En resumidas cuentas, sólo la arquitectura  de los templos y la enorme distancia entre el turco y el castellano nos harán percatarnos de la enorme distancia a la que nos encontramos. Físicamente, los españoles pueden hacerse pasar por turcos, y ellos por españoles. Tal vez en España haya mayor porcentaje de rubios ¿pero a quién le importa el físico en este tipo de cuestiones? Como pueblo mediterráneo, los turcos son gente apasionada, sin pudor de hablar con un alto volumen de voz y, por supuesto,  adicta al fútbol. Y no sólo amaban la liga turca; también la española. Antes de llegar a Turquía, imaginaba que sería fácil que supiesen del Real Madrid o Barcelona; lo que llegó a sorprenderme fue llegar a ver en bares  partidos en directo de equipos como el Real Valladolid o el Espanyol y que en el colegio donde trabajaba, los alumnos se supieran la plantilla del Sevilla F.C antes de que supieran que era seguidor de este equipo.
 
Gracias a aquel largo camino pude compartir mis pasos con gente fascinante. Algunos y algunas, permanecerán en la memoria con gran amor y cariño, comenzando por Irem, a quien deseo volver a ver pronto. No puedo olvidar en ningún momento en esta lista a la espero, futura mujer de mi gran amigo Javier, Ipek. No menos indelebles se hallan parte de la plantilla del colegio, como el gran músico Ercan; Ebru, Murat, Kemal y muchos otros. También permanecerán en la memoria Erenay y Aysin, de la academia de idiomas, donde también di clases. Y como no, a la 230 Band, quienes tendrán un capítulo exclusivo para ellos. No he mencionado a los españoles allí presente por la singularidad de este capítulo, más siempre que estuve con ellos compartí momentos muy agradables. Para cerrar esta sección, me limitaré a recordar a gran parte de mis alumnos, siendo éste el prolegómeno al tema central de este capítulo.

Llegado a este instante, es el momento de hablar de la estudiante que me convirtió en alumno. Alumno de la vida, asignatura a la cual deberíamos dedicarle más tiempo todos (26/02/15).

Sería muy aburrido hacer una introducción acerca de cómo encontré el trabajo. Quizás no tanto si hablara de esos días en los que enfermé y sucedieron otras cosas; aun así, nos alejaríamos tanto del tema principal, que la historia de Seinem casi parecería una mera anécdota. Sin más preámbulos, nos encontramos ejerciendo de profesor de inglés y español en un colegio privado de la capital. Las clases de español eran las clásicas lecciones de idiomas que un alumno puede esperar. Sólo tenían el hándicap de que éstas no se impartían en turco, sino combinando español con inglés. Pese a la cercanía del idioma materno, no eran éstas mis clases preferidas. Contra todo pronóstico, el rol que ejercía en la asignatura de inglés me daba alas en el campo de la creatividad educativa. Mientras mis compañeros turcos se encargaban del “trabajo sucio”, explicando vocabulario y gramática, servidor tenía una misión especial: visitar todas las clases (desde lo que sería en España 4º de ESO, 1º y 2º de Bachiller) una vez por semana, y generar un espacio de conversación. Un lugar donde podían llevar a la práctica toda la teoría que aprendían en las clases convencionales. Existía un libro didáctico, con los clásicos tópicos para conversar, que poco o nada incitan al interés del profesor y del alumno. Este tipo de seguimiento era bastante práctico, allá donde el nivel de inglés no era bueno, pero ¿qué pasaba si en las mejores clases dejaba en la estantería aquel volumen y creaba un auténtico espacio de debate? Los alumnos ya no eran niños de 8 o 10 años; eran adolescentes entre 15 y 17, deseosos de tener el don de la palabra y el reconocimiento de un adulto. Algunos debates eran reales y otros simulados. Fueron estos últimos los que tuvieron mejores resultados.
    
Un buen día, martes o miércoles para ser exactos, era el turno de visitar “9 Fen”. Para todo aquel desconocedor del sistema educativo turco, hablábamos de un 4º de la ESO en una modalidad especial de ciencias. A priori, los cursos de quinceañeros solían ser los más difíciles a la hora de generar un verdadero debate; como era de esperar, las mejores clases para ello solían ser aquellas donde estaban a punto de conseguir la mayoría de edad. Pese a ello, aquel día iba a ser una grata y gran excepción; el momento que incluso los “esquemas contrastados” de un “adulto” dieron a pique, al enfrentarse cara a cara con el verdadero rostro de una realidad.

El ejercicio era muy sencillo y a la vez complejo: dos alumnos eran escogidos para salir a la pizarra. Ambos se colocaban en sendos extremos de ésta, quedando separados por una raya de tiza. En la mesa del profesor, abandonada, para que pudiera tener una mejor perspectiva del debate, deberían escoger un papel doblado, en cuyo interior existían dos opciones enfrentadas. Los alumnos deberían defender una de esas ideas, tratando de convencer al profesor y a los otros alumnos que su opción era mejor que la del compañero. Por ejemplo, si al abrir el papel salía la opción “fútbol vs baloncesto”, a los chicos se le planteaba la siguiente cuestión: “sois representantes a nivel nacional de la competición de liga de vuestro deporte. Estáis reunidos conmigo (profesor). Permítanme que me presente. Soy el director de una cadena de televisión y vengo a comprar los derechos televisivos de uno de los dos deportes. Debéis convencer al equipo de directivos (resto de alumnos) y a mí de que la emisión de partidos de vuestro deporte es la mejor opción para la compañía. Así, los alumnos comenzaban a defender sus ideas, sin importar que realmente estuvieran de acuerdo o no. No estaban de acuerdo sus gustos, sino unos supuestos intereses económicos, la defensa de su puesto de trabajo o simplemente su capacidad de convicción.

De regreso a “9 Fen”, dicha actividad marchaba con total normalidad. Se trataba de una clase muy numerosa, siendo además una de las aulas más diversas en cuanto al nivel académico de los propios estudiantes. Ignoro si era cuestión del sistema educativo turco, o bien una política del colegio; fuera como fuera, los alumnos no sólo estaban divididos por ciencias o letras, sino también por el expediente académico que poseían. Existían entonces las clases de los sobresalientes, los normales, y por último, la de aquellos que peleaban, o no, por un mero suficiente. De una manera u otra, aquella clase era una de las más diversas; quizás la más parecida a lo que yo recordaba de una clase española.
En “9 Fen” había dos estudiantes que destacaban por sus notas: un chico y una chica. Ella era Seinem.
Sin ser psicólogo y sin tener todos los conocimiento acerca de esta logia, una de mis extrañas aficiones es la de detenerme a observar y analizar a la gente. Sea quien sea; a veces sólo es una mera diversión, sentado en el metro y preguntándome por la vida de alguno de los extras presentes en dicho escenario. Una de mis principales conclusiones en la corta experiencia que poseo, es que cada persona es completamente diferente, pese a que muchos se guían por ciertos patrones. Son estos los dudosos métodos de clasificar a la gente. Dudosos por su tremenda injusticia, ya que escoger sólo unos pocos filtros hacen pasar por alto la mayoría de estos, y la imagen final resulta estar muy desfigurada.

