Eran las 23:00 h. en una cálida noche de verano… lentas y sofocantes las paredes del salón de mi hogar irradiaban todo el calor absorbido durante el día. De nada servían las ventanas abiertas; de nada abrir las puertas; de nada beber agua, caliente por proceder de la tubería.
Desde luego no sabía qué hacer con semejante ahogo ¿Ayudaría incluso a este bochorno el desorden que mi casa mantenía? Allá y acá yacían cientos de felicitaciones, libros e infructuosos manuscritos, inundando parte del suelo, las mesas y las estanterías. No había folio que no estuviera caliente ¿Sería que la celulosa la temperatura mantenía? ¡Maldita sea! ¡Más quisiera poder vivir en una jarra de agua fría! ¿Sería buena opción huir de estas paredes? Pobre de mí, que no lo sé: fuera… allá donde mi cuerpo conquistara un rincón, una sombra mitad humana, mitad arpía, acecharía para embaucarme en empresas de deshonrado nombre; dentro… la culpa de toda aquella desgracia me torturaba presidiendo la principal estantería. Suerte tiene ese diabólico volumen que la temperatura supere los treinta grados a estas horas tan tardías; con buen gusto hacía arder ese libro cual antorcha en la umbría.
No obstante, aquella última mirada odiosa y vergonzante hizo recordarme a la masía del que procedía. Cerré los ojos apesadumbrado, visualizando aquella fachada blanco grisácea y sus cortinas rosadas… aquellas que antaño advertí deshonestas y baldías.
¿Qué sería de aquel negocio situado más allá de las afueras, al borde de una carretera antigua? Tal vez sería difícil de imaginar, mas conociendo el día al que nos encontramos (viernes) más la hora que marca el reloj de la estantería , casi podría jurar que aquella posada bien podría estar repleta de odiosos escritores, al son de un animado piano y la danza de las “concubinas”. Todas ellas escudriñadas; a punta de pluma y negra tinta; desangradas en verso; retratas; compuestas; compartidas ¡Ay, de aquellos poetas cegados por la mascarada del frenesí! Por las palabras escritas a su manera, mas con la misma historia, en la mesa siete, en la catorce, en la del día de mañana y en la del cliente número nueve mil.
Cuánto apostaría que mi antaño musa, salvo servicio y cizaña, bien rondaría asomada en el pasillo, o danzando entre la muchedumbre, cálida y “pueril”. Pero ¿Qué importa? Aunque… ¿Qué curioso? Seguramente fuera mi inexperiencia en un servicio como aquellos; tal vez los nervios o la vergüenza al desfilar en un lugar así… mas ¿por qué no le presté la debida atención a aquello?
– Suena interesante la última puerta – dije en su día a la señora del mostrador.
– No es posible – contestó con su inconfundible y áspera voz, en un tono muy desagradable.
– ¿Cuál es la razón? – le pregunté algo indignado.
– Reformas – sentenció. Cuánto me costó esta vez distinguir su voz de la de un hombre.
A partir de aquí todos conocéis bien hacia donde caminaron mis pasos. Del mismo modo conocéis hacia dónde se tornó mi mirada justo antes de entrar. ¡Ignorante! Hoy día bien lo sabes ¿Cómo es posible usurpar la categoría del amor a una historia barata? ¿Cómo es posible burlar los cimientos del corazón, plagiar sus planos y reproducirlos por cientos en papel sin valor, mas con fama? He de negarme a ello en rotundo; todo menos el amor; todo menos la inocencia interpretada por una arpía descarnada.
La negativa hizo la curiosidad; la curiosidad la desolación, más la duda de que aquella corrupción verdaderamente pudiera suceder; la desolación a un ápice de esperanza; ésta a huir de casa, recurrir a un autobús y luego a mis pies, en una travesía larga. .
Serían ya las 4:00 h. de la madrugada, cuando tras 2 horas de agitado paseo, la verja de aquella casa tenuemente iluminada quedó tras mis pasos. Nuevamente pude observar el mensaje de bienvenida de aquel negocio de musas de alquiler: “Vierta mil folios de tinta a precio de excepción; visite a nuestras musas en la casa de la inspiración”
– Bienvenido seas – me dijo la regente de la casa – De nuevo – añadió airosa y enorgullecida – ¿Y ahora qué? ¿Vas a hacer el papel de que jamás me has visto? – prosiguió, cual pobre guión de teatro.
– Ahórrese el sermón – zanjé algo enfadado ante su comentario – Como ves he regresado, pero no esta vez esperando un mísero relato.
– ¿Entonces qué? – respondió desafiante más a la vez desconcertada, aquella señora.
– He venido a denunciarla por falsificación – aquellas palabras rápidamente produjeron un repentino y frío silencio en el aún poblado salón. Tal y como había intuido, no muy lejos de la barra se hallaba ella, mi antaño musa, observando atónita aquella situación.
