jueves, 25 de diciembre de 2008

El Creador de Sueños (Epílogo) Su Nombre

Un día desperté y dejé de contar inviernos… cual ave migratoria alcé el vuelo rumbo al cálido oeste europeo. Allí los abrigos eran más laxos, y jamás se avistaban veinte grados bajo cero. Los tilos se transformaron en frondosos hayedos verdes. Y no dudo en el verde primaveral de los árboles de donde provengo, pues incluso las hayas se desvisten de sus atuendos en invierno; nada de eso, aunque sí los tilos visten de hojas durante mucho menos tiempo. Pero no precipitemos los acontecimientos.

Un día desperté libre, pero sin dinero. Desesperado traté de encontrar en algún recoveco de las intrincadas calles moscovitas al Creador de Sueños ¿Dónde podría haberse guarecido? ¿Acaso no perdonó mi pasada osadía y mi posterior lamento? Realmente no sentía eso por dentro, mas ¿dónde se escondía? Opera tras ópera, teatro tras teatro, buscaba su orquesta con mis escasos ahorros de duro trabajo y sufrimiento ¿Dónde estaría? Cuántas veces se repetían en mis sueños las obras de Alexandr Griboiédov , las poesías de Alexandr Pushkin y todo aquel elenco de dramaturgos y poetas rusos, que algunos representaban en vida y otros, por desgracia, no llegaban a contarlo desde hacía tiempo. Ni qué decir cuántas veces se representaba cual sinfónica en mi mente las obras de Chaikovski. Se sintiera hombre o no, eso era lo de menos ¡Cuánto me apasionaban sus obras! ¡Y cuánto les apasionaban a aquellos que, no obstante, vociferaban a las puertas del teatro las posibles tendencias del maestro!

Casi sin darme cuenta, poco a poco fui abandonando aquella desesperada búsqueda, para finalmente enrolarme al ardor que había ido forjándose en mis adentros… un día quise abandonar mi escoba y convertirme en maestro; un día soñé con mi propia compañía teatral, y recorrer con ella el mundo entero. Y en efecto abandoné las calles, para así poder barrer el teatro por dentro. Ya al menos no tendría que pagar por ver las obras que se representaban en aquel teatro viejo, e incluso podría escoger el lugar para verlo ¿Quién si no, el responsable de mantenimiento, podría elegir ver la obra entre bambalinas o desde el palco más selecto? Quizás no me dieron las llaves para ser maestro, mas a mi alcance tuve la cerradura para observar por ella qué se cocía por dentro.

Seis años después al fin llegó mi golpe de suerte: como todas las noches, terminaba de limpiar en horas de madrugada el teatro tras un evento, cuando vino a avisarme el conserje tras preguntar por mí un caballero. Por un momento mi rostro gozó de felicidad creyendo que aquella visita correspondía sin duda a la del Creador de Sueños ¿Cuál sería su verdadero nombre, por cierto? Corriendo como un poseso por los pasillos acudí de inmediato al hall para recibir a mi soñado caballero, mas qué decepción al principio: aquel hombre tendría sesenta años al menos.
– Es usted Andréi, supongo – me dijo pensativo y con el rostro serio.
– Así es ¿Qué ocurre? – le dije algo preocupado.
– Siento traerle malas noticias, pero he de comunicarle que sus padres han muerto – ¿Malas noticias? Jamás habría pensado eso. Al parecer la primera en caer fue ella tras una rápida y lastimosa enfermedad de hígado, de la cual nada pudo hacer el médico. El siguiente evidentemente fue mi padre traspuesto: nadie acudió a visitarle cuando mi madrastra hacía semanas que en el dormitorio había muerto; nadie le dio de comer; nadie lo abrigó ni encendió la chimenea en aquellas noches de duro invierno.

Un día desperté siendo libre y sin dinero; y una noche fui a dormir sin saber cómo invertir tanto dinero. De la noche a la mañana era millonario, y ya podría cumplir en lo material todos mis sueños.

Las primeras obras apenas tuvieron repercusión; las siguientes acogieron un éxito tremendo. De Moscú me trasladé a Alemania; de Alemania a Francia; por España un ligero paseo… y finalmente vi la luz en Italia, donde mis obras siempre registraban un lleno completo.

Fue en una de esas noches venecianas de aforo completo; una de esas noches de sepulcral silencio y al final, un estruendoso aplauso con merecimiento, cuando entre nobles y ricos en el palco más distinguido, una sombra pareció levantarse raudo de su asiento ¿Qué extraños atuendos? Pensé, mientras los actores de la obra sujetaban mis manos para inclinarnos al público selecto. Juraría que… no. No puede ser ¿Qué haría él aquí después de tanto tiempo? Pero era tan parecido.

Acosado a continuación por un mar de preguntas, mientras discurría por los lujosos pasillos de la Ópera de la Fenice, nuevamente pude intuir su sombra entre el grupo de los periodistas – ¡Andréi, un segundo! ¿Andréi, dispondría de unos minutos conmigo? ¡Gaceta italiana! ¿Qué le ha parecido la respuesta del público durante el estreno? – estúpida pregunta ¿Cree que por aplaudirme me he sentido ofendido? – ¡Enhorabuena! Lo has conseguido – Muchas gracias, dije sin pensar, mientras mi mente advertía cuánto se asemejaba aquella voz a la del… ¡No! Otra vez ha desaparecido ¡Creador! ¿Dónde estás Creador?