En medio de aquella distorsión se encontraban mis ideas acerca de la guerra de Siria e Iraq. Todo cuanto uno puede imaginar acerca de la guerra, cuando afortunadamente nunca se ha vivido, es una especie de espectáculo pirotécnico y cinematográfico, donde existen actores protagonistas y antagonistas. Unos son los héroes y los otros son los villanos. Limitamos la visión a menudo, centrándonos sólo en los soldados y civiles que empuñan las armas  y en las espectaculares explosiones que derriban edificios, sin ser conscientes que probablemente habría vidas inocentes dentro. Disfrazamos la realidad de las víctimas; la maquillamos o incluso justificamos ¿Pensamos quizás que son minorías? ¿Pequeños daños colaterales? Casi accidentalmente, aquella mañana pude vislumbrar los otros lados de la verdad.

Seinem era una chica especial: sonriente, atenta, participativa en clase… sin embargo alrededor de su mundo parecía existir un halo de soledad. Todos sabemos qué ocurre con las personas especiales en las aulas y en otros escenarios; no se sabe si son las mayorías o las propias individualidades los que generan ese vacío; tal vez sea la suma de ambos factores. Seinem disfrutaba aprendiendo y al andar ese camino, no podía hacer otra cosa más que lucir una gran sonrisa ¿Sería ésta la razón del cisma con sus compañeros? Cierta vez me resultó muy triste verla haciendo los deberes de toda la clase, mientras el resto se divertía socializándose en el cambio de clase ¿Esperaba de este modo obtener reconocimiento? ¿Rellenar el abismo? La soledad pocas veces es deseable, incluso para aquellos que necesitan andar su propio camino.

Dejando esto atrás, al igual que su nivel académico, sus conocimientos de inglés eran muy buenos. Había reservado su turno junto con el otro mejor estudiante de inglés para el ejercicio anteriormente citado. El azar, a menudo acusado de jugar a ser destino, quiso esta vez hablar de petróleo y energías renovables como solución energética para un país. Tuvo tanto éxito aquella defensa, que apenas un instante, aquel debate ficticio se convirtió en uno real. Pocas veces aquella clase fue tan participativa. Dicen que los locos y los niños siempre dicen la verdad. Un adolescente de quince años puede empezar a ocultar muchas cosas, mas aún son capaces de mostrar enormes impulsos de sinceridad. Justo en el momento que alguien relacionó el petróleo con el interés económico surgió el concepto de la guerra. Conocían muy bien un gran ejemplo: Iraq. Nuestra capacidad de filtración nos llevaba de nuevo a la superficie; a todos menos a ella.

Seinem había visto lo que muchos no; ella era iraquí. Tendría sólo cinco años cuando aquella inocente niña caminaba por calles repletas de cadáveres en Baghdad. Ese fue su testimonio; fugaz y certero.

Mientras muchos en España y otros rincones del mundo se manifestaban en contra la invasión a Iraq, otros se frotaban las manos, sin importarles el precio que pagarían miles o millones de inocentes. Desde la tele se ven fuegos artificiales; en el mismo lugar, el terrible adiós de aquellos que se marcharon, y las cicatrices de los aún presentes. Sin embargo, hubo algo que afortunadamente no se incluyó en el precio de un flamante yate y una lujosa limusina. La inocencia y la sonrisa de aquella chica. Ojalá otros terceros nunca roben alguna de ellas…


Por cada constructor de sueños, existen diez deseando derribar lo creado con amor y esfuerzo (02/03/15).   

Daniel Villanueva
Fotografía: se define como "navaja de
 Ockham" o "principio de parsimonia",
aquel fenómeno cuyas teorías, en igualdad
 de condiciones, es la más más sencilla la
que suele ser más correcta. Sencillez no es 
igual a falta de argumento. En su sencillez
debe estar implícita la capacidad de una res-
puesta coherente a todas las cuestiones que
 surjan. La ficción es fácil de imaginar 
difícil de explicar; en sus lagunas reside su
extrema fragilidad frente al pensamiento.

miércoles, 25 de febrero de 2015

La maldición de Göreme. Historias que se retrasan; historias que vuelven; historias que empiezan.


Déjame que responda a esa cuestión: sorpresas; gratas e infaustas sorpresas. Aquellas que nunca nos dejarán indiferentes; que nos harán plantearnos aún más preguntas. En ese giro constante, hubo un tal Coriolis empeñado en hacer ver al mundo que para alcanzar una meta, como el viento, estaremos condenados a dar un rodeo. Así, muchas veces, cuando estamos seguros de hacer realidad lo planeado, las nubes hacen perder de vista el objetivo y hacernos pensar que estamos más lejos que nunca de él.

Ya que dicho efecto “nada” tiene que ver con el agua o el viento en respuesta al giro planetario, permítanme  ponerle nombre a semejante fenómeno: será la maldición de Göreme.
Göreme es un maravilloso pueblo situado en el corazón de la Capadocia. Se trata de uno de los principales núcleos turísticos de Turquía, por su legado histórico y su singular paisaje. Si había un lugar en este país que más deseaba visitar, ese no era más que éste. Sin embargo, cualquier supersticioso habría abandonado toda esperanza de poder viajar a la Capadocia, cuando, siempre que tenía planeado dirigirme a ella, surgían catastróficas desdichas. La primera vez, el coche en alquiler que tenía reservado, sufrió un accidente de tráfico (nada especialmente raro en Turquía) la noche anterior a la recogida y partida. Primer aviso. La segunda vez, caí gravemente enfermo a causa de una infección bacteriana, la cual, me tuvo tres días “delirando” con 40ºC de fiebre, más dos días con 38ºC, de propina. Podríamos contar terceras ocasiones los fines de semana siguientes, ya que, dicha infección no sólo había afectado a mis cavidades paranasales, sino, más gravemente a mi bolsillo. No habría manera de salir de Ankara hasta que no cobrara y me recuperara económicamente, lo que tardó aproximadamente un mes y medio a partir de aquel momento. Pasado por fin ese tiempo, tuve que jugar a engañar al destino (¿o éste me engañó a mí?) para armarme con la inseparable mochila y dirigirme rumbo a la estación de autobuses. Inicialmente me dirigía a otro lugar, mas esa “fatídica noche” no parecía haber billetes para ninguna parte. Coriolis o Göreme hacían acto de presencia de nuevo. Sin embargo, tal vez la magia o el empecinamiento de quien no cree en esas cosas, hicieron que pudiera inventar una escala milagrosa a Nemrut, cuyo regreso, no en vano, me harían pasar por la soñada Capadocia. El destino, enterado de aquello, sintió una tremenda sed de venganza: en el autobús que me llevaba a Nevşehir, última escala para Göreme, un té recién servido cayó sobre mi barriga, abrasándola. También, un par de caballos, ya en tierras de hititas, me hicieron jugar un par de malas pasadas. Sin embargo, todo esto será una futura historia.

Expuesto el efecto Coriolis o la maldición de Göreme, ahora viajamos al aeropuerto de Estambul, un 3 de Febrero de 2014. Ha anochecido, y previo a aterrizar, el avión nos había regalado unas increíbles vistas de la ciudad iluminada a los pasajeros. Tan grande es, con sus más de dieciséis millones de habitantes, que los límites de esta metrópolis se pierden de vista, a excepción de los establecidos por el Bósforo y el Mármara, generando un contraste de luz y oscuridad; asombro y temor. El pequeño aventurero viajaba muy lejos, mas la meta era bien distinta: alcanzar Turquía; encontrar trabajo; forjar una nueva vida. Sin los colchones o los pinchos de una familia; sin la música (al menos por un tiempo); sin muchos círculos, y a pesar de todo, con la presencia de un gran amigo (a juzgar por sus méritos) esperando en Ankara – No iba a estar solo al fin y al cabo – me dije.