– ¿Cómo se atreve? – gritó ferozmente la dueña del negocio, esperando ser escuchada por todos aquellos oídos.
– Está bien – repuse con la voz más sosegada y tranquilo – Déme usted pues la habitación número quince – Bien pude intuir cierto murmullo entre el personal.
– ¿Qué te hace pensar que vaya a darte la llave tras estas maneras?
– Bien sabe que debe hacerlo: cuestionado está su negocio, ese número más su palabra – nuevamente reinaba un espeso silencio; tan espeso como el caldeado ambiente del salón, plagado de ondas de humo de tabaco y cierto aroma a ron.
– ¿No crees que puede estar más en juego tu palabra con respecto al amor? – contestó fría y aguerrida la casera, haciendo estallar un profundo resoplido en los espectadores.
– No es mi palabra sino el concepto – respondí tratando de extirpar mil puñales.
– ¿Acaso no tiene claro cual es su concepto? – reincidió con su bífido puñal, victoriosa. Jamás pensé que aquella señora pudiese alcanzarme con tanto daño. Sorprendentemente, todas las miradas que había conseguido fijar en ella, en mí se habían clavado ¡Madre mía, cuánta humillación! Bien pude aprender que jamás debería menospreciar a alguien – Vaya, vaya ¿Ya no le quedan palabras, señor? – derrota y fin de la batalla. Largo tiempo todos los presentes del salón anduvieron comentando entre ellos aquella escaramuza verbal, mientras mi ego trataba de esconderse entre la muchedumbre cual gato tembloroso y agazapado. Casi pensé que la mala fortuna a mi puerta había llamado – No me provoque – finalizó ella casi susurrándome, dejando la llave número quince a mi alcance en la mesa, justo antes de dar media vuelta y retirarse – Ahí tiene lo que me pide – añadió mientras se disipaba su cuerpo tras un gremio de narradores. Nuevamente me dejó sorprendido.
– ¿No va a cobrarme? – pregunté con la voz temblorosa y sumido en la vergüenza.
– ¿Le pondría usted precio al amor? ¡Vaya pues un poeta! – Casi pude leer en los ojos de quienes la escucharon una profunda ovación a favor de la casera tras semejante escarmiento. A punto estuve de cometer una fatalidad sumando un último comentario, mas la razón y el no querer destacar bochornosamente aún más en una noche tan desafortunada, lograron reprimirme.
Frente a mí se encontraba aquella llave: tan sencilla como siniestra ¿Qué clase de persona aguardaría tras esa puerta?
– Amigo ¿Desea un trago? – dijo una voz familiar procedente tras mis espaldas.
– No, gracias – contesté dándome la vuelta ¿Quién iba a ser, si no la chica de la puerta once?
– ¿Acaso pensabas que te ofrecía una copa? ¡Quería que me invitaras! – comentó sonriente.
– No esperaba más – agregué, logrando arrancar una leve carcajada suya, que finalizó con un leve mordisco en sus labios.
– Ya sabes que me gusta ser indiscreta, pero ¿por qué la puerta número quince? ¿Acaso no querrías pasarte por mi habitación un rato? – me preguntó, más lasciva que nunca.
– No te esfuerces en mí; la noche es larga y seguro que encontrarás trabajo.
– ¡Lástima! – suspiró cerrando sus ojos al son del giro de sus piernas.
– ¡Pero antes de que te vayas! – exclamé agarrándola por los hombros, antes de que su sombra se disipara.
– Dime – respondió dándose sensualmente la media vuelta, como si con sus hombros estuviera acariciando mis manos.
– ¿Sabes quién hay tras esa puerta? – le pregunté algo nervioso.
– Pues claro… el amor – respondió, despidiéndose con sus atrevidos pasos y desapareciendo entre la multitud, que escasos minutos hacía que habían olvidado mi episodio anterior.
– El amor – me reafirmé, prácticamente sin encontrar respuesta.
Nuevamente tuve que enfrentarme a aquella escalera, sin saber quién me esperaba tras una de esas puertas del largo pasaje. Para colmo ésta no se encontraba cerca; era lo único que sabía: esta vez mi puerta se hallaba al final del pasillo.
Rápidamente logré cruzar la cuarta y sexta puerta… la primera con ojos de deseo, pues nadie se resiste al propio nombre, y la segunda casi ignorándola por completo. Bien recordé el nombre de la puerta siete, pero ¿por qué el nueve no lo recuerdo? Cuanta risa me produjo el grabado de su puerta; bien valdría para escribir una comedia. Tras ella bien sabía que se hallaba la puerta once, cerrada mientras la loba no cazase un cordero; y frente a ella la doce, cuyo nombre me trajo otro divertido momento.