Bien me valieron esas palabras para ser portada al día siguiente en la prensa: “el célebre dramaturgo Andréi, agradece a Dios el éxito de su nueva obra en la Fenice tras buscarlo por los pasillos”. Y yo que a él precisamente nada le había pedido; al menos me gané al público más devoto del país, quienes tomaron aquel acto de locura con humor y optimismo. Lo que estaba claro es que tras aquel episodio, mi deseo de encontrarle había renacido.

Los siguientes días en la Ópera veneciana fueron igual de infructuosos: con o sin cebo; con o sin discurso de agradecimiento en el que su figura adquiría todo el protagonismo… su figura jamás accedió a hablar conmigo – ¿A qué vendría aquella felicitación carente de ironía? Juré que sus palabras en el estreno fueron cordiales y honestas ¿Realmente habría sido el Creador de Sueños? ¿Cuáles serían sus verdaderos apellidos?

Los días precedieron a los años; el amor al matrimonio; el matrimonio a los hijos… todos ellos fueron decenios de felicidad. Toda una pléyade de momentos felices y propicios en la que iba haciendo realidad todo cuanto el Creador de Sueños me había prometido ¡Pobre de mí, que no puedo agradecer al autor de la bonanza de mi destino! ¡Pobre de mí, que todos mis sueños menos uno, se han hecho realidad nada más pedirlo!
– ¿Y no crees que es malo vivir cuando todo lo deseado se ha cumplido? – me preguntó una voz sin procedencia a las orillas del Mockba, siendo ya anciano en uno de mis vespertinos paseos.
– ¿Eres el Creador de Sueños? – pregunté esperanzado, mientras alzando la vista tras unos árboles pude contemplar su figura.
– Así es – respondió finalmente, mientras se sentaba conmigo en aquel tronco postrado, que hacía de banco improvisado.
– Cuánto ha pasado el tiempo desde la última vez que hablamos, y sin embargo no has cambiado – le comenté asombrado, al ver que su rostro se mantenía impoluto después de cincuenta años.
– Si es que hay cosas que siempre perduran – contestó el Creador de Sueños divertido.
– Cuánto me alegra tu visita – dije – He de suponer que será la última.
– Dejémoslo en que es nuestro definitivo encuentro ¿Acaso no quieres venir conmigo al reino de los Sueños?
– Lo sabía – exclamé sonriente – Pero me alegra – añadí – Aquí ya he dejado todos los deberes hechos.
– Digno de un sobresaliente.
– ¡No exageremos! Pero sí: me basta con haber conocido el lado bueno de las cosas, y todo gracias a ti, Creador de Sueños.
– Iam, por favor – respondió – Iam Hope ¿Comprendes el juego? – Dicen que la transición a la muerte es alegre y feliz ¿Cómo no iba a serlo junto al Creador de Sueños?

Nunca más seguiría contando los inviernos; sí las olas del mar desde el barco del Creador de Sueños.



Daniel Villanueva.
Fin de obra el 26/11/08.

Dedicado a todos aquellos que luchan hasta el final por sus sueños.

sábado, 13 de diciembre de 2008

El Creador de Sueños (Capítulo 17) Postremus


Dos días restaron para el final… dos días para el fatídico encuentro. Yermas y sombrías fueron las noches para la humanidad, carentes de sueños: la inspiración se evaporó como el agua en el fuego, más toda la tierra labrada fue arrastrada por el áspero viento.

¿Qué era de aquel que todas las mañanas despertaba con la ilusión de narrar todo cuanto su alma había hecho fuera de su cuerpo? Incluso los matemáticos tenían las ideas desordenadas, mezclando los dígitos sin tino ni acierto. Los perros tan siquiera ladraban, permaneciendo tumbados, con la vista cansada y de vez en cuando aullando y gimiendo.

Lento y lastimoso el tiempo iba discurriendo, y aquella casa… aquella de oscuras ventanas y alejada del pueblo, ciertamente inspiraba aún más miedo. Ya no sólo era el hogar de un déspota despiadado; allí habitaba algo más que la maldad… como si el paraje estuviese encantado; como si una mano invisible apretara con sus frías garras el corazón humano, y lo arrastrara hacia el infierno. Tan siquiera las aves se aventuraban a acercarse; sólo los grises y negros cuervos, portadores de los malos presagios y sedientos de la sangre del que la ha derramado en el hielo.

Hace veinte años la nieve aún no había cuajado, ocultando así el grisáceo y sulfuroso cieno encharcado; hoy el único gris cabalga y se desliza, irrumpiendo un frío y espeso manto blanco, a su paso bífido.

Hace veinte años una puerta se había abierto, dejando escapar del salón el calor allí existente; veinte años después lo hizo de nuevo…