Una vez pisé el aeropuerto de Estambul no conté con Göreme, el cual se había disfrazado con forma de control de pasaporte. Todas las luces de la ciudad se volvieron sombras al saber que, la eterna espera en la cola del control, me habían hecho perder el vuelo con destino Ankara. Por un instante, la soledad se había convertido en una perversa compañera; más adelante hablaremos de ella. Sin conocer el aeropuerto, no sabía de antemano que el aeropuerto poseía una terminal para vuelos internacionales y otro para nacionales. Quizás, sabiendo esto habría podido coger ese vuelo, el cual aún lucía en los carteles con un inquietante “Last call”; sin embargo lo más sensato habría sido escoger una escala con mayor tiempo de espera entre un vuelo y otro. El mundo se hizo enorme y me sentí tremendamente pequeño; miré atrás, fingiendo vislumbrar el pasado, allá en el confort de lo seguro y conocido: allí estaban amistades; noches de concierto; amores del pasado; experiencias inolvidables ¿Éste era su final? Respirando hondamente, abandoné esa espiral de ansiedad y me dirigí al lugar que sabía, debía encontrar.

La compañía aérea, tenía su oficina abierta, y sus empleados, por suerte, hablaban inglés perfectamente. Todo cuanto debía hacer era esperar al siguiente vuelo con destino Ankara, que partiría tan sólo una hora después. No iba a ser un grave problema al fin y al cabo; algo tan insignificante no iba a destruirme. No obstante, aquel segundo vuelo resultó ser mucho más sombrío: las azafatas y el capitán sólo hablaron en turco. Estuve relegado al último asiento del avión, temeroso de que éste se llenara por alguna circunstancia y tuviera que abandonarlo en espera de otro donde sí hubiera libre. Tras el despegue, sabía que había abandonado Europa para introducirme en Asia, viajando desde un túnel donde nada se podía divisar hasta que pudiera salir de él. Incertidumbre; dudas; impaciencia; espera.

Algunos de los pasajeros me miraron con curiosidad; yo también a ellos. Bienvenido a Turquía; un lugar muy alejado de la natal España. Tu nuevo hogar ¿Llegarás a sentirte como en casa? Mejor dicho ¿Podrás hacer una casa? Poco había podido arrancar de mi identidad material, para no exceder los 30 kilos de peso permitidos en el equipaje. 30 kilos que sufrieron además del efecto Coriolis, disfrutando de un día de vacaciones de más en Estambul ¡Magnífico! (23/02/15)

Daniel Villanueva
Fotografía:
Göreme de noche, un 18 de Mayo de 2014

sábado, 21 de febrero de 2015

Partida. Prólogo de un ensayo de aventuras.


Muchos pensamientos precisan de reflexión; otros sin embargo deberían escribirse nada más se idean ¿Qué hacer cuando una vez ha transcurrido casi medio año de incontables experiencias, todas se agolpan y no se sabe definir cuando terminan algunas y otras comienzan?

Cientos, miles… incontables individualidades de vidas compartidas pululan en sus independientes mundos en el aeropuerto de Schiphool. Todos aguardan unos instantes de inconexa convivencia el momento de sus inminentes capítulos; una parte quizás estarán en mitad ellos ¿Es esto así? La vida humana pues, es aquel libro cuyos capítulos se escriben a la vez: unos concluyen; otros no. Sin embargo, habrá tantos finales como uno los sienta.

Semejante disparidad global, del mismo modo que aleja el argumento de este ensayo de aventuras, igualmente lo acerca a su contenido. Pues ¿qué son las vivencias sin los sentimientos? Una roca puede ser todo lo que un consciente o subconsciente quiere decir: para unos pueden ser simples piedras; otros los llamaron oro o diamante. Sentimientos; emociones… sanos e insanos; justificados e imposibles.

En este mismo día, mi cuerpo , mente y corazón se hallan impacientes y dispuestos a cerrar el capítulo que alguien, llamado “Nadie”, quiso nombrar Turquía.

No sabría fijarlo en el tiempo, y es por ello que preciso de un cajón de sastre fabricado para recuerdos… cuando, en un baúl llamado “Infancia”, un niño como otro cualquiera; alguien muy querido y especial para este humilde narrador y pobre poeta; el mismo que hoy empuña este bolígrafo que tarde o temprano perderé… sentado frente al televisor viendo una gran película, concibió un gran sueño: nació en él el concepto fantástico y a la vez real de vivir mil y un aventuras (17/06/14). Preso de esa irrealidad, los años forjaron férreas ideas acerca de un estilo de vida difícil de entender; pues cuando el mundo gira en un sentido, es difícil hacerlo en el contrario y pretender arrastrar al mismo planeta. Eso, sería algo que tardaría mucho en darse cuenta.

Un lunes 3 de Febrero, mi mirada se dirigía a la encrucijada que resolvería grandes preguntas. Turquía – dijo “Nadie” – Turquía – dije (24/06/14). Fue entonces el final de una anunciada despedida; exactamente cuando las lágrimas de un padre precedieron al adiós de un hijo. Tras el control de seguridad, no existían más compañeros. Sólo la mochila y mis pasos hacia un mundo nuevo; un mundo que a veces se resiste, o que al menos intenta dejarnos fuera de juego (16/02/15). Había empaquetado miles de recuerdos, en contraste con el escaso volumen de equipaje. Sentí nostalgia; preocupación… e incluso miedo ¡Cuán raro se hacía viajar sin fecha de regreso! ¿Acaso no debía estar acostumbrado al hacerlo frecuentemente con mis sueños? ¿O es que verdaderamente volaba cuando habían aterrizado, por vez primera, todos ellos?   Turquía – dijo “Nadie” – Turquía – dije. Turquía es viajar al alba, mas sin embargo se hizo de noche. Pero ¿he de contar esto ahora, o quizás sería mejor contarlo en el capítulo venidero?

¿Qué tendría reservado el tiempo? (16/02/15)


Daniel Villanueva
Fotografía. Pensamiento 1:
 Y vi a través del cristal; o tal vez fue a través de un espejo…
 el pueril resultado del cuerpo ¿qué hay en él si no existen emociones?
 ¿Cómo se sienten? ¿Se auto-condicionan? ¿Pienso demasiado?

viernes, 14 de marzo de 2014

Farewell

So close after this turn of life
You look behind, with sorrow.
Real tears under chains dreaming with your eyes
Saying farewell from the hollow.

No one expected to take your hand
When time wants to break it all.
I used to trust but in this hell
I refused to believe in any god.
You gonna fight but in this sand
Fate sinks your stronger hope.
You renounce; this is the end
Of a question: only there’s a road.

No one expected to take your hand
When time wants to break it all.
I used to trust but in this hell
I refused to believe in any god.
You gonna fight but in this sand
Fate sinks your stronger hope.
You renounce; this is the end
Well you know ¡Rest!
Tomorrow starts again your road

There’s a dreamland
You fight to reach the doors,
Is not enough; Is not enough.
Force is weak now
You climb under a waterfall
Is not enough; Is not enough
¡Come on! 

Long time you left the lake
Our ilusion; our hopes.
From the river I guess see the dead
Tonight.



Daniel Villanueva
13/03/14

miércoles, 12 de febrero de 2014

Those Years

  Cuánto puedo alegrarme al poder mostrar la poesía convertida en música. Si bien la batería ha sido y será mi instrumento principal, esta vez dejé las baquetas sobre la caja para sentarme tranquilamente frente a una guitarra acústica y dejarme llevar por un mundo de acordes y de melodías. 