A partir de aquí casi podría abrazar el último número, cuyo nombre casi parecía estar grabado a fuego. Sólo había que atravesar la escolta de la lujuria y del juego ¡Madre mía! ¿Qué hacer en este momento?
Nuevamente las dudas invadieron mi cuerpo ¿Sería licito hacer lo que estaba aconteciendo? ¿Por qué el amor, aquel pasional y verdadero, debía estar en un prostíbulo de ideas y enredos? Bien sabe esta llave que me tiembla el pulso; bien sabe el cerrojo que tardaré en hacerlo sonar, pues no solo se agita mi mano, sino mi cuerpo entero.
Delante la duda; detrás una rubia de ojos verdes, representando al infierno.
– ¿Pasarás? No me lo creo – exclamó desafiante mi antaño musa al inicio del pasillo. Sin duda cierto tiempo me hizo dudar, mas al final me decidí a ello.
– ¿Por qué no arriesgar? – espeté – Ahora lo entiendo – Sin dilación, finalmente mi mano alcanzó con la llave el pomo que abriría mi deseo. Suena abrirse la puerta; también una lágrima derramarse… no de la puerta, sino detrás mía a unos metros.
Poco a poco la luz de la luna fue iluminándome, al igual que una suave brisa me fue envolviendo.
Aquella puerta no era más que la salida de emergencia; la salida del infierno.
Daniel Villanueva
12/06/09 – 23/06/09
jueves, 2 de julio de 2009
sábado, 20 de junio de 2009
Their End

Today I saw on TV
A Rich demon clothing (in) white
Seing the world’s poverty
And greeting with a forced smile.
How blind we are when he
Wants our food for humankind
While he could make a hill
With gold and silver; he prefers to live
Masking truth and blinding feels.
“The lamb wich dies for me”
In a cross a good man dies
And vultures eat of his entrails.
His words will change to lies
Peace will be under chains.
Why can’t we play sex if
They fuck with children and nuns?
Why can’t we “spend our time”
In science if Fleming did this?
Who saved more lifes?
Who plays to be God?
Look inside
And see the truth in your soul
There’s no book written by God.
Fear and pain
Was their arms to build a church
With a fake cross claiming hate
Soon their lies will be their end!
“In God we trust” I read
Then for oil we send more wars.
Humility is my sign
For that I wear gold in my hands.
(To be) nude is (a) depravity
Though they always live in peace.
Abortion is a kill
(It’s) Better (to) confine in walls our kids
Nuns always did this
Why has it to be a sin?
Look inside
And see the truth in your soul
There’s no book written by God.
Fear and pain
Was their arms to build a church
With a fake cross claiming hate
Soon their lies will be their end!
Innocence
Scape from these lying books
They both come
From the holly wars
Tryng to create
Only one Kingdom
Repressive
Against all.
Look inside
And see the truth in your soul
There’s no book written by God.
Fear and pain
Was their arms to build a church
With a fake cross claiming hate
Soon their lies will be their end!
Daniel Villanueva para Absentia
Fotografía: Daniel Villanueva (realizada en un museo de Moscú)
miércoles, 3 de junio de 2009
Tell Me Why

You sometimes break your way
Like water on the sea.
“Industrial Road Connection is so boring for me, yeah!”
You sometimes feel the wind
You still sometimes are free
Cause nothing bind your choice; no one chains your lips.
Tell me why?
Wishes and hopes
Scape from control
And you ask me
“Tell me why?”
You scaped and never
Want to come (back)
Oh, please now
Tell my why?
Around this world of tears
You smile because you’re free
And nothing could it change, nothing could change your believes, yeah!
“Smog and graves, never was made for me!”
“So now I’ll take mi bag to see a new world I’ll feel…”
Tell me why?
Wishes and hopes
Scape from control
And you ask me
“Tell me why?”
You scaped and never
Want to come (back)
Oh, please now
Tell my why?
Daniel Villanueva para Absentia
(En memoria del primer concierto de Absentia: 13/07/07)
jueves, 21 de mayo de 2009
Musa de Alquiler
Jamás creí que llegara a visitar un lugar así, tan inhóspito en sus aledaños y distante de la ciudad; tétrico y sombrío; construido en tierra de nadie; decorado por imposición, estrafalario y vulgar. Sin duda sus rosadas y sucias cortinas delataban el verdadero negocio cuyas paredes escondían. Ya me lo habían advertido muchos: allí se escribía otra tinta.
¿Mas qué podía hacer yo, preso de mi necesidad? Las ganas me podían, cual mala noche de drogadicta abstinencia, y sin embargo cuánto detestaba llegar a pensar que allí… en aquel edificio de horrenda identidad, mas bien era yo quien vendía su alma, en lugar de comprar cualquiera. No obstante ¿qué podría comprar con semejante crisis en mi cabeza? Casi me resultaba imposible imaginar que valorasen mi presencia; e incluso me aterraba pensar en un rechazo y una infructuosa media vuelta.