Las rojas y grasientas mejillas de Piotr instantáneamente palidecieron al contemplar cuán poco quedaba intacto en el salón. Sus dientes rechinosos como la roca y el glacial de inverno, se juntaron al igual que sus puños, mientras detrás su esposa le clavaba las uñas en su espalda, cual dueña fustigando a su perro.
– ¡Andréi! – gritó Piotr colérico, mientras apartaba de su camino los escombros de aquella habitación desolada – ¡Dime qué has hecho! – pronunció irrumpiendo violentamente en la habitación del joven, donde aún más palideció al contemplar aquel panorama tan dantesco.
– Aquí me tienes – respondió altivo Andréi, vestido a la usanza del Creador de Sueños. No eran sus vestiduras lo que tanto intimidaban, sino aquel esqueleto humano hallado sobre una mesa, en el centro.
– ¿Cómo es posible que…?
– ¿Lo haya descubierto? – prosiguió sarcásticamente Andréi, mientras sujetaba el brazo derecho del cadáver y daba dos pasos dirección al viejo – Muy fácil ¡Ahora soy el Creador de Sueños! – exclamó, dejando unos segundos de silencio y desconcierto, en los cuales se escuchó el aterrador grito de su esposa al contemplar a aquel muerto – ¿No la reconocéis? Papá ¿No reconoces sus finos huesos cubiertos por una suave piel antaño? ¿No recuerdas el semblante de su rostro, antes abrigada por su rubio cabello?
– No hace falta que sigas – contestó el viejo, tratando de contener sus nervios – Ya lo he averiguado, mas no creas que vas a hacer que me arrepienta por ello.
– Es fácil no advertir el error cuando uno pasa todo el día bebiendo.
– ¡Cállate! – gritó Piotr con todas sus fuerzas, llegando incluso a tambalearse.
– Calla mejor tú – respondió despóticamente Andréi encerrado en su papel – Olvidas que hablas con el Creador de Sueños.
– ¿El Creador de Sueños, no? – añadió Piotr inicuamente y meditativo – Fácil será pues deshacerme de él y arrojar al olvido sus cuentos – finalizó precipitándose violentamente sobre su hijo, mientras éste respondió del mismo modo, abandonando así los restos de su difunta madre.

Lejos… muy lejos, un pincel dibujaba los trazos de la contienda, siempre certeros en el enemigo.
– Un poco más… sólo falta un poco más – decía en voz baja, risueño, y jactándose de la inminente victoria el Destino.
– ¡Mas no será como has previsto! – gritó una voz inesperada tras las quebradas puertas del despacho del Destino. Sus rasgadas vestiduras denotaban un largo y accidentado viaje; su larga y empapada melena los mares había abatido.
– Bienvenido sea pues el momento en que la realidad y los sueños se enfrenten a muerte – exclamó airoso el Destino, desenvainando una espada escondida tras su mesa, cubierta de papiros y libros. Dos floretes finalmente colisionaron, haciendo restallar sus metales etéreos en las mentes de quienes en el salón, entre escombros y taburetes se abatían con ahínco. Con gallardía Andréi estaba soportando la fuerza bruta de su padre, más los tirones de pelo de su madrastra, quien varios mechones le había arrancado. Del primero, en el suelo, con mucha dificultad conseguía placarle; de la segunda, pocos golpes con la quebrada pata de una mesa bastaron para dejarla en el suelo inconsciente. No obstante bien sabía que la contienda no iba con ella, sino con aquel que tenía agarrado por los hombros, y que tras un ataque de ira consiguió de él apartarle.

Mientras, dos caballeros de portes opuestos; dos bailarines forjados a su manera por el tiempo… danzaban acrobáticos e incesantes con sus capas al vuelo, y sus espadas evocando el himno del guerrero.
– Dime, Creador de Sueños – preguntó el Destino en una pausa – ¿Quién visitará esta noche al jardinero? – finalizó esgrimiendo cuatro estoques bien esquivados por su adversario.
– ¿Acaso le echas de menos? – contestó burlescamente su contrincante, respondiendo con seis espadazos más, y una patada en el costado izquierdo.
– ¿Sabes? Estoy pensando que… ¿ahora que no tienes poder, serás inmortal, o tan sólo conservas eso? – tras estas palabras el Destino se abalanzó violentamente hacia el Creador de Sueños, quien a duras penas resistió sus veloces ataques a golpe de estoques y filigranas.

Del mismo modo Andréi se hallaba en apuros, conteniendo la brutal fuerza de su padre, quien desde arriba, ésta vez portaba un cuchillo, que poco a poco iba acercándose a su pecho.
– ¡Muere! ¿No quieres reunirte con tu madre? – gritaba sarcásticamente, mientras de su boca emanaban flujos de saliva que en su hijo precipitaban – ¡Venga hijo! Acepta la derrota y marcha con tu madre – decía, como si tratara de convencerle. No muy lejos se hallaba de sus intenciones – Sólo tienes que ceder; que liberar mis brazos.

Gritan las musas desesperadas, al contemplar al Creador de Sueños abatido, de rodillas al destino y con su contrincante tras él, preparado para sentenciar sus trazos.
– Últimas palabras – procuró el Destino espada en mano, dispuesto a ejecutar la sentencia.
– Que diga Andréi – susurró el Creador resignado.

– Suelta hijo – comentaba su padre con sumo cuidado, mientras la fría hoja un centímetro en Andréi se había hundido – Sólo un poco más, y estarás junto a tus seres más queridos.

– ¡Contesta, Andréi! – gritó el Creador de Sueños en sus pensamientos ¿Realmente actuaba en vano? Con el cuchillo centímetro y medio clavado en el pecho, el joven apenas sentía dolor: únicamente navegaba en sus pensamientos, contemplando cómo allá en lo lejos le esperaban Vladimir y su madre, quienes le recibían con calor y entusiasmo.
– Éste es un bonito sueño – susurró Andréi al son de una lágrima, rumbo a su oído derecho.

– Así sea – suspiró el Creador de Sueños, resentido.
– Bien ves que todo ha sido en vano – le reprochó el Destino falsamente sonriendo – ¡Dos centímetros! Poco le falta para visitar al jardinero.

– ¡El jardinero! – exclamó Andréi – ¡Todo es mentira! – Con gran horror Piotr contempló cómo de la nada brotó de su hijo una fuerza descomunal. Las tornas cambiaban de nuevo, quedando Andréi libre del puñal de acero.