 Espero que disfruten de este viaje; un viaje que promete regresar no es formato single, sino como álbum. Y sin más palabras, espero que disfruten de esta canción: Those Years ...


Rainy nights
Silver rays riding the sky;
In the sand
Grains extinguish all the light.
See this clock!
See some mountains covering lifes.
Heavy rain,
Burying us like tides.

But this curse always black-dressed by our eyes
It got small because sometimes we rise
Up to the hill of memories and dreams;
A paradise, thanks to you I’ve seen.

Up, to the stars
I left my leyend high,
My friends, some pieces from my heart…
Today lovely I recall.
Don’t mind your scars,
They remember what you’re;
The way you found your Neverland
And the matter of your goals.

Tell me life
How to change what I did wrong?
If after all
I’ll find again love.
Photographs,
Buried to come back in time.
A rain of tears
Drowning all inside of my…

Memories, that coming back to stay alive;
From all those years, when you were mine.
Now today this black & white vision just face
The paradise, we abandoned with hate.

Up, to the stars
I left my leyend high,
My friends, some pieces from my heart…
Today lovely I recall.
I’m sure that now
Will be hard the way I walk
The path to found the Neverland
And the meaning of my goals.
Daniel Villanueva
22/04/13 - 06/08/13

 Those Years, por Daniel Villanueva: descargable en las principales plataformas digitales de descarga musical: I-tunes, Google play, Spotify...


martes, 31 de diciembre de 2013

Ser o estar (Valoraciones de un año 2013)


 No he estudiado una carrera de filosofía; tampoco cualquier tipo de filología... y es por esa razón que hasta hoy nunca me paré a pensar en ello ¿Por qué los primeros verbos que estudiamos (en cualquier idioma) son el "ser" y el "estar"? Valga mi atrevimiento si el tercero es el "ir". Cualquier ente superficial sería incluso capaz de advertir que son los tres más usados; tanto que ya están presentes en este ensayo. Mas cuán profundo son ellos...

 Todos, al mirarnos al espejo y percatarnos de nuestra existencia, somos conscientes de muchos de los lugares y situaciones en las que estamos; de todo cuanto somos. Y a veces... es el pretender ser el que nos hace ir, sin saber si estamos o somos. Es más: su frecuencia es mayor de la que esperamos ¿Sabrías responder quién eres? ¿Sabrías decirme dónde estás? ¿Hacia dónde te diriges? ¿Es tu ser o la proyección de tu ser? ¿Donde vas? En este puzzle sólo se me ocurren dos palabras para globalizar este esquema en la lección de idiomas:

 - Soñar: el detonante que nos impulsa a viajar para estar donde queremos y confirmar que somos como suponemos.
 - Experiencia: ese temible corrector ortográfico que al escribirse, a través de ella se filtran o modelan los sueños. Daría miedo profundizar en ella, pues ¿no serán los sueños más que un artificio de la experiencia? ¿Seríamos entonces artificio? ¿Estamos entonces donde deberíamos?

 Hundido en la primera, y espero última, gran depresión, una psicóloga me dijo que en la vida afrontamos ciertos puntos encrucijada: unos puntos temibles, donde la vida puede llegar a ser una auténtica incertidumbre y es frecuente que todos aquellos que lo pasen se vengan abajo. Por aquel entonces, todo cuanto se había empezado a escribir no era más que el prólogo a la rotonda donde se encuentran múltiples y múltiples salidas. Aquellos días de depresión coincidían con el plano del primer cartel: un esquema tan falso como definido, pero imprescindible a la misma vez ¿Qué camino escoger si realmente no se sabe el rumbo? O mejor dicho: cómo hacerlo, si realmente buscas descubrir varios. A punto de escapar de la glorieta, soy consciente que las calles, avenidas o autopistas sólo son una selección de grados de los 360 posibles; más da igual qué camino escojas, que no necesariamente puedes llegar al destino deseado: el camino puede estar mal señalizado; el coche puede estropearse; la carretera puede venirse abajo. Todo es cuestión de probabilidad: que algunos lo hayan conseguido no quiere decir que tú sí. Y también ¿Es necesario pasar por ciertos puntos para alcanzar lo deseado? ¿Qué hacer cuando ves un camino dibujado y sin embargo observas una radiante señal de trafico indicando la prohibición de su paso?

 Un día un niño quiso ser aventurero: por suerte pudo vivir mil y un aventuras, pero su sed de más le hacían y le hacen seguir buscando mundos y retos nuevos; otro día este niño, más bien adolescente, descubrió la banda sonora que recorrería los fotogramas de su película. Absorto en la música quiso convertirse en pista de audio; mas qué difícil es ser música cuando alrededor todos demandan una imagen. 

 También, en ese camino pudo descubrir el amor ¡Amor verdadero! ¿Es necesario explicar más el significado de esta palabra? Hace mucho tiempo en Europa, ancestrales pueblos paganos se reunían en lo alto de una montaña nevada para poder despedirse del frío y mortal invierno, más recibir a la próspera y vital primavera. Así este resurgir mágico madura en un cálido verano que cederá irremediablemente al otoño. Las estaciones unos años son más largas y otras más cortas. Dependen también de la región sin duda: no todas las estaciones son iguales en cualquier lugar. Pero el otoño... 

Otro día un sabio, no el primero que llegó a pensar esto (pues tampoco yo he sido el primero en divagar acerca de aquello que escribo)... vino a recordarme; o mejor dicho a aclararme la gran realidad del invierno: "nacemos con todo... y poco a poco, vamos dejando por el camino objetos, valores y personas, hasta que somos nosotros mismos, los que... con mucho, poco o nada... nos levantamos y nos marchamos ¡Qué sano, pero difícil es, el poder aprender a despedirse de las cosas!"

 En el año después de haberme despedido de uno de los seres más preciados, 2013 ha sido un periodo de próspera e inquietante calma. El centro de la tormenta tal vez; o el inicio de la reconstrucción del nuevo pueblo. Es 2013 el año de grandes vivencias personales; de grandes hazañas musicales. No es necesario decir que en la escala de valores comerciales mi vida no ha repercutido en nada; pero ¿quién quiere venderse? Si ese joven un día fue infiel con su pareja, ese otro amor era el incondicional por los otros caminos que tanta atención le llamaban: su banda sonora, a veces sin pista y nunca con disco. La amistad sana, sin miedos ni condiciones. Su verdadero amor no era una mujer malvada ¡Nada de eso! Simplemente no era la mujer adecuada; no era quizás el momento indicado. Si bien fue duro el recibimiento de aquel invierno, aprender a poder despedirlo fue tan tardío como necesario.

 ¿Qué poder esperar de 2014? La radio muestra interferencias; posees una caja con mucho amor, que sin embargo se tambalea en el asiento trasero del descapotable, cuando los baches más acechan; el giro de volante es inminente, y si bien no sabes donde realmente te lleva el camino... es tu pulso y la confianza en saber dirigir el volante los que te hacen continuar sin dudar. 

 Tal vez ésta sea mi primera lección de idiomas en Turquía: la diferencia entre ser, estar e ir; sus pros y sus contras. Saludos y despidos. Experimentar, soñar... y el significado de una palabra más: la esperanza. 

 Feliz año nuevo; feliz nuevo ciclo. 