Esta vez tan siquiera llegué a sentir el clásico temblor de piernas al son del incesante redoble de corazón, cual chiquillo cometiendo una indecencia; únicamente desolación y vergüenza. Mas ya era tarde, pues frío y errático mi dedo, el timbre había pulsado. Poco a poco iban aumentando en volumen los desganados pasos que conducían a la apertura de puertas.
– Pase usted, caballero – me dijo una señora de dudosa categoría, vieja y desaliñada, dándose media vuelta tras examinarme con su rugosa mirada, sin prudencia – ¡Vamos! No sea tímido – me increpó groseramente con su voz sórdida y ronca, al comprobar mi indecisión y demora – ¿Acaso del techo caen piedras? – Tal vez no, mas cuánto cambiaría el pesar de mi vergüenza por semejante inclemencia. Quizás no se equivocaba ella tanto ¡Cuánto pesaba caminar por aquel recibidor de mal fario! – Acérquese – exclamó la aparente dueña de aquel negocio de renegados, invitándome a aproximarme a su mesa de despacho, cual hotel de mala muerte. Poco me extrañaría la presencia de algún insecto colindando aquella mesa, decorada con una lámpara de hierro y cristal de escasa luminosidad, un libro de cuentas, plumas y lápices, más los clásicos círculos resecos de café, propios de una ansiosa y gris velada – Y bien muchacho ¿Qué se te ofrece? – Me dijo, esta vez con la voz mucho más complaciente – Sin duda eres primerizo en esto – continuó, presa de mi indecisión – ¡Lástima que seas tan joven para acudir a un lugar como éste! No obstante, todos merecemos una ayuda ¿no? – añadió, tornando su rostro en una mellada y maliciosa sonrisa desde todo punto desagradable.
Sin duda, cada vez estaba más arrepentido de haber entrado en aquella casa de interior aparentemente lujoso, adornada no obstante con muebles de mala calidad e imitación – ¿Le gusta la casa? – No desde luego el salón, donde sólo la chimenea, de aspecto victoriana, me había llamado gratamente la atención. Poco ayudaban desde luego la escasa higiene y el abuso de tonos rojizos en cortinas, sofás, visillos e iluminación. Pudor me daría sentarme en alguno de aquellos divanes; estupor en los cojines reservados para la tetería – ¿Le apetece beber antes algo, o prefiere que pasemos directamente a la acción?
– No, gracias; de momento no deseo tomar nada – contesté rápidamente, antes de que me adosara cualquier extraño licor, a saber en qué vaso.
– ¿Entonces qué es lo que desea? – murmuró con impaciencia.
– Siento mucho la incertidumbre que mi actitud genera, más ay… ya debe saber cómo funcionan las cosas éstas.
– Desde luego – respondió cruzándose de brazos – Mucho bicho raro ha pasado por aquí: jóvenes y ancianos; desconocidos y laureados. Mas ¿Qué es lo que desea? – prosiguió tratando de centrarme y poder cerrar el contrato.
– ¡Sin duda algo nuevo! – espeté con toda mi alma.
– Mal lugar para encontrar algo así ¿no cree? – Desde luego cuánta razón, pero qué mala manera de venderse – Aquí todos vienen a salir del paso ¡Todos vienen a hacer lo mismo! Al principio, como tú, entran por esa puerta cual perro apaleado; la segunda, como si jamás les hubiéramos visto; mas luego, poco les falta para pedir una copia de llaves para entrar y salir como Pedro por su casa.
– Luego el servicio es bueno – pregunté esperanzado.
– El servicio es todo lo que usted quiera aprovechar – zanjó. Quién sabe si la necesidad económica la impulsó a atosigarme tanto; tal vez la desidia del trabajo mal deseado, o quizás la imperturbable actitud de los clientes al traspasar el recibidor. No obstante, cuán desalentadoras me resultaban sus palabras.
Véanme vosotros, expuesto al error de forzar la maquinaria que no trabaja: quién sabe si por completa inutilidad, o bien por falta de grasa.
Así, alquilé los servicios de una mujer, quien, según la casera, en una habitación de la planta alta me esperaba.
Con paso tímido fui ascendiendo los escalones que conducían a tal lugar, bordeando el salón y el recibidor, donde tan sólo tres señores descansaban. Tras aquella habitación de barata bisutería, ante mí se presentó un pasillo mucho más mugriento y austero ¡Cuánto se notaba que al subir las escaleras la factura había sido pagada! Muy bueno debería ser el servicio para regresar de nuevo; mas ya me preguntaba ¿Cómo sería la señorita que tras la habitación número once me esperaba? ¿Deslumbraría en belleza? Ya, incluso soñaba con sus ojos grises y su larga cabellera morena; con sus curvas y deslices; con su sonrisa y su fiereza ¡Madre mía! Tal vez este sacrificio sirva: no ha sido más que imaginar su presencia, y a punto estuve de escribir poesía.