Igualmente, allá en el otro lado el Creador de Sueños logró esquivar el estoque final, recogiendo nuevamente su florete para una lucha más atroz y audaz. Debajo el combate era a puño y cuchillo; arriba un cruce de espadas digno de memorar. La realidad contra los sueños; la esperanza que nunca perecerá…

Finalmente, la confianza del armado calló en tragedia: sólo bastó con exponerse, y ocultar tras de sí una silla de madera. Ávido Andréi cargó contra su padre partiendo la silla en su cabeza, quien tambaleándose y ya desarmado, fue empujado por su hijo, escapando así los dos de la casa por la ventana de cristales congelados.

– Touché – cantó al fin el Creador de Sueños, con el Destino desarmado.

Lejos, demasiado lejos para ser alcanzado, Andréi logró escapar de la contienda que había finalizado. Cual horrenda bandera, un charco de sangre alrededor de su padre el fin de la guerra había marcado. Muerto o inconsciente daba igual; su final había llegado; la guerra había concluido.

Entre blancos tilos cubiertos de muerte, Andréi caminaba sin abrigo y desangrado. Sólo los cuervos podían verle; todos seleccionaban cual iba a ser su primer bocado. Allende el jardinero esperaba a su inquilino más ansiado; más allá los gusanos esperaban impaciente degustarlo – ¡Maldito cobarde! – gritaban ellos – ¡A tu padre no has matado!
– ¿Mas qué era ese charco de sangre? – chillaba Andréi agotado.
– ¡Vivirá! ¡Vivirá! – respondían los gusanos de nuevo.
– No puedo más – exclamó Andréi – la muerte otra vez me ha alcanzado – tras aquellas palabras Andréi se precipitó exhausto al gélido suelo. Dando tiempo al último momento; esperando al primer gusano – ¡No puedo más! No ha habido venganza… todo ha sido en vano. La luz de mi rama se desprende, y la gravedad cumplirá con su oficio, haciéndome caer precipitado – comentaba delirando – Más quisiera haber cumplido mi venganza, pero abuelo… te he fallado.
– No digas eso – respondió él, junto a él abrazado
– ¡Vladimir! – exclamó venturosamente Andréi – Más quisiera llorar de felicidad, pero mis primeras lágrimas se han congelado.
– No es necesario llorar; tan sólo mantente a mí abrazado.
– ¿De qué sirve? Voy a morir de hipotermia y agotado ¿Acaso has venido a acompañarme?
– No hijo mío – le respondió cariñosamente su abuelo – para ti no será la muerte, ni tampoco esta vez para Piotr, quien también se ha escapado.
– ¡Maldito!
– ¡Exacto! Así ha quedado – prorrumpió felizmente Vladimir.
– ¿Qué quieres decir? – preguntó Andréi intrigado.
– Que aún a estas horas sigue inconsciente y con su cuerpo helado – le explicó alegremente su abuelo – Y sí es cierto que su esposa al recuperar la conciencia lo salvará, mas jamás le hará volver a su anterior estado: la hipotermia y la pérdida de sangre han hecho bien su trabajo.
– ¿Qué insinúas?
– Que por siempre quedará en estado de shock y postrado, cual anciano que se deshace por dentro, y cuyas pesadillas no le abandonarán a causa de sus actos – exclamó su abuelo – ¡Enhorabuena!
– Sí – suspiró Andréi apenado – Pero ahora seré condenado por los gusanos.
– No, Andréi – la muerte no es hoy para ti, mas cuando un día llegue ésta, no tienes por qué estar preocupado, pues no todas las luces se precipitan; no todas serán devoradas... y esas habrán escapado.
– ¿Y cómo es posible?
– Siendo libre, Andréi – respondió Vladimir – Tan fácil como eso; tan fácil como luchar por aquello que soñamos; tan fácil como imaginar qué queremos hacer tras la última cena, una vez la vida nos ha abandonado. Es tan fácil como no dejarse influenciar por cualquier línea de pensamiento; tan fácil como desenmascarar sus verdades y preservar en tu interior la que llevas dentro ¡Es tan fácil como la libertad! Tan fácil como eso.
– Entonces sin duda lo conseguiste – dijo Andréi asombrado por su abuelo.
– Así es, mi nieto. A punto estuve de sucumbir ante Dios, mas abrí los ojos a tiempo.
– ¿Has conocido a Dios?
– No es más que un pensamiento – le aclaró Vladimir – No más que la imposible realidad que fijó el rey de los Imposibles ante un deseo. Y sin duda ese pensamiento se puede borrar, al igual que todos esos dioses que por olvido perecieron.
– Aún así no soñaré con destruir su reino – le advirtió el joven Andréi – simplemente al morir marcharé al mundo de nuevo, para así descubrir todo lo que el Creador de Sueños me mostró en ellos – tras aquellas palabras Andréi quedó exaltado.
– ¿Qué ocurre?
– Algo tremendo – gritó Andréi arrepentido.
– ¿Tiene remedio?
– ¿Podrías avisar al Rey de los Imposibles?
– ¡Claro! Si precisamente él ha sido quien me ha llamado – no muy lejos, entre el espeso fondo de nieve, ambos pudieron vislumbrar aquella corona, que a ellos se estaba acercando.
– ¡Mi felicitación! – dijo el monarca – Lo has logrado.
– ¡A prisa! – exclamó Andréi – antes de que el jardinero me sirva el primer plato.
– ¿Acaso no te lo han explicado? – preguntó el rey indignado.
– ¡Es igual! – añadió el joven – he de devolver lo que he robado – dijo, mientras de su brazo hizo brotar la luz que el Creador de Sueños siempre había manifestado.
– Con bondad devuelves lo que no te pertenecía – añadió solemne el rey de los Imposibles – Sin duda él te habrá perdonado – sentenció – ¡Y ahora despierta! Responde a la llamada de aquellos pastores… y que el mundo a ti se abra durante muchos y muchos años – tras aquellas palabras Vladimir y el rey de los Imposibles desaparecieron, y tras sus cuerpos, las sombras de unos hombres y su ganado entre los árboles aparecieron, acudiendo rápidamente al auxilio de quien huyó de una vida de calvario.