 Daniel Villanueva
31/12/13
Sin realmente saber si éste es uno de los pocos ensayos que hago,
o todo lo que he escrito, compuesto y tocado hasta ahora...
no ha sido más que un ejercicio de lo mismo. 

jueves, 31 de octubre de 2013

Toc


Quería el loco proseguir con su fantasía;
Soñaba él, que el amor nunca se extinguiría
“¿Gira ese tiesto?
Da igual;
Volverá a su puesto.
Tic, tac, toc
Tic, tac, toc”
Tanto martillearon los segundos en el espacio y en el tiempo,
Tantas veces las manecillas giraron
Que, absorto en su peculiar locura,
Una vez se pararon,
Lo que el loco pudo escuchar...
Sólo fue el eco.

¡Sólo fue el eco!
Luego su imaginación;
Luego su ego.

Tic, tac, toc.
Tic, tac,toc.
Tic, toc.
Tac…


Daniel Villanueva

06/08/13

jueves, 26 de septiembre de 2013

The Second Exploration. Capítulo VIII. Desnudos (Último cabo)


 El Sol proyectaba los últimos rayos de luz en la agitada barriada de Montmartre. Frenéticos, los comerciantes, desempleados, artistas y otros parisinos deambulaban por sus calles aparentemente sin norte. Semejante caos, cual hormiguero en situación de alarma, resultaba ser una completa pesadilla a la hora de pretender alcanzar con la vista a quien estaba siguiendo.

 El Maître, un prodigioso anciano de blancos cabellos y barba bien cortada, no hizo más que sorprenderme con su gran habilidad a la hora de sortear viandantes. Cuán ridículo me pareció darme cuenta de ello, ahora que me observaba desde una tercera persona y en sueños. Claro que ¿sería aquel don producto exclusivo de mi imaginación? Mientras esquivaba torpemente a los peatones que mi otro yo había evitado con facilidad, me percaté de otra pregunta aún más vital e importante ¿Cómo saber si la historia de Marié era cierta o irreal? ¿Sería sólo un producto más del sueño? ¿Una fabricación onírica? ¿Cómo era posible reflexionar tan sabiamente en el inconexo mundo onírico?

 - ¿Por qué se detiene? – me preguntó el doctor, más allá del sueño. Hacía mucho tiempo que no me había dirigido la palabra a lo largo de todo este viaje de cosechas de historias.
 - Ficción – respondí - ¿Cómo saber si todo esto es cierto?
 - ¡Calle! – exclamó el psicólogo - ¿No ves que le observan? – No se equivocaba; numerosos ciudadanos se habían detenido también en seco, contemplándome fríamente.
 - Creo que piensan que estoy loco – susurré.
 - Suerte tienes – añadió el doctor desde el más allá. Tras aquellas palabras, toda la calle miró al cielo, quedando desconcertados ¿Acaso habrían escuchado también aquellas palabras? Aún así, sus vidas resultaron serles más importantes. Dentro de la ficción se sentían reales… y la realidad, pronto les obligó a continuar con sus destinos hacia delante, generando el mismo caos de peatones, coches y carruajes, que habían ocasionado antes.

 Mientras tanto, el Maître había logrado distanciarse enormemente. Tras abandonar la rue Veron y girar hacia la izquierda en la rue Lepic, bien tuve que correr para no llegar a perderle para siempre. Tal como esperaba, tras alcanzar la esquina que antaño mi otro yo había tomado, todo cuanto pude ver fue un mar de incontables cabezas. Necesité un tenso minuto de frenética búsqueda para encontrar mi cabellera, la cual desaparecía entre el bullicio para girar y perderse por un callejón – El callejón de la rue Lepic – exclamé.

 - ¡Corra! - gritó una voz en el cielo, la cual asemejé a la del inspector Ivanov. Así hice, situándome justo en la entada de aquella ratonera. Nuevamente mi “yo recordado” había conseguido escabullirse entre una multitud de espectadores y artistas; entre carteristas y comerciantes; entre pintores, anticuarios y ebanistas. Aquel angosto rincón de París era muy afamado por la venta de cuadros, el mercado ambulante y la representación de pequeños espectáculos y obras teatrales. Atraídos también por la muchedumbre, no eran pocos los diferentes tipos de ladrones y timadores que se daban cita todos los días. Sólo se ausentaban los más peligrosos de todos ellos: los políticos… si bien ellos eran los únicos que no necesitaban toparse con nadie para poder robar. Fuera como fuere, el mero hecho de encontrarme me resultaba casi imposible.
 - ¿Cómo distinguir a una hormiga en un hormiguero? – suspiré desalentado.
 - Apártese – exclamo alguien situado tras de mí. Sin tiempo para reaccionar, sus fuertes brazos me apartaron de su camino, haciendo que cayera al suelo. Le maldije, mas mis palabras no surtieron efecto. La blanca gabardina que le ocultaba marchaba a toda prisa a base de apartar a los viandantes con la misma violencia que había hecho conmigo. Fue entonces, al reincorporarme gracias a la ayuda de un joven, cuando pude advertir a escasa distancia de semejante cretino al Maître.
 - Buenas tardes, señor – dijo el cretino a mi otro yo. El Maître parecía distraído observando un escaparate, cuyo contenido no podía vislumbrar desde mi ubicación. Tras girarse y contemplar al caballero de la gabardina, algo debió ver en él que no le gustó demasiado. 
 - Quizás deba disculparme – contestó mi otro yo - ¿Nos conocemos?
 - Sí; ahora sí – respondió violentamente.
 - ¿Qué es lo que desea? – preguntó el Maître con mayor inquietud.
 - Su juventud.
 - ¿Cómo dice? ¿No ve al anciano que tiene enfrente? – dijo el “yo recordado” con sarcasmo. Todo cuanto sucedió tras esto, transcurrió con gran celeridad. Sin mediar más palabras, el hombre de la gabardina se abalanzó sobre el Maître, sujetando con fiereza el hombro derecho del anciano, mientras que con su mano diestra palpaba el corazón del Maître. Una extraña luz comenzó a fluir y a introducirse en la mano del agresor; una luz que no podía describir.
 - Calma; calma – Decía el hombre de la gabardina – decía casi susurrándole – No debe mostrar miedo; o tal vez sí – corrigió el agresor – No olvide que frente a usted tiene al mismísimo William Nightmare.
 - ¡Guardas! ¡Al ladrón! – gritó un dependiente, señalando al temible caballero, quien había conseguido dejar inconsciente y tumbado al Maître. Salvo el dedo acusador del comerciante, nadie estaba dispuesto a delatarle, ni mucho menos a detenerle. El pánico cundió al instante en las calles, donde todos comenzaron a huir despavoridos. Lejos sonaban los silbatos de la gendarmería, la cual luchaba sin suerte a contracorriente de la aterrorizada marabunta. Tras unos segundos de tremenda confusión, sólo destacábamos cuatro figuras en el escenario: dos con rostro idéntico; el mercader acusador y aquel hombre de inquietante rostro.