A izquierda, los impares; a derecha los pares. Así, aquel pasillo de quince cifras, con el último número coronando aquel reducto rosáceo de desconchones y grietas, se distribuía a lo largo con sus dígitos en las puertas, más una palabra distintiva de su naturaleza: el uno indicaba inocencia; el tres, idilio; quinto, capricho… y lo sé: más me fijé en el ala izquierda que en la derecha. El siete marcaba fatalidad, y tras recordar el otro lado, observé sobre todo el número ocho, donde aparecía con mayúsculas la palabra indiferencia. Finalmente, tras pasar por la diversión de la novena, hallé el número que me correspondía.
Con recelo miré al quince, maldiciendo la indisponibilidad de esta habitación, que sellada con el cartel de reformas se mantenía. Llegó la hora pues de abrir la cerradura. Atrás quedó la visión del amor ¿Quién sabe si abriría aquella puerta un día?
– Buenas noches caballero – me saludó una voz sensual mas algo ebria, desde la oscuridad de la habitación.
– Buenas noches – respondí algo nervioso, tratando de centrar mi cabeza. Tras encender ella la luz, al fin pude contemplar su silueta. Al menos me llamaron la atención sus ojos verdes de inusitada belleza y su rubia melena, pero cuánta flaqueza.
– ¿Dispuesto a desnudar tu alma? – preguntó sonriente, mientras servía dos copas en pos del festín.
– No gracias – le indiqué – no bebo alcohol.
– ¿Acaso dije que eran para ti? – Muy aguda la muchacha; sin duda sabía manipular al personal ¿Sabría pues cómo seducirme? – Mucho mejor… más para mí – finiquitó bebiéndose una de las copas de un trago – Dime joven ¿Qué te ha hecho llamar a la puerta de la seducción?
– ¿Seducción? – pregunté, tratando de asestar mi primer golpe – Eso ponía en la puerta, pero no la veo en ningún lado.
– ¿No? ¿Estás seguro? – preguntó lascivamente, mientras se situaba a escasos centímetros de mi boca – Tal vez si echaras un vistazo ahora…
– En serio que me esfuerzo – proseguí con mi particular juego – Pero no; no hay manera – Un fugaz beso alcanzó fríamente mis labios al son de una maliciosa sonrisa, mientras ella se daba media vuelta y tumbaba en su cama cual forma plomiza.
– Tengo entendido, al menos por lo que he escuchado espiando en el pasillo, que vienes por primera vez a derramar tinta ¿Me equivoco?
– Supongo que todos lo hacen así.
– Sí – respondió divertida – Desde luego todos hacéis lo mismo; ni que os hubieran sacado del mismo molde.
– ¿Tan iguales somos? – pregunté sorprendido e intrigado.
– Más de lo que crees – respondió sin duda.
– Así van a crecerme flores – contesté divertido.
– ¿Me darás pues tus rosas? – reivindicó cual felina.
– ¿Los pétalos o las espinas?
– Maldito – exclamó fingiendo su papel de dolida – En fin ¿no vienes a rociar mi libro con tinta? Desenvaina pues tu pluma y date prisa.
– ¿Por qué te haces adjudicataria de éste? – pregunté algo molesto ante la exigencia.
– ¿En quién te inspirarás si no? ¿En serio que no te acordarás de tu ángel, y no plasmarás mi nombre en el título?
– Primero tendrás que inspirarme – repuse.
– De eso ya me estoy encargando, si es que ya no lo he hecho – me dijo, mientras volvía a incorporarse para acercarse peligrosamente a mí, cual serpiente a un ratoncillo.
Pobre de aquel, quien tiene que entrevistar a un doble del diablo. Y no es por menospreciar su papel; muy digna fue ella de un oscar y un aplauso. No obstante, así la historia se torna vana; vacía; yerma, como la trama que nunca fue; como el guión antes calcado, y el molde desgastado por tinta y por papel.
Juzgad vosotros si es pecado recurrir a una musa de alquiler: títere de la inspiración, obligada a golpe de una cuchilla hedionda y desafilada. Juzguen si fue necesario recurrir a semejante actriz, una vez la inspiración se extinguió con el arder de mis verdes praderas.
¿Qué gran poesía puede merecer tan escuálida belleza?
¿Qué drama de teatro si no, cuando el fingimiento nació de las apolilladas entrañas de ella?