Daniel Villanueva

sábado, 22 de noviembre de 2008

El Creador de Sueños (Capítulo 16) El Sendero Azul

Todos coincidieron al elegir como mejor poeta al Creador de Sueños, mas nadie negó otorgar la excelencia de la pintura tras el recio y prosaico carácter del Destino. No había nada más real que un lienzo pincelado por sus manos; no había pincelada más certera ni tono más parecido. Cual extracto de la realidad, sus cuadros a menudo completaban sus escritos, y así estos adquirían cierto colorido para alivio del puño por siglos de tinta ennegrecido.

Sin duda aquella grisácea mañana merecía apartarse al completo de los largos manuscritos. No andaba su estancia en muy buenas condiciones para dedicarse serenamente a la pluma y al libro, con tanto papiro disperso tanto en la mesa como en los alrededores de una estantería tras ésta, donde pensó que tal vez el Creador había escondido el pergamino de su historia junto con aquel tan requerido.

Sereno y altivo, poco a poco el Destino fue aproximándose a un lienzo aún libre del característico olor acre de la pintura, capaz de deslizarse por la garganta desecando sus fluidos. Tan solo un poco a la derecha del caballete se situaba una mesa repleta de todo tipo de colores, no obstante dominada por tonos azules, que había de todo tipo: azul crepúsculo y azul alba; azul marino, celeste, y azul descolorido; había tonos azules para la noche, para el hielo y la nieve, más para las flores del camino; había azules muy intensos cual destello de luces, mas otros desprovistos de fulgor, cual tono oprimido; existía el azul omnipresente y el azul más tímido... más todos ellos servirían para trazar en el dibujo un camino, motivo del título del cuadro, que ya en la parte trasera del lienzo claramente había sido escrito: “El Sendero Azul. Autor: el Destino.”

Labrado por trineos y caballos, atravesando un grueso manto de nieve se abría refulgente aquel ondulante trazado en medio de solemnes y esqueléticos tilos. Frío e inerte resplandecía el hielo de los bordes del camino, el cual se elevaba cincuenta centímetros sobre el helado, marrón y blanquecino pavimento, que marcaba un hipotético suelo, no obstante varios centímetros hundido.

Muy a lo lejos, entre livianos montes cubiertos por tilos desvestidos parecía percibirse un pueblo camuflado por sus techos argentinos que la nieve y el hielo habían construido; muy cerca, cuatro caballos empujaban un oscuro trineo-carruaje, por cuyas ventanas un anciano observaba la intemperie pensativo.
– ¡Deje de pensar, maldito viejo! – increpó aguda y molesta la bífida garganta de su esposa – Aún no puedo creer que en mitad de la obra me hayas arrastrado cual chucho sarnoso a la perrera, ante el asombro del público al que servimos.
– ¡Cállate, zorra infesta! – contestó Piotr, desviando su mirada hacia ella.
– ¡Piotr! – Chilló cual estrambótica trompeta a escasos centímetros de un oído – ¿Pero no te das cuenta? ¿Acaso la ceguera te ha impedido ver cuántos clientes hemos perdido? No has dejado siquiera tiempo para las disculpas, pues aquí estamos en medio de la nada rumbo a un mal presagio que has tenido.
– Rumbo al augurio que por tu culpa y capricho se ha mantenido ¡Yo jamás quise a ese niño!
– ¿Y qué se supone que vas a hacer cuando veas a tu hijo? – preguntó ella, mostrando una gama completa de gestos agresivos – ¿Degollarlo o abrazarlo para evitar cualquier auspicio?
– ¡No, no! ¡Déjame en paz! ¿Vale?
– ¿Cómo dejarte en paz? ¡Me has arruinado la noche, y todo porque en la butaca te has quedado en tu borrachera dormido! No sabes la vergüenza que he sentido cuando todos escuchaban tus ronquidos. Y ni qué decir cuando gritaste al despertar y me agarraste de la cabeza para llevarme contigo ¡Esto lo pagas fijo!
– ¡Haz el favor de callarte! – Gritó Piotr, alzando la mano para abofetear a su mujer – Y no hagas que repita esto otra vez .

– Repetir – pronunció sereno el Destino, con la mirada fija en el cuadro que había concluido – Repetir – dijo nuevamente mientras exhalaba un leve soplido con el fin de secar el óleo, fresco y mefítico, que la tela aún no había absorbido. Raudo se dispuso a montar un segundo caballete a la derecha del cuadro concluido. Del mismo modo tras el lienzo, junto con su firma añadió el mismo título: “El Sendero Azul” ¿Mas por qué no había nieve en ningún resquicio? El azul del gélido hielo en un manto de vívidas y diminutas flores se había convertido. El techo abovedado de un espeso y verde bosque rebosaba vida, y en medio; únicamente en medio... un sinuoso y estrecho camino del color de la tierra se abría hacia un inminente infinito. Incluso el Destino, inmerso en sus apasionadas pinceladas, creyó en su imagen escuchar el cantar de algunos pajarillos. La trampa ya había sido dispuesta, y pronto su presa acudió en busca de aquel reclamo tan vistoso y colorido – Tal vez el Creador de Sueños sea la viva imagen de la belleza, pero aún así mis cuadros son capaces de representar lo más bello que en el mundo ha existido ¿Cómo una presa enterrada en la más absoluta oscuridad del mundo va a advertir diferencias entre caminos? ¡Corre Andréi por la vereda, y acude al palacio del cual huiste con el corazón dolido! ¡Corre, ahora que el Creador de Sueños no sabe cómo canalizar tu destino! ¡Corre! Pues no dispondré de tus papiros, mas mis pinceladas al igual que los trazos marcarán tu camino, cual desfiladero condiciona a las ovejas.