 Al verme, todo cuanto pude sentir era un profundo pavor; el más arraigado de los miedos, actuando cual gas paralizante.
 - ¿Dos en vez de uno? – preguntó William con gran sarcasmo.
 - ¡No se quede ahí parado! – gritó el comerciante - ¡Corra! – dijo, mientras trató de atizar con una escoba al señor Nightmare. La suerte estuvo de parte del villano, quien atrapó sin dificultad la misma escoba y devolvió el golpe al mercader, derribándolo igualmente al suelo.
 - Eso es – dijo William con malicia – ¡Corra! – No hizo falta nada más para que le hiciera caso. Al igual que en las más temibles pesadillas, mis piernas se volvieron de plomo, más la huída fue lenta y angustiosa. Por doquier yacían decenas de ciudadanos, que en la huída habían caído, e incluso habían sido pisoteados. Pese a mi tremenda torpeza, con cierta suerte pude incluso infiltrarme entre la multitud, la cual seguía huyendo a toda prisa. Aún así, Nightmare siempre conseguía mantener la misma distancia, bien le atacaran o bien se topase con varios caídos que le obstaculizasen. No era demasiado corpulento ni tampoco el más alto y fuerte; mas si había que responder, sabía cómo hacerlo, y entre todos los presentes, era el más ágil.


 Sus manos cada vez se encontraban más cerca; su respiración cada vez era más perceptible. Sin duda alguna aquello no era un sueño; era una pesadilla.

Daniel Villanueva
05/09/13 

lunes, 26 de agosto de 2013

The Second Exploration. Capítulo VII. Desnudos (Segundo cabo)


 Al igual que el Maître, Marié también soñaba con el escenario; seguramente con mayor nitidez que el propio y laureado anciano. Todo había comenzado hacía muchos años, cuando ella no era más que una niña de siete años.

 “Era una mañana dominical de temprana primavera. Mis ansias de jugar me habían llevado a escapar veloz de casa; un rincón muy humilde y perdido en los suburbios más pobres de París. Cada día de vida allí contaba como un logro para muchos. No había día de descanso en aquellas calles, por mucho que lo desaprobaran los clérigos católicos más ciegos y anquilosados en sus absurdas patrañas ¿Sería porque sus cepillos nunca se llenaban lo suficiente? ¿Sería porque aún demandaban más sus grasientas barrigas? ¡Cuánto reprochaban en sus fastuosos y dorados templos la falta de humanidad y de decencia! La falta de honradez y solidaridad allá, donde todo era pobreza.

 Precisamente, tras abandonar los callejones donde los dependientes de muchas tiendas regalaban los alimentos que corrían el riesgo de estropearse y no habían sido vendidos, a punto estaba de alcanzar el parque, donde muchos días me reunía con mis amigos. Terminando de masticar el último bocado de manzana, pasé precisamente por la puerta del parque que estaba custodiada a su lado por una antigua iglesia de piedra. Sin saber por qué, aquel edificio me pareció más gris que nunca, mas sin prestarle demasiada atención, lo dejé a mis espaldas y me encaminé hacia mi árbol favorito, desde donde avisté a mis amigos. Salí corriendo alegremente hacia ellos, mas al llegar, pronto me percaté de que todos se encontraban alicaídos.

 – ¿Qué sucede? – pregunté intrigada.
 – Se trata de Piére – respondieron.
 – No ha venido al igual que otros ¿no es así? – agregué vehementemente, siendo consciente de que no todos los días acudíamos la totalidad del grupo, por muy diversas razones.
 – Sí venía con nosotros, pero se encuentra en la iglesia.
 – ¿La iglesia? – exclamé muy extrañada.
 – Marié: hoy Piére se encontraba especialmente pálido – explicó Jacques, con su peculiar voz de niño valiente y aventurero – Me contó que hacía dos días que no había comida en su casa, y que por desgracia habían llegado tarde a los callejones.
 – ¿Y bien? – repliqué impaciente.
 – Piére siempre había tenido muy buen olfato: especialmente para reconocer alimentos a gran distancia. Íbamos a entrar en el parque, cuando él se quedó completamente paralizado; no era la primera vez que atravesaba la puerta del parque y reconocía tan agradable aroma, mas esta mañana no pudo reprimirse más.
 – ¿Qué hizo?
 – Junto a la iglesia, se encuentra adosada la morada del padre Christophe. Piére sabía que el olor procedía de aquel lugar. Sin pensarlo, presto se dirigió al muro de la vivienda, que igualmente colindaba con el parque, más todos le seguimos. Lo que antes era inapreciable para el resto de nosotros, en aquel instante fue perceptible por todos; incluso para el más acatarrado. Semejante aroma a queso curado, especies y a chorizo, eran una esencia irresistible y todo partía de una grieta existente en el muro, cual pequeño resquicio.
 – Piére dijo que tenía que llegar a esa sala y que tenía sospechas de cómo hacerlo, pasando completamente desapercibido – continuó con la historia Antoine, que era otro crío – Dijo que una opción temeraria era entrando por la puerta de la iglesia. Todos conocíamos sus tradicionales siestas en el confesionario, pero ¿y si despertaba? Teniendo en cuenta aquello, todos parecimos desistir a semejante tentación, mas Piére conocía la otra solución.
 – Yo mismo la descubrí con Piére, un día que jugábamos al escondite – retomó la historia Jacques, quien no quería perder el protagonismo – Dentro del parque, a unos siete metros del muro de la casa y de la iglesia, existe un gran árbol envuelto, cual falda, por un espeso matorral. Éste no fue plantado al azar, pues bien pudimos comprobar que éste esconde un pasadizo.
 – ¿Un pasadizo? – grité, bañando mi alma en un manantial de emoción.
 – Así es – dijeron todos – Y conduce tanto a la casa como a la iglesia del padre Christophe.
 – Cuando jugábamos, nunca nos atrevimos a avanzar más allá de la puerta del túnel, pero hoy Piére sí lo hizo – dijo Jacques.
 – ¿Entró sólo? – pregunté.
 – No – sentenció Antoine – Fuimos todos con él. Nos mordía la curiosidad por entrar en aquel rincón secreto, y también nos mordía el hambre. Aquel olor a abundancia era capaz de fulminar a cualquiera.
 – Al principio todo era muy oscuro y frío, pero no tardamos en descubrir una escalera de madera y una trampilla, más otro pasillo – prosiguió Jacques – Todos estábamos entusiasmados con semejante aventura. Primero exploramos el segundo pasillo y así descubrimos la existencia de una segunda trampilla: una para la casa y otra para la iglesia.
 – ¿Os descubrió Christophe? – pregunté angustiada. Todos los niños se miraron con tristeza.
 – El cura se encontraba dando misa en aquel instante. Casi nos descubre al abrir la trampilla de la iglesia, ya que al levantarla, ésta se encontraba tras el altar y en frente, sus pies, dirigidos a la mesa.
 – Un sólo paso atrás para mantener el equilibrio y realmente lo habría perdido. No fue así y cerramos la trampilla con muchísimo cuidado. Sin duda, aquel era el mejor momento para entrar en la casa.
 – Al abrir la otra, no tardamos en descubrir la puerta de la despensa gracias al olfato de Piére.
 – ¡Una despensa enorme y repleta de comida! – decían unos.
 – Nunca he visto un lugar así – dijeron todos – comimos como si la vida se nos fuera en ello…
 – Pero perdimos la noción del tiempo – lamentó Jacques – Y el padre Christophe nos descubrió ¡Jamás he oído a alguien blasfemar tanto!
 – ¿Blasfemar? – preguntó un niño sin entender.
 – Insultar – aclaré – Sigue Jacques.
 – El final lo puedes imaginar – dijo triste – Todos pudimos escapar menos Piére, que en el último suspiro fue atrapado por el cura – Jacques agachó la cabeza – Desde entonces no le hemos visto.
 – Seguramente sigue castigado dentro – añadió Antoine.
 – Eso me preocupa – exclamó Marié – ¿Y si entramos a buscarle?
 – ¿Y qué será de nosotros si Christophe nos alcanza? – gritó Antoine asustado.
 – Él es uno; nosotros somos más – afirmé – Rescatemos a Piére; él sólo entró allí por hambre ¡No es justo! – aquellas palabras, propias de una revolución, nos dieron fuerzas a todos. Al adentrarnos en aquel pasillo húmedo y tenebroso, no había temor fluyendo por nuestras venas, sino adrenalina e ira, en pos de una sed de justicia recién descubierta.