“Vierta mil folios de tinta a precio de excepción; visite a nuestras musas en la casa de la inspiración”. Así dice un cartel en el recibidor, mas ¿quién buscó amor verdadero en un prostíbulo? Del mismo modo la creatividad en estos pasillos. Poca literatura, pero quizás muchos Best-Sellers, de volúmenes inconmensurables, aquí se habrán escrito. Poco les importa este salón de módulos e imitaciones; salir del apuro quizás, sea el único sino.
Los días pasan, mi obra claudica y mi musa aplaude cual canguro a un niño. Satisfecha o no, con un beso se despedirá de aquel quien le regale un tomo de lo escrito… no espere que lo lea; cientos como aquel ya habrá leído.
Musa de alquiler te llaman, como indica en los pasillos;
Musa de alquiler se llama, a día de hoy…
Mi libro.
Daniel Villanueva
18/04/09 – 02/05/09
¿Mas qué podía hacer yo, preso de mi necesidad? Las ganas me podían, cual mala noche de drogadicta abstinencia, y sin embargo cuánto detestaba llegar a pensar que allí… en aquel edificio de horrenda identidad, mas bien era yo quien vendía su alma, en lugar de comprar cualquiera. No obstante ¿qué podría comprar con semejante crisis en mi cabeza? Casi me resultaba imposible imaginar que valorasen mi presencia; e incluso me aterraba pensar en un rechazo y una infructuosa media vuelta.
Esta vez tan siquiera llegué a sentir el clásico temblor de piernas al son del incesante redoble de corazón, cual chiquillo cometiendo una indecencia; únicamente desolación y vergüenza. Mas ya era tarde, pues frío y errático mi dedo, el timbre había pulsado. Poco a poco iban aumentando en volumen los desganados pasos que conducían a la apertura de puertas.
– Pase usted, caballero – me dijo una señora de dudosa categoría, vieja y desaliñada, dándose media vuelta tras examinarme con su rugosa mirada, sin prudencia – ¡Vamos! No sea tímido – me increpó groseramente con su voz sórdida y ronca, al comprobar mi indecisión y demora – ¿Acaso del techo caen piedras? – Tal vez no, mas cuánto cambiaría el pesar de mi vergüenza por semejante inclemencia. Quizás no se equivocaba ella tanto ¡Cuánto pesaba caminar por aquel recibidor de mal fario! – Acérquese – exclamó la aparente dueña de aquel negocio de renegados, invitándome a aproximarme a su mesa de despacho, cual hotel de mala muerte. Poco me extrañaría la presencia de algún insecto colindando aquella mesa, decorada con una lámpara de hierro y cristal de escasa luminosidad, un libro de cuentas, plumas y lápices, más los clásicos círculos resecos de café, propios de una ansiosa y gris velada – Y bien muchacho ¿Qué se te ofrece? – Me dijo, esta vez con la voz mucho más complaciente – Sin duda eres primerizo en esto – continuó, presa de mi indecisión – ¡Lástima que seas tan joven para acudir a un lugar como éste! No obstante, todos merecemos una ayuda ¿no? – añadió, tornando su rostro en una mellada y maliciosa sonrisa desde todo punto desagradable.
Sin duda, cada vez estaba más arrepentido de haber entrado en aquella casa de interior aparentemente lujoso, adornada no obstante con muebles de mala calidad e imitación – ¿Le gusta la casa? – No desde luego el salón, donde sólo la chimenea, de aspecto victoriana, me había llamado gratamente la atención. Poco ayudaban desde luego la escasa higiene y el abuso de tonos rojizos en cortinas, sofás, visillos e iluminación. Pudor me daría sentarme en alguno de aquellos divanes; estupor en los cojines reservados para la tetería – ¿Le apetece beber antes algo, o prefiere que pasemos directamente a la acción?
– No, gracias; de momento no deseo tomar nada – contesté rápidamente, antes de que me adosara cualquier extraño licor, a saber en qué vaso.
– ¿Entonces qué es lo que desea? – murmuró con impaciencia.
– Siento mucho la incertidumbre que mi actitud genera, más ay… ya debe saber cómo funcionan las cosas éstas.
– Desde luego – respondió cruzándose de brazos – Mucho bicho raro ha pasado por aquí: jóvenes y ancianos; desconocidos y laureados. Mas ¿Qué es lo que desea? – prosiguió tratando de centrarme y poder cerrar el contrato.
– ¡Sin duda algo nuevo! – espeté con toda mi alma.
– Mal lugar para encontrar algo así ¿no cree? – Desde luego cuánta razón, pero qué mala manera de venderse – Aquí todos vienen a salir del paso ¡Todos vienen a hacer lo mismo! Al principio, como tú, entran por esa puerta cual perro apaleado; la segunda, como si jamás les hubiéramos visto; mas luego, poco les falta para pedir una copia de llaves para entrar y salir como Pedro por su casa.