Durante un instante Andréi dirigió la vista atrás, dudando si debía proseguir, o bien si sus pasos deberían retomar el sendero hacia atrás. Quisiera o no, tenía que reconocer cuánto los sueños le habían influido; incumbía admitir que el diccionario nuevamente había sido abierto para adentrarse en aquel mundo infinito.

Preso de la monotonía; preso del pincel
En azules veredas marcha Andréi otra vez
¡Dese prisa! Pues el ocaso viene tras usted.
El verde y azul será gris y púrpura…
Luego un negro vergel.
No olvide que se halla en el reino de los sueños,
Y acá siempre estará a salvo su merced.
No obstante de qué sirve hallarse perdido…
Marche pues durante el día, mi amigo.

Tras un largo caminar, finalmente surgieron las primeras casas que precedían a la aldea, coronada por el palacio del rey.
¿Qué ven mis ojos?
¿No es él Andréi?
Un continuo murmullo siempre iba acompañando el transcurrir de los pasos del joven, quien poco a poco iba ascendiendo por las intrincadas calles de frías y húmedas losas que conformaban desordenadamente el pavimento, cual arrugado mantel. Pocos le prestaron más atención que el rumor. Raudos desmantelaban tiendas y comercios; presurosos los caballos eran conducidos a las cuadras, mas los niños entraban en sus casas, al igual que labradores y ancianas.

Las calles quedaron finalmente sombrías y desiertas, únicamente iluminadas por los candiles y las chimeneas procedentes de las propias casas. Mucha más luz parecía proceder de los enormes ventanales del palacio, con sus paredes doradas.

Tras llegar a la plaza de armas, Andréi comprobó que las compuertas del palacio no estaban del todo cerradas. Nuevamente proyectó una mirada hacia atrás, como si intuyera la sombra del pincel que hacia el interior le empujaba; como si advirtiera el desgaste de la superficie por las innumerables varillas tintadas. Sin duda el palacio, pese a estar bien iluminado, resultaba ser más inhóspito y sombrío que en la visita anterior: esta vez no había dioses en las flotantes banquetas; sólo la figura del rey de los Imposibles en su trono, y la de dos señores junto a él, que pronto advirtieron su presencia ¿Quiénes eran? Sin duda no existe cuadro sin la firma del autor, y a menudo existe una dedicación tras ésta, bien por devoción, o bien por una cuestión ajena. Muchos son los cuadros realizados por encargo, y buena parte de estos se realizan sin pasión ni entereza. He ahí al autor, el cuadro, y el comprador del cuadro; he ahí a dos furtivos escondiendo su rúbrica tras el marco, más huyendo por los pasillos del palacio.