 Sigilosos pero decididos, ascendimos por la trampilla de la casa, la cual comunicaba con el pasillo central de la vivienda. A nuestras espaldas se encontraba la puerta de la despensa medio abierta, y frente a nosotros, la silueta de una sombra siniestra reflejada en otra puerta ¿Adonde llevaba? Todavía no lo conocíamos. Sólo yo fui quien decidió iniciar los primeros pasos hacia aquella habitación, cuya puerta blanquecina se encontraba sólo un palmo abierta. Cuán terribles sonaban los gritos y los llantos de Piére, al parecer apagados por lo que podría ser una mordaza.

 Antoine y unos cuantos por un momento, habían parecido ignorar la llamada de auxilio; sin pedir siquiera permiso, volvieron a entrar nuevamente en la despensa para tomar y arrojar cuantos alimentos pudieron por la trampilla, antes de que se desataran los nuevos acontecimientos.

 Fue Jacques el primero en advertir mi rostro petrificado, tras contemplar por vez primera lo que de verdad en aquella habitación estaba sucediendo: frente a mis ojos, pude ver la viva imagen de un demonio torturador; un diablo enmascarado cuyas manos hacía mucho tiempo que se mancharon, siendo en este caso la sangre de Piére la última mota de un pasado posiblemente aún peor.

 Amordazado con su propia camisa y maniatado en la cama del padre con varias tiras de esparto, Piére no paraba de sangrar por la espalda, tras la tremenda paliza que había sufrido con una vara de madera, que aún portaba el sacerdote en la mano. Al parecer, Christophe se estaba dando un descanso, para seguir instantes después fustigándolo. Por suerte no fue así.

 – ¡Aparta Marié! – gritó Jacques, justo antes de lanzar al cura una silla, directa a su cabeza. Apenas tuve tiempo para reaccionar; por suerte Christophe tuvo muchísimo menos tiempo. Tras recibir el impacto de la silla de hierro y madera en su espalda y en la cabeza, no pudo evitar caer de rodillas al suelo y gritar con terrible fiereza. Un segundo impacto de un crucifijo de bronce en la frente lo dejó completamente tumbado en el suelo, aturdido y preso del dolor. Sin duda aquel era el momento de liberar a Piére.

 Me levanté también del suelo con gran presteza, para acercarme a la cama y desanudar los cabos del desgarrador y pestilente esparto con el que el chico había sido atado.

 – ¡Demonios! – gritó el sacerdote, completamente fuera de sí – ¡Marchad todos al infierno! – continuó gritando, mientras a duras penas trataba de incorporarse. Piére y yo corrimos hacia la trampilla, pero ésta se encontraba ocupada por varios niños, quienes tras destrozar parte del mobiliario de la casa, se encontraban escapando por ella. Fue por ello que finalmente decidimos huir por la propia puerta principal de la iglesia.

 Todos habíamos escapado a salvo. Incluído Jacques, quien se atrevió a plantarle cara al párroco por más tiempo, arrojándole todos los objetos que encontró a su paso, antes de desaparecer por la trampilla.”


 – ¿Qué tiene que ver aquello con el teatro? – le pregunté a Marié, quien, sentada desde la mesa de su camerino, terminaba de eliminar las lágrimas que cubrían su rostro tras narrar aquella historia.
 – Llevamos a Piére con urgencia a casa de sus padres, donde su madre lo vio con gran preocupación. Cuán duro es escuchar el llanto de las madres cuando la sombra de la muerte sobrevolaba cerca de sus hijos. El pequeño de ocho años estaba realmente exhausto y con la mirada perdida. Rápidamente lo llevamos a su humilde habitación para acomodarlo y curarlo. Josephine, su madre, presta había traído un cuenco con agua limpia y unos paños, con tal de limpiarle todas las heridas que dibujaban su espalda ¡Cuán cruel había sido el párroco! – exclamó Marié, rompiendo de nuevo a llorar – Recuerdo muy bien con qué fuerza me agarró él la mano, como si fuera el único sustento que le aferraba a la vida ¡Pocas veces vi a alguien tan cerca del precipicio!

 “Una hora después, su madre y yo al fin terminamos con las curas de su demacrada espalda. Las vendas que una vecina nos había proporcionado altruistamente le habían envuelto como si llevara una camisa.

 – Muchas gracias Marié – me dijo Piére, susurrando.
 – De nada – respondí, lanzándole una escueta sonrisa de complicidad. Fue entonces cuando liberó mi mano, para dirigirla hacia mi rostro y regalarme una caricia. Su madre por aquel momento se había ausentado para atender a la puerta de la casa, donde estaban llamando. Segundos después, todos los niños del parque habían acudido en masa para darle ánimos al pobre muchacho. También trajeron consigo parte del botín sustraído de aquella maldita despensa. El hambre nos azotaba a todos, pero más grande era nuestro amor por un amigo.

 Cercana la hora del almuerzo, todos se marcharon a sus respectivos hogares. Yo también estaba a punto de marcharme, cuando, tras besarle cariñosamente en la mejilla, noté cómo Piére dirigió su mano hacia el bolsillo de su pantalón.
 – Toma – me dijo, mostrando un papel.
 – ¿Qué es eso? – pregunté intrigada.
 – Es un regalo. Siento decir que me lo encontré en la casa del padre Christophe – contestó – Pero tú mereces más que él asistir y disfrutar esta noche del teatro. Es una pena que sólo tenga una entrada, mas en estas condiciones no creo que pudiera acompañarte.
 – ¿Te gusta el teatro? – le pregunté.
 – Mucho ¡Es algo maravilloso! Espero poder ir pronto contigo.
 – Así será – sentencié. Esta vez mis labios se dirigieron a su frente al despedirme. Tras salir de su habitación fue su madre quien me abrazó fuertemente y me dio las gracias por toda ayuda.
 – Ven cuando quieras – me dijo – espero ofrecerte todo lo que pueda.
 – Muchísimas gracias señora.

 Al salir de aquella humilde morada me dirigí rápidamente hacia mi casa. La felicidad me invadía al saber que Piére iba a poder ver la luz del mañana; al menos esa era mi esperanza. Llena de emoción a causa de tan increíble presente, no cesé de preguntarle a mi madre todo cuanto sabía acerca del teatro. Lamentablemente no fue mucho lo que pudo contarme.

 – Sé que hay obras buenas y malas; actores buenos y malos. Sé que existen comedias y dramas… y que dicen que hay directores que parecen magos.
 – ¿Magos? – pregunté asombrada.
 – Así es, mi niña. Tan pronto son capaces de hacerte reír como llorar.
 – Yo no quiero llorar – exclamé – si es así, que sea de alegría.
 – Todo es posible, hija mía – contestó vehementemente mi madre – Ahora bien.
 – ¿Sí, mami?
 – No estoy muy convencida de que vayas sola esta noche al teatro. No sabemos siquiera si éste es de alto o bajo caché; y ahora que lo pienso, no sé en cual de ellos estarías más segura.
 – ¡Pero es un regalo! ¿Qué haré si Piére mañana me pregunta? Se sentiría muy decepcionado.
 – Es peligroso – repuso.
 – Acompáñame entonces a la puerta.
 – Ya veremos – zanjó – hablaremos luego con tu padre.
 – Por favor ¡Convéncele y llevadme al teatro!
 – ¿En serio no prefieres jugar por el barrio? Si quieres te dejo jugar más tiempo esta noche.
 – No sería justo – repliqué.”