– Luego el servicio es bueno – pregunté esperanzado.
– El servicio es todo lo que usted quiera aprovechar – zanjó. Quién sabe si la necesidad económica la impulsó a atosigarme tanto; tal vez la desidia del trabajo mal deseado, o quizás la imperturbable actitud de los clientes al traspasar el recibidor. No obstante, cuán desalentadoras me resultaban sus palabras.
Véanme vosotros, expuesto al error de forzar la maquinaria que no trabaja: quién sabe si por completa inutilidad, o bien por falta de grasa.
Así, alquilé los servicios de una mujer, quien, según la casera, en una habitación de la planta alta me esperaba.
Con paso tímido fui ascendiendo los escalones que conducían a tal lugar, bordeando el salón y el recibidor, donde tan sólo tres señores descansaban. Tras aquella habitación de barata bisutería, ante mí se presentó un pasillo mucho más mugriento y austero ¡Cuánto se notaba que al subir las escaleras la factura había sido pagada! Muy bueno debería ser el servicio para regresar de nuevo; mas ya me preguntaba ¿Cómo sería la señorita que tras la habitación número once me esperaba? ¿Deslumbraría en belleza? Ya, incluso soñaba con sus ojos grises y su larga cabellera morena; con sus curvas y deslices; con su sonrisa y su fiereza ¡Madre mía! Tal vez este sacrificio sirva: no ha sido más que imaginar su presencia, y a punto estuve de escribir poesía.
A izquierda, los impares; a derecha los pares. Así, aquel pasillo de quince cifras, con el último número coronando aquel reducto rosáceo de desconchones y grietas, se distribuía a lo largo con sus dígitos en las puertas, más una palabra distintiva de su naturaleza: el uno indicaba inocencia; el tres, idilio; quinto, capricho… y lo sé: más me fijé en el ala izquierda que en la derecha. El siete marcaba fatalidad, y tras recordar el otro lado, observé sobre todo el número ocho, donde aparecía con mayúsculas la palabra indiferencia. Finalmente, tras pasar por la diversión de la novena, hallé el número que me correspondía.
Con recelo miré al quince, maldiciendo la indisponibilidad de esta habitación, que sellada con el cartel de reformas se mantenía. Llegó la hora pues de abrir la cerradura. Atrás quedó la visión del amor ¿Quién sabe si abriría aquella puerta un día?
– Buenas noches caballero – me saludó una voz sensual mas algo ebria, desde la oscuridad de la habitación.
– Buenas noches – respondí algo nervioso, tratando de centrar mi cabeza. Tras encender ella la luz, al fin pude contemplar su silueta. Al menos me llamaron la atención sus ojos verdes de inusitada belleza y su rubia melena, pero cuánta flaqueza.
– ¿Dispuesto a desnudar tu alma? – preguntó sonriente, mientras servía dos copas en pos del festín.
– No gracias – le indiqué – no bebo alcohol.
– ¿Acaso dije que eran para ti? – Muy aguda la muchacha; sin duda sabía manipular al personal ¿Sabría pues cómo seducirme? – Mucho mejor… más para mí – finiquitó bebiéndose una de las copas de un trago – Dime joven ¿Qué te ha hecho llamar a la puerta de la seducción?
– ¿Seducción? – pregunté, tratando de asestar mi primer golpe – Eso ponía en la puerta, pero no la veo en ningún lado.
– ¿No? ¿Estás seguro? – preguntó lascivamente, mientras se situaba a escasos centímetros de mi boca – Tal vez si echaras un vistazo ahora…
– En serio que me esfuerzo – proseguí con mi particular juego – Pero no; no hay manera – Un fugaz beso alcanzó fríamente mis labios al son de una maliciosa sonrisa, mientras ella se daba media vuelta y tumbaba en su cama cual forma plomiza.
– Tengo entendido, al menos por lo que he escuchado espiando en el pasillo, que vienes por primera vez a derramar tinta ¿Me equivoco?
– Supongo que todos lo hacen así.
– Sí – respondió divertida – Desde luego todos hacéis lo mismo; ni que os hubieran sacado del mismo molde.
– ¿Tan iguales somos? – pregunté sorprendido e intrigado.
– Más de lo que crees – respondió sin duda.
– Así van a crecerme flores – contesté divertido.
– ¿Me darás pues tus rosas? – reivindicó cual felina.
– ¿Los pétalos o las espinas?
– Maldito – exclamó fingiendo su papel de dolida – En fin ¿no vienes a rociar mi libro con tinta? Desenvaina pues tu pluma y date prisa.
– ¿Por qué te haces adjudicataria de éste? – pregunté algo molesto ante la exigencia.
– ¿En quién te inspirarás si no? ¿En serio que no te acordarás de tu ángel, y no plasmarás mi nombre en el título?