¿Mas quién era el rey de los Imposibles? ¿Figura o espectador? Con la mano en la frente, fruncida por la preocupación, el rey decidió levantarse de su trono para saludar al joven Andréi.
– Creo que mereces mis disculpas – exclamó, levantándose el monarca mientras se postraba de rodillas ante Andréi.
– Sólo he venido a hacer una pregunta – zanjó rápidamente el joven sin atender a la petición de perdón – ¿Por qué yo? ¿Cuál es la razón por la cual he de recordar aquello? ¿Qué son los sueños? ¿Cuál es la intención del que dice ser creador de todos ellos? ¿Qué importancia puede tener la belleza del mundo, el teatro y las artes, cuando en el fondo… y no tan hondo como para olvidar estas realidades, yace un universo de desesperación y penalidades? La duda apremia, mientras mi corazón se despedaza en manos del odio y una locura perversa. Felicidad y fantasía; odio y realidades ¿De qué sirven los sueños, cuando al despertar el presente me abofetea con la maza de las verdades?
– Realidad y ficción – dijo el Rey – entre ambas te debates…
– ¡Sin rodeos! – inquirió Andréi.
– Sin duda tu vida ha sido causa de expectación, ya bien sea en tu mundo o en la noosfera, allá donde sueños y pensamientos navegan. Todos en este lado nos estremecimos al saber qué iba a ser de tu madre, y más aún al ver cómo evolucionabas dentro de ese ambiente de horror y calamidad.
– ¿Y por qué no intervinisteis entonces?
– De hecho lo hicimos – contestó inesperadamente su majestad – Casi un milagro fue que no murieras de hipotermia la noche del parto – espetó con cierto aire de orgullo y mérito – Ni qué decir de la obra del Creador de Sueños – continuó mientras se incorporaba del suelo y regresaba al trono para tomar asiento – Alertado por el crimen que estaba a punto de perpetrarse, rápidamente dio aviso a aquel que más podías importarle.
– ¿Quién? ¿Mi madrastra? – preguntó Andréi con sorna.
– ¿Qué dices? – exclamó el rey con un gesto repulsivo – Ella sin duda fue también abordada por el Creador de Sueños en forma de pesadillas y amenazas. Prueba de ello fue su acto de bondad, y el milagro que hizo que tus ojos hoy día sigan abiertos, y no cubiertos por una espesa maraña de telas de araña. No fue ella, Andréi, sino tu abuelo, quien muy a pesar nuestro no llegó a tiempo. Todos llegamos al escenario tarde, y por ello nuevamente he de decirte cuánto lo siento – tras aquellas palabras el rey de los Imposibles dejó transcurrir unos segundos de silencio, cual buen narrador, que no obstante se preparaba para rearmar su historia – Sólo nos quedó intentar cada uno una cosa, unos con fortuna, y otros con desacierto: Vladimir trató de encerrar en prisión a tu padre, mas su dinero y poder traspasaron con facilidad los bolsillos del tribunal supremo; tal y como te dije, aquella noche en la que probablemente de frío habrías muerto, presto acudí a abrigarte, expandiendo el aire caliente de la chimenea a tu habitación, cual brazo se introduce en una cascada de agua para alcanzar un fondo incierto; y el Creador de Sueños – proseguía el monarca suspirando – Quien más reiteraba que no merecías semejante castigo ni sufrimiento, borró de la faz de tu mente todo tipo de sueños para que no recordase tu subconsciente aquello. Imposible era salvarte de otro modo: menester era conservarte hasta un tiempo en que pudieras valerte por ti mismo y escapar del averno.
– Ahora lo entiendo – dijo Andréi.
– No del todo – añadió el rey de los Imposibles apenado – Sin duda el tiempo apremia.
– ¿Qué quieres decir?
– Andréi: debes marcharte inmediatamente. Quedarte en tu hogar puede suponer tu sentencia.
– ¿Y qué más da si con ello consigo vengar todas las inclemencias? No, Rey de los Imposibles… menester es someter a juicio a mi padre.
– ¿Acaso no lo intentó Vladimir siendo policía y teniendo pruebas suficientes como para encerrarle?
– No me refería a semejante tipo de juicio – exclamó Andréi embaucado en inicuos pensamientos.
– Ten cuidado, no vayas a caer en las redes del destino.
– ¡Bien sabe él quién merece justicia, y quién merece morir por asesino!
– Sin duda no le conoces – le advirtió el monarca.
– ¿Acaso existe? ¡Fenomenal! Otro inquilino.
– Prepara las maletas y abandona todo plan de guerra ¿No lo sientes? El final está cerca.
– Créeme que jamás he estado tan preparado para la guerra ¿No querían verme salvado de penurias y contiendas? Pues bien: vengan a ayudarme si lo desean – continuó Andréi con su bélico discurso – ¿No es el Creador de Sueños también artífice de los negros pensamientos? Que venga pues a mí con los más sombríos y perversos.
– No reside en él el deseo de concederte aquellos – respondió el rey abatido por los trazos del destino, quien poco a poco iba canalizando su historia a su antojo, y sin remedio.
– Pues que tiemble también él precipitándose al infierno ¿No eras tú, rey de los Imposibles, capaz de conceder un deseo?
– Más quisiera negarte esto, pero es cierto; es mi deber concederte dos al menos.
– Con uno me basta; el segundo ya veremos – dijo Andréi con los ojos ensombrecidos – ¿Puede ser usurpable el poder del Creador de Sueños? ¡Venga a mí su luz para ahogarla en sangrientos pensamientos! – sentenció – ¡Que arda el teatro, y que sus ascuas abrasen al pecador que abasteció mi desaliento! ¡Que arda el color, y un gris fantasmal torture las entrañas del asesino! En combustión… ardiendo.

¡Estrepitosas repican las campanas!
Suenan tambores de guerra no muy lejos.
¿Será capaz de vencer la rebeldía
Con el poder del Creador de Sueños?

Pobre de aquel que sin fuerzas se ha quedado,
Abandonado en la mar, frío y apenado.
Poco a poco los trazos van finalizando,
Y tarde o temprano en el sendero azul
Don conocidos se hallaran, alzando sus voces en fatal canto.

Firma pues al autor su cuadro;
Firmó pues el Destino, abandonando su cuarto.



Daniel Villanueva

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Tears For Dorian Gray

Bonjour!
Belle et faible femme.
Venez vous et donne moi ton coeur...
¡Merci madamme!
Trough this time I’ve watched
How much girls my eyes like,
My eternal young face destroy any life
Dishonoured by my disguise.
Look and see my portrait,
That’s the truth behind my mask.
Take your case, one last kiss baby.
Goodbye, bon voyage!

Don’t you leave more tears around you,
Or you will slide on disgrace.
How good I feel knowing that I have you
Prisioner of my chains.
Don’t you think one day I loved you,
You saw my mask so late.
I’m sure I’ll find the way without you,
So don’t you leave more tears for Dorian Gray.

Goodbye!

Confuse!
I’m sure you’re confuse.
Predez vous ton coeur épuisée,
Prendez vous ton coeur.
Diving on confusion,
Sur la mer qui tu as pleuré,
Outre marque se a fait dans la tétè
De mon portrait.
Look and see this demon
Qui me regarde ennervé!
There’s no way to solve my damages
God knows there’s no way!

Don’t you leave more tears around you,
Or you will slide on disgrace.
How good I feel knowing that I have you
Prisioner of my chains.
Don’t you think one day I loved you,
You saw my mask so late.
I’m sure I’ll find the way without you,
So don’t you leave more tears for Dorian Gray.

Goodbye!

- Respice post te!
Notre amour could be divine
- Look at my portrait
It’s just how I am.
- Si’l te plait plait pense en notre amour
En quelque chose j’ai fait pour vous...
- Au revoir! Au revoir!
- My tears are falling!