 – ¿Te llevaron entonces? – le pregunté a Marié.
 – No, evidentemente – me respondió – mas sí me acogí a la enmienda de estar más tiempo en la calle. A fin de cuentas, tendría todo el suficiente para llegar del teatro a casa.
 – Muy inteligente.

 – “Llegado el momento, me arreglé a toda prisa y huí dirección al teatro. Tenía muchas preguntas acerca de cómo sería aquello; afortunadamente pronto hallaría todas las respuestas.

 El cielo, próximo al ocaso, se encontraba decorado por un intenso color rojizo, acentuado por las caprichosas nubes, cuyos tonos cambiaban en mil matices desde el rojo más puro al más bello anaranjado. Era sin duda una tarde preciosa.

 Recuerdo igualmente que aquella calle aún funcionaba con farolas de carburo, y que precisamente en ese mismo instante, el farolero se cruzó en mi camino, saludándome cortésmente con un “buenas noches señorita”. Tras su sombra, finalmente contemplé en todo su esplendor las puertas del teatro: no ha sido el más grande; ni el más bello… después de todos los que he conocido. Mas ya sabes que todos guardamos cierto cariño y recelo con respecto al primero que conocimos.”

 – Sí – suspiré – Así es – Cuán extraño me sentí en aquel preciso momento. Como en el filo de la navaja, mi memoria pareció hallarse en el límite entre la amnesia y el recuerdo.
 – ¿Cómo era el tuyo, Maître? – permanecí callado unos segundos, mirándola fijamente a sus ojos dulces y a la vez penetrantes.
 – No sabría decirlo – Vívidos destellos de memoria parecían invadirme, cuales rayos en una tormenta – Veo un excelso teatro, repleto de gente aplaudiendo.
 – Magnífico – dijo ella – Sin duda tuviste mucha suerte – exclamó admirada, añadiendo aún más dulzura en su joven rostro, con una tierna sonrisa – Tal vez sea la magia el nexo común de todos los comienzos.
 – Cuenta – le rogué.

 – “Con paso firme me dirigí al portero, tras aguardar el tiempo necesario en la cola. Aún recuerdo con cariño aquel instante en que éste casi llegó a ignorarme y le pidió el ticket a aquellos que se hallaban a mi espalda. Con cierta prepotencia, carraspeé, como bien sabía hacer una niña orgullosa.
 – ¡Vaya, vaya! – exclamó el portero – ¿Qué tenemos aquí? ¿Te encuentras perdida? – preguntó, con cierta sorna.
 – No – sentencié firme – Vengo a ver la obra de teatro.
 – Pero… no es posible – respondió titubeante – ¿Dónde están tus padres?
 – No pueden venir – agregué – Con mucho esfuerzo han reunido el dinero suficiente para conseguir esta entrada y heme aquí, dispuesta a ver mi primera obra ¿Sabe?
 – Pero ¿no te han acompañado al menos hasta la puerta? No podría dejarte pasar si es así.
 – Perdone – comentó la anciana señora de atrás, quien esperaba impaciente – ¿Va a atendernos ya? ¿Por qué no aparta a la niña hasta que se solucione el problema?
 – Claro Madame; así haré – El mundo se habría convertido en ruinas, de no ser por la rápida intervención del destino.
 – Señor Tissier – dijo una voz adulta y masculina tras la puerta del teatro, dirigiéndose al portero – ¿me disculpa un momento? – Éste tras girarse palideció tremendamente
 – Eh ¡Sí! Quiero decir… que estoy a su disposición – contestó nerviosamente.
 – ¿Qué es lo que sucede? – preguntó el caballero con firmeza – Me ha parecido oír que no se le permite el paso a una joven y angelical niña ¿Es eso cierto?
 – Son las normas del teatro ¿No es así? – Fue entonces cuando distinguí por primera vez a aquel hombre; o a aquel joven quizás. Todo el color de la piel que el portero había perdido en su tez parecía haberlo adquirido aquel alto y esbelto caballero de negras y elegantes vestiduras.
 – ¿Normas? ¿Me acompaña un momento? – Sin esperar respuesta alguna, el joven de identidad aún desconocida asió por el brazo al señor Tissier, dirigiéndolo hacia el cartel de la obra – ¿Ve el cartel?
 – Sí señor; lo leo perfectamente: Memorias de un sueño, por…
 – En efecto sabe leer; ahora bien ¿Lee usted alguna norma?
 – No, pero el teatro…
 – ¿Ve alguna norma inscrita en la fachada del teatro? ¿Alguna grabada quizás en otro lugar? ¿Alguna en concreto prohíbe la entrada a los niños?
 – No señor – respondió tembloroso.
 – Si es así ¿por qué no le cede el paso a esta preciosa niña?
 – Pero ¿Y el dueño del teatro?
 – Su jefe resulta ser un gran amigo mío. Si se preocupa por él, le aseguro que yo también velaré porque todo aquel con billete pueda entrar a disfrutar mi obra de teatro – zanjó – Muchas gracias.
 – Disculpe las molestias, señor director.
 – No es a mí a quien ha hecho perder el tiempo – finalizó, retirándose al interior del teatro, mientras sonriente y ávido se cruzó ante mi vista, guiñándome un ojo.

 Fue entonces cuando el portero me cedió el paso hacia el interior de aquella fábrica sueños. Tras mis pasos pude escuchar cierto murmullo; al parecer alguien había acudido al portero para denunciar la pérdida de una entrada. Por suerte, ya había escapado de las temibles garras del padre Christophe y me hallaba en la seguridad del patio de butacas, del escenario y de aquel olor a antiguo tan distintivo y de difícil olvido. Todo cuanto vi a continuación fue pura magia; toda una revelación ¡Un todo! Espectáculo ¡Teatro! Y es ahora cuando debo dejarle marchar.”

 – ¿Cómo dice? – pregunté extrañado.
 – Creo que el hombre a quien sigue se escapa – me advirtió Marié, señalando con su dedo índice a través de la puerta, donde a lo lejos se hallaba mi otro yo. 
 – Entonces sabe quién soy – pregunté.
 – Sé que si no logra su objetivo, esto no habrá sido más que un vulgar sueño ¡Adelante pues!
 – Ha sido un placer conocerla – exclamé – Aún más.
 – Creo que más bien ha sido hoy cuando ha tomado interés en conocerme. Lástima que haya sido sólo en el mundo onírico – sentenció – Y ahora márchese – Olvidando por completo mi presencia, Marié tomó de un cajón una venda, y con notable dolor, comenzó a envolver su frágil y lastimado tobillo. Como un flash, había recordado lo duro que había sido con ella en el ensayo mientras bailaba; y el momento de su lesión tras haberle exigido tanto.


 Medité brevemente acerca de aquello, mas preso de la misión que se me había encomendado, tomé mis pasos rápidamente hacia la puerta, donde mi “yo recordado” hacía unos segundos que había salido. Tras doblar varios pasillos y tomar una última puerta, fueron las calles de París las que finalmente descubrieron a mi temible enemigo ¿Quién era?


Daniel Villanueva
26/08/13