– Primero tendrás que inspirarme – repuse.
– De eso ya me estoy encargando, si es que ya no lo he hecho – me dijo, mientras volvía a incorporarse para acercarse peligrosamente a mí, cual serpiente a un ratoncillo.
Pobre de aquel, quien tiene que entrevistar a un doble del diablo. Y no es por menospreciar su papel; muy digna fue ella de un oscar y un aplauso. No obstante, así la historia se torna vana; vacía; yerma, como la trama que nunca fue; como el guión antes calcado, y el molde desgastado por tinta y por papel.
Juzgad vosotros si es pecado recurrir a una musa de alquiler: títere de la inspiración, obligada a golpe de una cuchilla hedionda y desafilada. Juzguen si fue necesario recurrir a semejante actriz, una vez la inspiración se extinguió con el arder de mis verdes praderas.
¿Qué gran poesía puede merecer tan escuálida belleza?
¿Qué drama de teatro si no, cuando el fingimiento nació de las apolilladas entrañas de ella?
“Vierta mil folios de tinta a precio de excepción; visite a nuestras musas en la casa de la inspiración”. Así dice un cartel en el recibidor, mas ¿quién buscó amor verdadero en un prostíbulo? Del mismo modo la creatividad en estos pasillos. Poca literatura, pero quizás muchos Best-Sellers, de volúmenes inconmensurables, aquí se habrán escrito. Poco les importa este salón de módulos e imitaciones; salir del apuro quizás, sea el único sino.
Los días pasan, mi obra claudica y mi musa aplaude cual canguro a un niño. Satisfecha o no, con un beso se despedirá de aquel quien le regale un tomo de lo escrito… no espere que lo lea; cientos como aquel ya habrá leído.
Musa de alquiler te llaman, como indica en los pasillos;
Musa de alquiler se llama, a día de hoy…
Mi libro.
Daniel Villanueva
18/04/09 – 02/05/09
lunes, 11 de mayo de 2009
Rey del Edén
Dulce niño que duermes y sueñas con ser
Hoy capitán, mañana rey del Edén.
Dime niño si entiendes qué es la ansiedad
O la nostalgia del día que no vendrá.
Arropado con bondad;
Desprovisto de maldad.
Dime niño que duermes qué vas a hacer
Al despertar de tu vergel.
Dulce niño deja de soñar,
Pues con el Sol un hombre serás.
Ya no hay paz ni hay capitán…
Los sueños son fragmentos del pasado
Que en una hoguera arderán.
Más que dura es la realidad,
Mas si yo soy rey ¡paradlo!
Jamás dolió tanto la verdad.
Dime joven que lloras qué vas a hacer
Al ver tu presente y el pasado que fue.
Dulces noches que no volverán,
Ni la cándida luz de la luna estival.
El mundo anda sin hablar
Bajo un gris otoñal.
Dime joven si la sociedad
Tu alma envolvió en pétreo cristal.
Y es que tú sabes muy bien
Por qué día tras día muere un sueño
Por no caminar junto a él.
Más qué dura es la verdad:
Tan fría y sangrante… el infierno.
Luchar o morir sin querer.
¿Qué vas a hacer…
… Rey del Edén? (Bis)
Dime anciano que observas el atardecer
Si tu legado es de merecer.
Dulce Sol que se oculta al final
Con mi recuerdo te marcharás.
Daniel Villanueva para Absentia
25/03/09
Hoy capitán, mañana rey del Edén.
Dime niño si entiendes qué es la ansiedad
O la nostalgia del día que no vendrá.
Arropado con bondad;
Desprovisto de maldad.
Dime niño que duermes qué vas a hacer
Al despertar de tu vergel.
Dulce niño deja de soñar,
Pues con el Sol un hombre serás.
Ya no hay paz ni hay capitán…
Los sueños son fragmentos del pasado
Que en una hoguera arderán.
Más que dura es la realidad,
Mas si yo soy rey ¡paradlo!
Jamás dolió tanto la verdad.
Dime joven que lloras qué vas a hacer
Al ver tu presente y el pasado que fue.
Dulces noches que no volverán,
Ni la cándida luz de la luna estival.
El mundo anda sin hablar
Bajo un gris otoñal.
Dime joven si la sociedad
Tu alma envolvió en pétreo cristal.
Y es que tú sabes muy bien
Por qué día tras día muere un sueño
Por no caminar junto a él.
Más qué dura es la verdad:
Tan fría y sangrante… el infierno.
Luchar o morir sin querer.
¿Qué vas a hacer…
… Rey del Edén? (Bis)
Dime anciano que observas el atardecer
Si tu legado es de merecer.
Dulce Sol que se oculta al final
Con mi recuerdo te marcharás.
Daniel Villanueva para Absentia
25/03/09
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