Don’t you leave more tears around you,
Or you will slide on disgrace.
How good I feel knowing that I have you
Prisioner of my chains.
Don’t you think one day I loved you,
You saw my mask so late.
I’m sure I’ll find the way without you,
So don’t you leave more tears for Dorian Gray.

Goodbye!



Daniel Villanueva para Absentia

miércoles, 1 de octubre de 2008

El Creador de Sueños (Capítulo 15) Vastitas

Hacía mucho tiempo que el Creador de Sueños no había caído presa del horror: aquel salón destrozado no presagiaba bonanza en tiempos venideros. No había cuadro que en la pared en pie se mantuviese, ni tapiz que no hubiera sido quemado o rasgado. Cruelmente las bailarinas habían danzado, mas no al aire libre, sino en un sofá por las llamas devastado.

¿Dónde se hallaba Andréi? Pese a encontrarse su habitación intacta, él no se hallaba en su cuarto. Tan siquiera debajo de su cama, preso de un ataque de pánico. Finalmente el crujir del techo de madera le había delatado. Absorto en sus pensamientos y con la mirada perdida en un libro, Andréi permanecía en el desván estático, cual maniquí en el suelo sentado. Su rostro por el humo de las llamas se había oscurecido, mas sólo dos regueros de lágrimas discurriendo por sus mejillas habían logrado desincrustar el hollín, el cual en aquel libro se habían precipitado. Cuánto dolor sintió el Creador de Sueños al comprender que el libro era aquel viejo diccionario, más que la definición que las lágrimas y el hollín habían dañado, no era más que aquella que siempre había apreciado...

"Sueño: serie o sucesión de imágenes y sucesos que se imaginan mientras se duerme y que se perciben como reales. También deseo, correspondiente únicamente al soñar despierto."

– Pobre Andréi – susurró el Creador de Sueños, quien rápidamente se acercó a él para abrigarlo con su negro y cálido manto – Cuéntame qué ha pasado.
– Lo sé todo... lo sé – exclamó Andréi entre llantos – Tal vez resulte imposible, mas cierto es que el Rey así es. Claro como el alba; transparente como el agua en las manos al beber ¡Cuánto horror he visto y qué poco he sabido responder! – prosiguió Andréi desesperado – ¿Cómo soñar, si no es deseando la muerte a quien todo me lo ha arrebatado? ¿Cómo desear el bien, cuando en lo más profundo de mi corazón no hay más que odio y vacío? Odio a mi padre; odio a mi recién descubierta madrastra, quien poco destaca, mas mucho daño hace; incluso te odio a ti mismo, pues en ninguno de vosotros mi esperanza yace.
– Aún no has aceptado mi mano con templanza – insinuó el Creador de Sueños – ¡Espera! – cortó el Creador al ver a Andréi a punto de contestar – Aún no he acabado – prosiguió mientras seguía regazando al joven – Sé que la esperanza es voluble como en la tempestad la arena ¿Mas por qué razón hemos de anquilosarnos allá donde la lluvia con más furia arrecia? ¡Vuela junto con la arena! Vuela y recuerda aquellos buenos momentos que por el camino su transcurso nos marcaron, mas no te dejes llevar por el río de los sentimientos afligidos y los recuerdos que la felicidad nos arrebataron. Trata de olvidar...
– ¿Pero cómo olvidar? – gritó Andréi entristecido – Así los pecadores prosiguen danzando en el mundo del delito, y así los castigados por sus actos jamás serán recompensados por sus perjuicios. Olvidar resulta imposible, mi amigo. Dime qué me puede aportar un sueño en un mundo capaz de aniquilar lo más bello y colorido; dime cómo apartar la vista de mi mayor enemigo.
– Otra vez fallas con la visión de los sueños, pues estos no son un fin, sino la muestra del camino ¿No recuerdas Venecia, la gran ópera, y el atardecer a las orillas del Nilo? – espetó el Creador de Sueños, aportando al desván aquellas fulgurosas imágenes repletas de luz y de colores vivos – ¿No sientes curiosidad por aquello que aún no has conocido?
– ¿Por qué no soñar con venganza, y una piara de huesos por el suelo esparcidos? – insinuó Andréi.
– ¡Jamás! – exclamó el Creador, intimidando en cierto modo al chico.
– Entonces fuera de mi lado – zanjó el joven – Los sueños se acabaron; al odio y al terror me resigno.
– Pero...
– ¡Fuera! – gritó Andréi con todas sus fuerzas, mientras sus lágrimas proseguían su triste camino por aquellas mejillas, rumbo a aquella descolorida página del libro. Tras aquellas palabras el manto del Creador del Sueños dejó de abrigarle al levantarse, y al retomar los pasos que hasta a Andréi le habían conducido.
– Solo una cosa más – añadió el Creador de Sueños antes de traspasar la puerta dolido – Una vez cierres ese libro, sólo tendrás nuevamente que abrirlo por esa misma página, para volver a la senda de mis dominios. Pues sueño soy, y estos no mueren; simplemente se habrán ido. ¡Cuánto desearía haber guardado un deseo al Rey de los Imposibles para hacerte devolver a la luz, mi amigo!
– Hablas de un mundo del que no soy, amigo.
– ¿Amigo? – preguntó con un nudo en la garganta el Creador.
– Sí... por mucho que me cueste – afirmó – Mas ahora vete, y regresa al reino del cual has venido.
– Allí estaré esperando – claudicó al son de una lágrima deslizándose también, hasta finalmente precipitarse al vacío. Incluso los sueños lloran al no hallar su destino.



Daniel Villanueva